viernes, 9 de enero de 2015

San Zoilo de Carrión de los Condes


Visitamos hoy el que fuera Monasterio de San Zoilo, en Carrión de los Condes, junto al Camino de Santiago. Fundado en el 948, el Real monasterio de san Zoilo fue dotado de nuevo en 1047, es hospedería de peregrinos. Este monasterio benedictino se enclava junto al río Carrión en la provincia de Palencia en la comarca de Tierra de Campos, a pocos kilómetros de Fromista y dirección a Sahagún. 

En su interior un impresionante claustro proyectado por Juan de Badajoz el Viejo en 1537 con profusa decoración basada en lecturas bíblicas y personalidades de la iglesia. El claustro se comunica con la iglesia a través de un portada en arco rebajado entre columnas abalaustradas. El templo, del siglo XVII, es de una sola nave, cubierta por bóvedas de cañón y cúpula sobre el crucero. Tiene coro a los pies, con sillería y órgano barroco. La portada se atribuye a Felipe Berrojo y tiene dos cuerpos con imágenes de santos. El monasterio cuenta además con otro patio más modesto, ya neoclásico.

Tras la expulsión de los monjes benedictinos, se convirtió en Residencia y seminario de los jesuitas, para pasar a convertirse luego en Seminario Menor de la Diócesis de Palencia. Por último, ha sido vendido hace unos años a una empresa hotelera.

jueves, 8 de enero de 2015

Apotegmas de un monje a sí mismo

Murillo. El niño Jesús distribuyendo pan a los peregrinos

63.- Epifanía. Monje, el Espíritu Santo te ha llamado para contemplar el misterio de su infinito amor y alabar su inagotable bondad para con el género humano, tan pobre y tan inclinado a la ingratitud. Esta gloriosa presencia no se ha manifestado en el poder que triunfa en el mundo, o en la grandeza de una aparición sobrenatural, sino en la tierna humildad de un niño, en la semejanza con nuestra condición humana, que ha asumido con desconcertante humildad, para devolverla la gloria para que la que fue creada y que nuestro pecado deslució. Monje, mira cómo Dios ha abierto su generosa mano, para saciarnos de bienes que, ni tan siquiera, esperábamos. No dejes que tu corazón se enfríe con las cosas del mundo, y deje de admirarse ante tanta gracia.

martes, 6 de enero de 2015

San Odón de Cluny. Cristo se ha manifestado hoy al mundo


Hoy Cristo se ha manifestado al mundo, hoy ha recibido el sacramento del bautismo y, al recibirlo, lo ha consagrado con su presencia. Hoy –como lo atestigua la fe de los creyentes– en el curso de unas bodas, ha convertido el agua en vino. Espiritualmente se convierte el agua en vino, porque, abolida la letra de la ley, en Cristo brilla la gracia del evangelio. Se bautiza Cristo y es renovado el mundo; se bautiza Cristo: se despoja del hombre viejo y se reviste del hombre nuevo. Es expulsado aquel primer hombre que, hecho de tierra, era terreno; se reviste del segundo que, por proceder del cielo, es celestial. Cuando Cristo fue bautizado, el misterio del santo bautismo fue consagrado por la presencia de toda la Trinidad: se oyó la voz del Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; el Espíritu Santo apareció en forma de paloma y, Jesús, como Hijo único, quiso ser bautizado por san Juan. Sobre este tema escribe san Hilario con una belleza tal, que traduce la ortodoxia de sus convicciones. Y aunque tanto la encarnación de la Palabra como el misterio del bautismo, sean obra de toda la Trinidad, sin embargo sólo el Hijo fue bautizado por Juan, como sólo el Hijo nació de la Virgen, y pasó, sin pecado, a través de todas las pasiones de la mortalidad asumida, y permaneció siempre impasible según la naturaleza de la divinidad.

Este día es ya de suyo festivo; mas la misma proximidad de la fiesta de Navidad le confiere una especial solemnidad. Cuando Dios es adorado en un niño, se subraya el honor del parto virginal. Cuando al hombre-Dios se le ofrecen regalos, se adora la dignidad del niño divino. Al encontrar a María con el niño, se predica la verdadera humanidad de Cristo y la integridad de la Madre de Dios.

En efecto, así se expresa el evangelista: Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Los regalos que los Magos ofrecen, revelan arcanos sacramentos de Cristo. Al darle oro, lo proclaman rey; al ofrecerle incienso, adoran a Dios; al presentarle la mirra, confiesan al hombre mortal. Nosotros, por nuestra parte, creamos que Cristo asumió nuestra mortalidad para, con su única muerte, abolir nuestra doble muerte. Cómo Cristo se manifestó hombre mortal y cómo pagó su tributo a la muerte, lo tienes escrito en Isaías: Como un cordero fue llevado al matadero. Nuestra fe en la realeza de Cristo la tenemos atestiguada por la autoridad divina. En efecto, él mismo dice de sí en el salmo: Yo mismo he sido establecido rey por él, es decir, por Dios Padre. Y que sea Rey de reyes, nos lo asevera por boca de la Sabiduría: Por mí reinan los reyes, y los príncipes dan leyes justas. Y que Jesús sea realmente Dios y Señor, lo testifica el mundo entero por él creado. Pues él mismo dice en el evangelio: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Y el santo evangelista: Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada. Si se reconoce que todo fue creado por él, y en él tiene su consistencia, es lógico creer que todas las cosas reconocieron su venida.

San Odilón de Cluny
Sermón 2 en la Epifanía del Señor (PL 142, 997-998)

lunes, 5 de enero de 2015

Orígenes. Con el mayor temor y reverencia hemos de contemplar el misterio de Cristo


Si tenemos en cuenta lo que la Escritura santa nos refiere de su majestad y no perdemos de vista que Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, y que por medio de él fueron creadas todas las cosas: visibles e invisibles; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él, que es la cabeza de todos, comprobamos la imposibilidad de poner por escrito el misterio de la gloria del Salvador.

Si, pues, consideramos tantas y tales cosas como se han dicho sobre la naturaleza del Hijo de Dios, nos llenará de asombro y de estupor el que una naturaleza tan por encima de todo lo creado, desde la altura de su majestad, se haya rebajado hasta el anonadamiento, haciéndose hombre y viviendo entre los hombres.

Él mismo, antes de hacerse visible en un cuerpo mortal, envió a los profetas en calidad de precursores y mensajeros de su venida. Y después de su ascensión a los cielos, mandó a los santos apóstoles, investidos con los poderes de su divinidad –hombres imperitos e indoctos, escogidos de entre los publicanos y los pescadores– a recorrer toda la tierra, para que, de toda raza y de la universalidad de los pueblos, le congregasen un pueblo santo que creyera en él.

Mas, entre todos los milagros y prodigios que de él conocemos, hay uno que excede muy particularmente toda capacidad de admiración de la inteligencia humana: la fragilidad de la inteligencia mortal no llega a comprender ni siquiera a intuir que tan inmenso poder de la divina majestad, el mismo Verbo del Padre y la propia Sabiduría de Dios, por medio de la cual fueron creadas todas las cosas: visibles e invisibles, hayamos de creer que estaba circunscrita dentro de los límites de aquel hombre que apareció en Judea. Más aún, esa fe nos invita a aceptar que la Sabiduría de Dios penetró en el seno de una mujer, que nació hecho niño, que prorrumpió en vagidos como cualquier otro niño que llora. Y por fin, lo que se nos cuenta de él que se turbó en presencia de la muerte, como el mismo Jesús confesó diciendo: Me muero de tristeza; y para colmo, que fue conducido a una muerte, considerada por los hombres como la más ignominiosa, aunque resucitase al tercer día.

Ahora bien: cuando observamos en él rasgos tan profundamente humanos, que en nada parece diferenciarse del común de los mortales y, por el contrario, otros tan típicamente divinos que no riman con ningún otro sino con aquella primera e inefable naturaleza de la deidad, la inteligencia humana se angustia y, presa de inmenso estupor, no sabe a qué atenerse, a qué ha de aferrarse, qué dirección tomar. Si lo siente Dios, lo ve mortal; si lo considera hombre, lo ve volver de entre los muertos cargado de botín, después de haber destruido el dominio de la muerte. Por lo cual, hemos de contemplarlo con el mayor temor y reverencia.

Orígenes
Sobre los principios (Lib 2, cap 6,1-2: sobre la encarnación de Cristo: PG 16, 209-211)

domingo, 4 de enero de 2015

Carmelitas de Valladolid


Visitamos hoy un Convento de monjas carmelitas lleno de vida y de la alegría del Espíritu Santo, en Valladolid. En su Web, dicen ellas de sí mismas:

Somos una Comunidad de monjas Carmelitas, una Comunidad de mujeres consagradas a "Dios sumamente amado" en el seno de la Iglesia Católica, dedicadas fundamentalmente a la oración, a la escucha y meditación de la Palabra de Dios, a la adoración y glorificación de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Formamos parte de aquel grupo numeroso de hombres y mujeres que profesan los consejos evangélicos y de quienes el Concilio Vaticano II dice en la Constitución Dogmática Lumen Gentium: Ni piense nadie que los religiosos, por su consagración, se hacen extraños a la humanidad o inútiles para la ciudad terrena. Porque aunque en algunos casos no ayuden directamente a sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes, de un modo más profundo en las entrañas de Cristo…


sábado, 3 de enero de 2015

Apotegmas de un monje a sí mismo

Murillo. Navidad y anuncio a los pastores

62.- Hemos contemplado su gloria. Monje, has escuchado que los pastores dijeron, después de que el ángel les anunciase el nacimiento del Mesías: Vayamos. Únete a ellos, y lleva en tu corazón a toda la Iglesia. ¿Qué encontrarás? Un niño acostado en un pesebre. Pero aunque tus ojos no alcancen a ver más, da crédito, monje, a lo que lees en el Evangelio: Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Esa gloria ilumina tus oscuridades y, en vez de castigo y severidad, te ofrece la infinita misericordia de Dios, junto a su fidelidad a la promesa de salvación que desde antiguo ofreció a todos los hombres. Corre, monje, pues en ese pesebre encontrarás luz y paz.