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viernes, 5 de julio de 2013

Scala Claustralium VI


Pero no temas, esposa, no desesperes, no te consideres despreciada, si por un poco el esposo te oculta su rostro. Todo esto contribuye a tu bien, y de su venida y de su alejamiento sacas ventaja. Viene a ti, y también se retira. Viene para consolarte, se retira por prudencia, para que la magnitud de la consolación no te ensoberbezca, no sea que al estar siempre junto a ti el esposo, empieces a despreciar a las compañeras y atribuyas esta continua visita no ya a la gracia sino a la naturaleza. Pues el esposo concede esta gracia a quien quiere y cuando quiere, no se la posee por derecho hereditario. Un proverbio popular dice que la excesiva familiaridad engendra el desprecio. Se aleja, pues, para que, al ser demasiado asiduo, no sea despreciado, y para que al estar ausente sea más deseado, deseado más ávidamente buscado, buscado por largo tiempo sea finalmente con más gozo hallado. Además si nunca faltara esta consolación (la cual es enigmática y parcial, en relación con la futura gloria que se revelará en nosotros) tal vez creeríamos que tenemos aquí una ciudad permanente y buscaríamos menos la futura. Por tanto, para que no consideremos el exilio como patria, la prenda como el premio último, el esposo viene y a veces se va, unas trayendo consolación, otras cambiando todo nuestro lecho en enfermedad. Por un poco nos permite gustar lo suave que es, y antes de que lo podamos experimentar hasta el fondo, desaparece. Y así, revoloteando como con alas desplegadas sobre nosotros, nos estimula a volar, como si dijera: Ya habéis gustado por un poco lo dulce y suave que soy, pero si queréis ser saciados hasta el fondo por esta dulzura mía, corred tras de mí al olor de mis perfumes teniendo elevado el corazón allí donde yo estoy a la diestra de Dios Padre. Allí me veréis, no como en un espejo, confusamente, sino cara a cara y vuestro corazón gozará plenamente, y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.

Pero ten cuidado, esposa. Cuando se ausenta el esposo no se va lejos, y aunque tú no le ves, él sin embargo te ve siempre. Está lleno de ojos, por delante y por detrás. Nunca puedes estarle escondido. Tiene también en torno a sí como mensajeros espíritus atentísimos y sagaces para ver cómo te comportas en la ausencia del esposo, y para acusarte ante él si hubieren hallado en ti signos de lascivia y de ligereza. Este esposo es el típico celoso. Si por casualidad recibieras a otro amante, si trataras de agradar más a otros, inmediatamente se apartaría de ti y se uniría a otras jóvenes. Este esposo es delicado, noble y rico, bello de aspecto, más que ningún otro entre los hijos de los hombres y por lo tanto no quiere tener más que una bella esposa. Si viera en ti una mancha o una arruga, inmediatamente apartaría de ti los ojos. Pues no puede soportar ninguna impureza. Sé, pues, casta, llena de pudor y humilde, de modo que merezcas ser visitada a menudo por tu esposo.

Temo haber hablado demasiado sobre el tema, pero a ello me impulsó la materia fértil y al mismo tiempo dulce, que no mi propia iniciativa. Ignoro cómo he sido atraído por su dulzura a pesar mío.

Carta de Guigues II, cartujo, a su amigo Gervasio, sobre la vida contemplativa

jueves, 4 de julio de 2013

Scala Claustralium V


Pero, Señor, ¿cómo sabremos cuándo haces esto y cuál es la señal de tu llegada?, ¿acaso no son los suspiros y las lágrimas los testigos y los mensajeros de esta consolación y alegría? Si es así, se trata de una señal nueva e inusitada. ¿Pues qué relación existe entre la consolación y los suspiros?, ¿entre la alegría y las lágrimas?, si es que se les puede llamar a eso lágrimas y no más bien abundancia desbordante del rocío interior y como ablución del hombre exterior. Así como en el bautismo de los niños se representa y se indica con una ablución externa una purificación interna del hombre, así aquí, por el contrario, la purificación interior precede a la ablución exterior. ¡Felices lágrimas, por las que se lavan las manchas interiores, por las que se extinguen los incendios de los pecados! Bienaventurados los que así lloráis porque reiréis (Mt 5, 5). Reconoce, alma mía, en estas lágrimas a tu esposo, abraza al que deseas. Embriágate ahora de un torrente de placer, sáciate de esa ubre de consolación como de leche y miel. Los gemidos y las lágrimas son los pequeños regalos, estupendos y reconfortantes, que te ha dado tu esposo. En esta lágrimas te pone delante una bebida sobreabundante. Estas lágrimas son tu pan día y noche, pan, sí, que reafirma el corazón del hombre, más dulces que el panal de miel. Señor Jesús: si tan dulces son estas lágrimas suscitadas por el recuerdo y el deseo de ti, ¡cuánto más dulce no será el gozo que se tendrá en la plena visión de ti! Si es tan dulce llorar por ti, ¡cuán dulce será gozar de ti! Pero ¿por qué proferimos en público estos secretos coloquios?, ¿por qué tratamos de expresar, con palabras comunes, sentimientos indecibles e inenarrables? Los que no han gustado (inexperti) tales cosas no pueden entender, a menos que las lean expresamente en el libro de la experiencia amaestrados por la misma unción (divina). Si no, la letra exterior no sirve de nada al lector. Poco sabor tiene la lectura de la letra externa a no ser que tome la explicación y el sentido interno de su corazón.

¡Oh, alma!, hemos prolongado mucho la conversación. Buena cosa sería quedarnos aquí, contemplando con Pedro y Juan la gloria del esposo, y permanecer largo tiempo con él, y plantar, si él quisiera, no ya dos ni tres tiendas (Mt 17, 1-4), sino una en la que estuviéramos juntos y juntos gozáramos. Pero ya está diciendo el esposo: Déjame que ya viene la aurora, ya has recibido la luz de la gracia y la visita que deseabas. Habiendo dado, pues, su bendición, herido el nervio femoral, y cambiado el nombre de Jacob en Israel (Gn 32, 25-31) el esposo tan largamente deseado se aleja por un poco, desapareciendo rápidamente. Se oculta tanto en lo que se refiere a la visión de la que hemos hablado como a la dulzura de la contemplación, pero permanece presente como guía.

Carta de Guigues II, cartujo, a su amigo Gervasio, sobre la vida contemplativa

martes, 2 de julio de 2013

Scala Claustralium IV


Oratio-Contemplatio: Viendo, pues, el alma que no puede alcanzar por sí sola esa dulzura deseada por el conocimiento y la experiencia, y que cuanto más se eleva ella tanto más lejano está Dios (Salm 63, 7-8), entonces se humilla y se refugia en la oración diciendo: Señor, que no te dejas ver más que por los limpios de corazón, leyendo he investigado, meditando he buscado cómo pueda adquirirse la verdadera pureza del corazón, para poderte conocer, gracias a ella, al menos un poco. Buscaba tu rostro Señor, tu rostro buscaba (Salm 26, 8). Largamente he meditado en mi corazón y en mi meditación se ha encendido un fuego y un deseo mayor de conocerte (Salm 38, 4). Cuando rompes para mi el pan de la Sagrada Escritura, en la fracción del pan hay gran conocimiento (Lc 24, 30-31) y cuanto más te conozco, más deseo conocerte, no ya en la corteza de la letra, sino en el sentido de la experiencia. Y esto no te lo pido, Señor, por mis méritos, sino por tu misericordia. Pues confieso que soy indigna y pecadora, pero también los perritos comen migas que caen de la mesa de sus señores (Mt 15, 27). Dame, Señor, una prenda de la herencia futura, una gota al menos de la lluvia celeste con la que pueda aliviar mi sed, porque me abraso de amor.

Con estos y otros encendidos pensamientos el alma inflama su deseo y muestra así su efecto. Con estos encantos llama a su esposo. Los ojos del Señor están sobre los justos y sus oídos están atentos a las oraciones (Sam 33, 16), hasta tal punto que no espera siquiera a que la oración haya terminado sino que, interviniendo en el curso mismo de ella, se apresura a entrar en el alma que lo busca con deseo, se apresura a encontrarse con ella, bañado por el rocío de la dulzura celeste y el perfume de ungüentos preciosos. Recrea así al alma fatigada, sostiene a la que está sedienta, nutre a la que tiene hambre, le hace olvidar todas las cosas de la tierra, la vivifica haciendo admirablemente que se olvide de sí y embriagándola la hace sobria. Y así como en algunos actos carnales la concupiscencia de la carne vence al alma hasta el punto que pierde el uso de la razón y el hombre resulta casi completamente carnal, también en esta contemplación superior, por el contrario, los movimientos de la carne son superados y absorbidos por el alma hasta tal punto que la carne no contradice en nada al espíritu y el hombre resulta casi completamente espiritual.

Carta de Guigues II, cartujo, a su amigo Gervasio, sobre la vida contemplativa

sábado, 29 de junio de 2013

Cuando eras joven, tú mismo te ceñías


El que mire ahora a Pedro, verá que no sólo se recobró suficientemente por la penitencia y el dolor vivísimo de la negación, en la que por debilidad cayó, sino que desterró totalmente de su alma el vicio de la arrogancia con que pretendía preferirse a los demás.

Queriendo el Señor mostrarnos a todos esto, después de haber padecido por nosotros la muerte y haber resucitado al tercer día, se dirigió a Pedro con aquellas palabras transmitidas en el evangelio de hoy, diciéndole: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?, es decir, más que mis discípulos.

Mira su conversión a la humildad. Antes, aun cuando nadie le había preguntado, se antepone a los demás, diciendo: Aunque todos... yo jamás; ahora, interrogado si le ama más que los otros, asiente a lo del amor, pero omite aquello de «más», diciendo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y entonces, ¿qué es lo que hace el Señor? Ahora que ve que Pedro no le falla en la caridad y que ha adquirido la humildad, da cumplimiento a lo que ya anteriormente le había anunciado, y le dice: Apacienta mis corderos.

A la Iglesia de los creyentes la llamó edificio: ahora le promete que le pondrá a él como fundamento. Y si queremos hablar acudiendo a imágenes de pesca, podríamos decir que le hace pescador de hombres, al decirle: Desde ahora serás pescador de hombres. Y como ahora está hablando de su grey, pone al frente de ella a Pedro comopastor, diciendo: Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas.

Pedro, interrogado una y otra vez si ama a Cristo, se contrista ante la reiterada pregunta pensando que no va a ser fiel. Pero sabiendo que ama y no ignorando que de esto es más consciente quien le interroga que él mismo, como acosado por ambas cosas, no sólo confiesa que ama, sino que proclama además que el Dios de todas las cosas es amado por él, diciendo: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. El saberlo todo es propio únicamente del Dios del universo.

Y el Señor, al autor de semejante confesión, no sólo lo constituye pastor y pastor supremo de la Iglesia, sino que, además, le dota de una fortaleza tal, que perseverará firme hasta la muerte, y muerte de cruz, quien fue incapaz de sostener con entereza ni siquiera la pregunta o el diálogo con una criada.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías con una juventud corporal y espiritual, esto es, usabas tu propia fortaleza, e ibas adonde querías, moviéndote con espontaneidad y usando en tu vida de la propia libertad; pero cuando seas viejo, llegado al final de tu juventud, tanto natural como espiritual, extenderás las manos, con lo que se da a entender que moriría en la cruz, a la cual subiría forzado.

Extenderás las manos, otro te ceñirá, es decir, te dará brío, y te llevará adonde no quieras, sacándote de esta vida. Nuestra naturaleza desea vivir y, por tanto, el martirio de Pedro era algo superior a sus fuerzas. Sin embargo, dice el Señor, lo tolerarás por mí y por mi testimonio, inmolándote con mi ayuda y superando lo que está sobre la naturaleza.

Gregorio de Palamás, Homilía 28 

viernes, 28 de junio de 2013

Scala Claustralium III

Ahora se pasa a la atenta meditación, que no se queda fuera, no permanece en la superficie, sino que da un paso más, penetra en el interior, escruta todo en detalle. Considera atentamente que no se dice: Bienaventurados los limpios de cuerpo, sino de corazón, porque no basta tener las manos limpias de malas acciones, si nuestra mente no está limpia de pensamientos impuros. Y esto lo confirma la autoridad del profeta que dice: ¿Quién subirá al monte del Señor? o ¿Quién habitará en su templo santo? El que tiene manos inocentes y puro corazón (Salm 23, 3-4).

Considera aun cuánto desease ese mismo profeta la pureza de corazón pues orando decía:

Crea en mí, oh Dios, un corazón puro (Salm 50, 12), y también: Si hubiera visto iniquidad en mi corazón, el Señor no me hubiera escuchado (Salm 65, 18).

Piensa cuán solicito era el bienaventurado Job en la custodia de su corazón cuando decía:

He hecho con mis ojos el pacto de no mirar a doncella alguna (Job 31, 1).

Mira qué violencia no se hacía este hombre santo que cerraba sus ojos para no mirar vanidad que tal vez, después de vista por imprudencia, pudiera involuntariamente desear. Después de haber considerado estas y otras cosas semejantes acerca de la pureza del corazón, la meditación empieza a pensar en el premio, o sea cuán glorioso y deleitable sea ver el rostro deseado del Señor, el más hermoso de entre los hijos de los hombres, no ya rechazado y despreciado, ni con la apariencia de la cual le revistió su madre la Sinagoga, sino con la estola de la inmortalidad y coronado con la diadema con la cual le coronó su Padre el día de la resurrección y de la gloria, día que hizo el Señor. Piensa que en aquella visión se tendrá aquella saciedad de la que dice el profeta: Me saciaré cuando aparezca tu gloria (Salm 16, 15).

¿Ves cuánto jugo brotó de un racimo de uva tan pequeño, cuánto fuego salió de esta chispa, cuánto se haya dilatado, bajo el yunque de la meditación, esta exigua masa de Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8)? ¿Pero cuánto más se podría dilatar aún si se aplicara a ello uno más experto? Pues intuyo que el pozo es profundo, mas yo todavía soy un aprendiz sin experiencia y con dificultad he podido recoger estas pocas cosas.

Inflamada el alma por estas ascuas, estimulada por estos deseos, roto el alabastro empieza a presentir la suavidad del perfume, aún no por el gusto, sino como si dijéramos por el olfato y por él capta cuán dulce pueda ser tener experiencia de esta pureza, de la que ya por su meditación advierte llena de placer. ¿Pero qué puede hacer? Se quema por el deseo de poseerla, pero no encuentra en sí el modo de tenerla y cuanto más busca, más sed tiene. Mientras se entrega a la meditación conoce también el dolor, porque tiene sed de la dulzura que la meditación le muestra deba darse en la pureza de corazón, pero no se la da a gustar. Pues el sentir esta dulzura no es del que lee o medita, a no ser que se le conceda de lo alto. En efecto, leer y meditar es común tanto a los buenos como a los malos. Y los mismos filósofos paganos, por su razón, hallaron en qué consiste la esencia del verdadero bien. Mas, puesto que habiendo conocido a Dios no le dieron gloria como a Dios (Rm 1,21), y fiándose presuntuosamente de sus fuerzas decían: La lengua es nuestro fuerte, nuestros labios por nosotros, ¿quién va a ser nuestro amo? (Salm 11, 5), no merecieron recibir lo que pudieron ver. Se perdieron en la vanidad de sus pensamientos (Rm 1, 21), y toda su sabiduría fue inutilizada (Salm 106, 27), sabiduría que les venía del estudio de disciplinas humanas, no el espíritu de sabiduría, único que da la verdadera sabiduría, es decir, el conocimiento sabroso que alegra y recrea con un gusto inestimable al alma en la que se da. De esta sabiduría se dijo: La sabiduría no entrará en un espíritu malvado (Sb 1, 1).

Pues ella solamente procede de Dios. En efecto, el Señor ha concedido a muchos la tarea de bautizar, pero el poder y la autoridad de perdonar los pecados en el Bautismo se los ha reservado únicamente para él. Por eso Juan dijo bien de él distinguiendo: El es quien bautiza (Jn 1, 33).

Así lo mismo podemos decir de él: El es el que da sabor a la sabiduría y la hace gustosa al alma. La palabra se ofrece ciertamente a muchos, pero la sabiduría (del Espíritu) a pocos. Dios la distribuye a quien quiere y como quiere.

Carta de Guigues II, cartujo, a su amigo Gervasio, sobre la vida contemplativa

jueves, 27 de junio de 2013

Scala Claustralium II

Lectio-Meditatio: Habiendo, pues, descrito los cuatro peldaños nos queda por ver ahora sus funciones. La lectura busca la dulzura de la vida feliz, la meditación la halla, la oración la pide, la contemplación la experimenta. Porque el mismo Dios dice: Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7).

Buscad leyendo y hallaréis meditando, llamad orando y se os abrirá contemplando. La lectura pone en la boca pedazos, la oración le extrae el sabor, la contemplación es la misma dulzura que alegra y recrea. La lectura se queda en la corteza, la meditación penetra en el pulpa, la oración en la petición llena de deseo, la contemplación en el goce de la dulzura adquirida. Para que esto pueda verse con mayor claridad proponemos un ejemplo entre muchos. En la lectura escucho esto: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

He aquí una palabra breve, pero suave y llena de múltiples resonancias, ofrecida como un racimo de uva para alimento del alma. Ante ella el alma después de haberla examinado diligentemente, dice para sí: aquí puede haber algo bueno, volveré a entrar en mi corazón e intentaré si me es posible comprender y encontrar esta pureza. Esta es, en efecto, algo precioso y deseable, alabada por tantos pasajes de la Escritura, a quien la posee se le llama dichoso y se le promete la visión de Dios, esto es, la vida eterna. Deseando, por tanto, que se le explique esto más plenamente, empieza a masticar y a triturar esta uva poniéndola, como si dijéramos, en el lagar, después estimula su razón para indagar en qué consista y cómo pueda adquirirse esta pureza tan preciosa y deseable.

Carta de Guigues II, cartujo, a su amigo Gervasio, sobre la vida contemplativa