martes, 31 de mayo de 2016

La Orden de la Visitación de Santa María


La Orden de la Visitación de Santa María (Ordo Visitationis Beatissimae Mariae Virginis, V.S.M.) somos un Instituto Religioso de vida contemplativa fundado por San Francisco de Sales y Santa Juana Francisca Frémyot de Chantal en 1610 en Annecy (Saboya, Francia). Nuestra Orden fue aprobada por la Santa Sede el 23 de abril de 1618 y erigida como tal por Pablo V el 16 de octubre del mismo año.

Estamos llamadas a vivir el Santo Evangelio siguiendo los Consejos Evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, con un espíritu de profundad humildad para con el Señor y de dulzura para con el prójimo, atentas siempre a la renuncia del “hombre viejo” para vivir de la Voluntad Divina.

Contemplativas en la Iglesia por nuestra unión con Dios
y nuestra forma de vida comunitaria,
 buscamos en el interior del claustro
desarrollar en nosotras y entre nosotras el lazo de la caridad...
 Que nada nos separe del Esposo Celestial que nos ha unido,
ni de esta unión que nos mantiene unidas a Él, 
de tal manera que no teniendo sino un solo corazón y una sola alma, 
sea Él mismo nuestra única alma y corazón.


Somos una Orden de vida contemplativa y de clausura papal, cuyas monjas, llamadas Visitandinas o Salesas (en los países de habla hispana), tenemos por fin la unión constante con Dios con un espíritu que no busca sino sólo a Él, independientemente de todo, excepto del beneplácito divino; con un espíritu de profundad humildad para con Dios y de gran dulzura para con el prójimo; con un espíritu que no pone el acento en las austeridades exteriores, siendo éstas suplidas con la renuncia interior, con gran sencillez y alegría en la vida común.

Las Hermanas tendrán por escudo un corazón atravesado por dos flechas, 
que son el amor de Dios y del prójimo, será el pedestal de una cruz, 
encerrado en una corona de espinas
y tendrá grabados los nombres de Jesús y de María.

Nuestra Orden honra a la Virgen María en su Misterio de la Visitación, participando así en la gratuidad de su respuesta, la admiración de su alabanza y en su celo por la salvación del mundo.

Una característica de nuestra Orden, desde los tiempos fundacionales hasta hoy, es que aceptamos a la vida monástica a mujeres de salud débil o edad madura. En nuestros monasterios hemos conservado la figura de las Hermanas externas que pueden salir de la clausura para realizar diversas tareas necesarias para la comunidad.

La Orden tiene presencia en 31 países y en España cuenta con 18 monasterios. Cada monasterio es autónomo y todos se encuentran en estrecha relación de caridad a través de las Federaciones (agrupaciones de monasterios con vistas a fomentar la comunión y ayudar en la formación, necesidades específicas, etc.).

lunes, 30 de mayo de 2016

Fernando III el Santo


Rey de Castilla y León, miembro de la Tercera Orden de San Francisco, nacido en 1198 cerca de Salamanca; murió en Sevilla, el 30 de mayo de 1252. Fue hijo de Alfonso IX, Rey de León y de Berenguela, hija de Alfonso III, Rey de Castilla, a su vez hija de Blanca, la madre de San Luis IX.

En 1217 Fernando fue coronado Rey de Castilla, la corona que su madre había renunciado a favor de él; y en 1230 heredó la corona de León, aunque sin poder evitar una guerra civil, ya que muchos se oponían a la unión de los dos reinos. Eligió como consejeros a los hombres más sabios del Estado, se ocupó de administrar estrictamente la justicia y tenía mucho cuidado en no sobrecargar a sus vasallos con impuestos, por temer más, según decía, la maldición de una vieja pobre que a un ejército entero de sarracenos. Siguiendo el consejo de su madre, Fernando se casó con Beatriz, la hija de Felipe de Suabia, Rey de Alemania, una de las princesas más virtuosas de la época. Dios bendijo la unión con siete hijos: seis príncipes y una princesa. Las metas más altas en la vida de Fernando fueron la propagación de la fe y la liberación de España del yugo sarraceno. De aquí sus guerras continuas contra los sarracenos. Él les quitó territorios vastos, solo los reinos de Granada y Alicante quedaron en el poder de ellos a su muerte. En las ciudades más importantes fundó obispados, restableció el culto católico por todas partes, construyó iglesias, fundó monasterios y hizo donaciones a hospitales. Los mayores gozos de su vida fueron las conquistas de Córdoba (1236) y Sevilla (1248).

Convirtió en catedrales las grandes mezquitas de esos lugares, dedicándolas a la Santa Virgen. Vigilaba la conducta de sus soldados, confiando más en la virtud que en el valor de ellos, ayunando estrictamente él mismo; siempre llevaba un cilicio áspero, y a menudo se pasaba la noche rezando, sobre todo antes de las batallas. En medio del tumulto del campamento vivía como un religioso en el claustro. La gloria de la Iglesia y la felicidad de su gente eran los motivos que guiaban su vida. Fundó la Universidad de Salamanca, la Atenas de España. Fernando fue enterrado en la gran catedral de Sevilla ante la imagen de la Santa Virgen, vestido, según su propia petición, con el hábito de la Tercera Orden de San Francisco. Ocurrieron muchos milagros junto a su sepulcro, y Clemente X lo canonizó en 1671. Su cuerpo sigue incorrupto, pudiéndose contemplar en el 30 de mayo, la fiesta particular de San Fernando que se celebra en España y entre los minoritas.

Fuente: Enciclopedia Católica

domingo, 29 de mayo de 2016

San Juan Crisóstomo. Acerquémonos a Cristo con fervor


Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu menté a la recepción de estos misterios.

San Juan Crisóstomo
Homilía 24, sobre la primera carta a los Corintios (4: PG 61, 204-205)

sábado, 28 de mayo de 2016

Adelantar en la vida espiritual

El abad Juan dijo: «Me gusta que el hombre posea algo de todas las virtudes. Por eso, cada día al levantarte, ejercítate en todas las virtudes y guarda con mucha paciencia el mandamiento de Dios, con temor y longanimidad, en el amor de Dios, con esfuerzo de alma y cuerpo y con gran humildad. Sé constante en la aflicción del corazón y en la observancia, con mucha oración y súplicas, con gemidos, guardando la pureza y los buenos modales en el uso de la lengua y la modestia en el de los ojos. Sufre con paciencia las injurias sin dar lugar a la ira. Sé pacífico y no devuelvas mal por mal. No te fijes en los defectos de los demás, ni te exaltes a ti mismo, antes al contrario, con mucha humildad sométete a toda criatura, renunciando a todo lo material y a lo que es según la carne, por la mortificación, la lucha, con espíritu humilde, buena voluntad y abstinencia espiritual; con ayuno, paciencia, lágrimas, dureza en la batalla, con discreción de juicio, pureza de alma, percibiendo el bien con paz y trabajando con tus manos. Vela de noche, soporta el hambre y la sed, el frío y la desnudez, los trabajos. Enciérrate en un sepulcro como si estuvieses muerto, de manera que a todas las horas sientas que tu muerte está cercana».



Sentencias de los Padres del Desierto
Cap. I. De la manera de adelantar en la vida espiritual.

viernes, 27 de mayo de 2016

La labor evangelizadora de los monjes


La figura de san Agustín de Canterbury nos recuerda hoy una faceta fundamental de la vida monástica a la hora de comprender el desarrollo religioso y cultural del continente europeo, tras el naufragio de la civilización romana a causa de las invasiones bárbaras. A pesar de que los monjes habían nacido del deseo de apartarse del mundo para consagrarse a Dios en la soledad, mediante la meditación de las Sagradas Escrituras y la lucha contra el poder del mal, la vida monástica terminó por constituir un núcleo de evangelización y de progreso cultural. ¿Cómo lo hicieron?

Ante todo, nunca dejaron de ser lo que eran; simplemente, establecieron sus monasterios donde pudieron, y comenzaron a vivir del esfuerzo de sus manos procurando amarse los monjes entre sí y acogiendo con misericordia a cuantos a ellos acudían. Fundaron escuelas, roturaron campos, construyeron vías de comunicación y predicaron el Evangelio. Esta imagen idílica estuvo muchas veces teñida de sangre, pues la inseguridad también hizo estragos entre ellos: vikingos, normandos, y demás pueblos todavía sin civilizar, vieron en los monasterios tan sólo lugares con riquezas susceptibles de ser asaltados sin piedad alguna.

Los monasterios, también hoy, intentan no sólo revivir la tradición monástica cristiana, sino también la tarea evangelizadora de la Iglesia. En medio de una sociedad cada vez más alejada del Cristianismo, se erigen en centros espirituales de primer orden, en los que comunidades de hombres y mujeres procuran seguir al Señor en la tradición monástica, alaban la gloria del Creador, y dejan traslucir mediante su vida de oración el testimonio de Cristo Resucitado, Salvador de los hombres.


miércoles, 25 de mayo de 2016

San Beda el Venerable. Deseo ver a Cristo

James Doyle Penrose - El último capítulo

El martes, antes de la fiesta de la Ascensión, la enfermedad de Beda se agravó; su respiración era fatigosa y los pies se le hinchaban. Sin embargo, durante todo aquel día siguió sus lecciones y el dictado de sus escritos con ánimo alegre. Dijo, entre otras cosas:

«Aprended de prisa porque no sé cuánto tiempo viviré aún, ni si el Creador me llevará consigo en seguida».

Nosotros teníamos la impresión de que tenía noticia clara de su muerte; prueba de ello es que se pasó toda la noche velando y en acción de gracias. Al amanecer del miércoles, nos mandó que escribiéramos lo que teníamos comenzado; lo hicimos hasta la hora de Tercia. A la hora de Tercia tuvimos la procesión con las reliquias de los santos, como es costumbre ese día. Uno de los nuestros, que estaba con Beda, le dijo:

«Maestro, falta aún un capítulo del libro que últimamente dictabas; ¿Te resultaría muy difícil seguir contestando a nuestras preguntas?».

A lo que respondió:

«No hay dificultad. Toma la pluma y ponte a escribir en seguida».

Así lo hizo él. Pero a la hora de Nona me dijo:

«Tengo en mi baúl unos cuantos objetos de cierto valor, a saber, pimienta, pañuelos e incienso; ve corriendo y avisa a los presbíteros del monasterio para repartir entre ellos estos regalos que Dios me ha hecho».

Ellos vinieron, y Beda les dirigió la palabra, rogando a todos y cada uno que celebraran misas por él y recitaran oraciones por su alma, lo que prometieron todos de buena gana. Se les caían las lágrimas, sobre todo cuando Beda dijo que ya no verían por más tiempo su rostro en este mundo. Pero se alegraron cuando dijo:

«Hora es ya de que vuelva a mi Creador (si así le agrada), a quien me creó cuando yo no era y me formó de la nada. He vivido mucho tiempo, y el piadoso juez ha tenido especial providencia de mi vida; es inminente el momento de mi partida, pues deseo partir para estar con Cristo; mi alma desea ver en todo su esplendor a mi rey, Cristo».

Y dijo más cosas edificantes, continuando con su alegría de siempre hasta el atardecer. Wiberto, de quien ya hemos hablado, se atrevió aún a decirle:

«Querido maestro, queda aún por escribir una frase». Contestó Beda:

«Pues escribe en seguida».

Al poco tiempo dijo el muchacho:

«Ya está».

Y Beda contestó de nuevo:

«Bien dices, está cumplido. Ahora haz el favor de colocarme la cabeza de manera que pueda sentarme mirando a la capilla en que solía orar; pues también ahora quiero invocar a mi Padre».

Y así, tendido sobre el suelo de su celda, comenzó a recitar:

«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».

Al nombrar al Espíritu Santo exhaló el último suspiro, y, sin duda, emigró a las delicias del cielo, como merecía, por su constancia en las alabanzas divinas.

Cutberto
Carta sobre la muerte de san Beda el Venerable (4-6: PL 90, 64-66)