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domingo, 23 de octubre de 2016

San Juan de Capistrano


Nacido en Capistrano, en la diócesis de Sulmona, Italia, en 1385; murió en 1456. Su padre había venido a Nápoles en el séquito de Luis de Anjou, de ahí que se suponga que tenía sangre francesa. En 1416 estalló la guerra entre Perugia y los Malatesta. Juan fue enviado como embajador a proponer la paz a los Malatesta, que sin embargo lo metieron en prisión. Fue durante este encarcelamiento cuando empezó a pensar más seriamente sobre su alma. Finalmente decidió renunciar al mundo y hacerse fraile franciscano, debido a un sueño que tuvo en el que vio a San Francisco y fue advertido por el santo de que entrara en la Orden Franciscana. Juan se había casado con una rica dama de Perugia inmediatamente antes de que estallara la guerra, pero el matrimonio no se consumó y obtuvo una dispensa para entrar en religión, en 1416.

Estuvo bajo la influencia de San Bernardino de Siena, que le enseñó teología. Acompañó a San Bernardino en sus giras de predicación para estudiar sus métodos, y en 1420, mientras aún era diácono, se le permitió predicar. Pero su vida apostólica comenzó en 1425, después de que recibió el sacerdocio. Desde este momento hasta su muerte trabajó incesantemente por la salvación de las almas. Atravesó toda Italia; y las multitudes que venían a escucharle eran tan grandes que a menudo tenía que predicar en plazas públicas. Como San Bernardino de Siena, había propagado mucho la devoción al Santo Nombre de Jesús, y, junto con ese santo, fue acusado de herejía por esta devoción. Mientras estaba así llevando a cabo su labor apostólica, se implicó activamente en ayudar a San Bernardino en la reforma de la Orden Franciscana.

Tras esto, el Papa Martín V concibió la idea de unir a los Frailes menores conventuales y a los observantes, y un capítulo general de ambas ramas de franciscanos fue convocado en Asís en 1430. Se realizó la unión, pero no duró mucho. Al año siguiente los observantes celebraron un capítulo en Bolonia, en el que Juan fue la figura más destacada.

En 1454 fue convocado a la Dieta de Francfort, para asistir a esa asamblea en su deliberación respecto a una cruzada contra los turcos en socorro de Hungría; y, aquí también, fue la figura más destacada. Cuando la cruzada estuvo efectivamente en marcha Juan acompañó al famoso Hunyady en toda la campaña: estuvo presente en la batalla de Belgrado, y dirigió el ala derecha del ejército cristiano contra los turcos. Fue beatificado en 1694, y canonizado en 1724.

jueves, 23 de octubre de 2014

En la Memoria de San Juan de Capistrano

Alonso Cano. San Bernardino de Siena y san Juan de Capistrano

Los que han sido llamados a ministrar en la mesa del Señor deben brillar por el ejemplo de una vida loable y recta, en la que no se halle mancha ni suciedad alguna de pecado. Viviendo honorablemente como sal de la tierra, para sí mismos y para los demás, e iluminando a todos con el resplandor de su conducta, como luz que son del mundo, deben tener presente la solemne advertencia del sublime maestro Cristo Jesús, dirigida no sólo a los apóstoles y discípulos, sino también a todos sus sucesores, presbíteros y clérigos: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

En verdad es pisado por la gente, como barro despreciable, el clero inmundo y sucio, impregnado de la sordidez de sus vicios y envuelto en las cadenas de sus pecados, considerado inútil para sí y para los demás; porque, como dice san Gregorio: «De aquel cuya vida está desprestigiada queda también desprestigiada la predicación».

Los presbíteros que dirigen bien merecen doble honorario, sobre todo los que se atarean predicando y enseñando. En efecto, los presbíteros que se comportan con dignidad son acreedores a un doble honorario, material y personal, o sea, temporal y a la vez espiritual, que es lo mismo que decir transitorio y eterno al mismo tiempo; pues, aunque viven en la tierra sujetos a las limitaciones naturales como los demás mortales, su anhelo tiende a la convivencia con los ángeles en el cielo, para ser agradables al Rey, como prudentes ministros suyos. Por lo cual, como un sol que nace para el mundo desde las alturas donde habita Dios, alumbre la luz del clero a los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo.

Vosotros sois la luz del mundo. Pues, así como la luz no se ilumina a sí misma, sino que con sus rayos llena de resplandor todo lo que está a su alrededor, así también la vida luminosa de los clérigos virtuosos y justos ilumina y serena, con el fulgor de su santidad, a todos los que la observan. Por consiguiente, el que está puesto al cuidado de los demás debe mostrar en sí mismo cómo deben conducirse los otros en la casa de Dios.

San Juan de Capistrano
Espejo de los clérigos (Parte 1 Venecia 1580, 2)