lunes, 11 de julio de 2016

Homilía de Benedicto XVI a los monjes benedictinos en Montecasino


Queridos hermanos y hermanas de la gran familia benedictina:

Al concluir mi visita, con mucho gusto me detengo en este lugar sagrado, en esta abadía, cuatro veces destruida y reconstruida, la última vez tras los bombardeos de la segunda guerra mundial, hace 65 años. "Succisa virescit": las palabras de su nuevo escudo indican bien su historia. Montecassino, como encina secular plantada por san Benito, fue "escamondada" por la violencia de la guerra, pero resurgió con mayor vitalidad. En varias ocasiones yo también he disfrutado de la hospitalidad de los monjes, y en esta abadía he vivido momentos inolvidables de descanso y oración.

Esta tarde hemos entrado cantando las Laudes regiae para celebrar juntos las Vísperas de la solemnidad de la Ascensión de Jesús. A cada uno de vosotros expreso la alegría de compartir este momento de oración, saludándoos a todos con afecto y agradeciendo la acogida que me habéis dispensado a mí y a quienes me acompañan en esta peregrinación apostólica. En particular, saludo al abad, dom Pietro Vittorelli, que ha interpretado vuestros sentimientos comunes. Extiendo mi saludo a los abades, a las abadesas y a las comunidades benedictinas aquí presentes.

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el misterio de la Ascensión del Señor. La lectura breve, tomada de la primera carta de san Pedro, nos ha exhortado a fijar la mirada en nuestro Redentor, que murió "una sola vez para siempre por los pecados" para llevarnos nuevamente a Dios, a cuya diestra se encuentra, "tras haber ascendido al cielo y haber recibido la soberanía sobre los ángeles, los principados y las potestades" (cf. 1 P 3, 18.22). Jesús, "elevado al cielo" e invisible a los ojos de los discípulos, no los abandonó, pues, "muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu" (1 P 3, 18), ahora está presente de una manera nueva, interior, en los creyentes, y en él la salvación se ofrece a todo ser humano, sin distinción de pueblo, lengua y cultura.

La primera carta de san Pedro contiene referencias precisas a los acontecimientos cristológicos fundamentales de la fe cristiana. El Apóstol quiere poner de relieve el alcance universal de la salvación en Cristo. Lo mismo pretende san Pablo, de cuyo nacimiento estamos celebrando el bimilenario, el cual escribe a la comunidad de Corinto: Cristo "murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15).

Ya no vivir para sí mismos, sino para Cristo: esto es lo que da pleno sentido a la vida de quien se deja conquistar por él. Lo manifiesta claramente la historia humana y espiritual de san Benito que, tras abandonarlo todo, siguió fielmente a Jesucristo. Encarnando en su propia existencia el Evangelio, se convirtió en el iniciador de un amplio movimiento de renacimiento espiritual y cultural en Occidente. Quiero mencionar aquí un acontecimiento extraordinario de su vida, referido por su biógrafo san Gregorio Magno, que vosotros conocéis muy bien.

Se podría decir que también el santo patriarca fue "elevado al cielo" en una indescriptible experiencia mística. La noche del 29 de octubre del año 540 —se lee en la biografía—, mientras estaba asomado a la ventana, "con los ojos fijos en las estrellas para penetrar en la divina contemplación, el santo sentía que el corazón le ardía... Para él el firmamento cuajado de estrellas era como la cortina bordada que desvelaba al Santo de los Santos. En un momento determinado, su alma se sintió transportada a la otra parte del velo para contemplar sin estorbos el rostro de Aquel que habita en una luz inaccesible" (cf. A.I. Schuster, Storia di san Benedetto e dei suoi tempi, ed. Abadía de Viboldone, Milán 1965, p. 11 y ss). Desde luego, como le sucedió a san Pablo tras ser arrebatado al cielo, también san Benito, después de esa experiencia espiritual extraordinaria, tuvo que comenzar una nueva vida. Aunque la visión fue pasajera, los efectos permanecieron; su fisonomía misma —refieren los biógrafos— cambió, su aspecto fue siempre sereno y su porte angélico; y, aun viviendo en la tierra, se comprendía que con el corazón ya estaba en el paraíso.

San Benito no recibió este don divino para satisfacer su curiosidad intelectual, sino más bien para que el carisma que Dios le había dado tuviera la capacidad de reproducir en el monasterio la misma vida del cielo y restablecer en él la armonía de la creación a través de la contemplación y el trabajo. Por eso, con razón, la Iglesia lo venera como "eminente maestro de vida monástica" y "doctor de sabiduría espiritual en el amor a la oración y al trabajo"; "guía resplandeciente de pueblos a la luz del Evangelio" que, "elevado al cielo por una senda luminosa", enseña a los hombres de todos los tiempos a buscar a Dios y las riquezas eternas por él preparadas (cf. Prefacio del santo en el suplemento monástico al Misal Romano, 1980).

Sí, san Benito fue ejemplo luminoso de santidad e indicó a los monjes como único gran ideal a Cristo; fue maestro de civilización que, proponiendo una equilibrada y adecuada visión de las exigencias divinas y de las finalidades últimas del hombre, tuvo siempre muy presentes también las necesidades y las razones del corazón, para enseñar y suscitar una fraternidad auténtica y constante, a fin de que en el conjunto de las relaciones sociales no se perdiera una unidad de espíritu capaz de construir y alimentar siempre la paz.

No es casualidad que la palabra Pax acoja a los peregrinos y los visitantes a las puertas de esta abadía, reconstruida después del enorme desastre de la segunda guerra mundial: se eleva como una silenciosa advertencia a rechazar cualquier forma de violencia para construir la paz: en las familias, en las comunidades, entre los pueblos y en toda la humanidad. San Benito invita a toda persona que sube a este monte a buscar la paz y a seguirla: "Inquire pacem et sequere eam (Sal 33, 14-15)" (Regla, Prólogo, 17).

Siguiendo la escuela de san Benito, con el paso de los siglos, los monasterios se han convertido en centros fervientes de diálogo, de encuentro y de benéfica fusión entre personas diversas, unificadas por la cultura evangélica de la paz. Los monjes han sabido enseñar con la palabra y con el ejemplo el arte de la paz, sirviéndose de los tres "vínculos" que san Benito consideraba necesarios para conservar la unidad del Espíritu entre los hombres: la cruz, que es la ley misma de Cristo; el libro, es decir, la cultura; y el arado, que indica el trabajo, el señorío sobre la materia y sobre el tiempo.

Gracias a la actividad de los monasterios, articulada en el triple compromiso cotidiano de la oración, el estudio y el trabajo, pueblos enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y un beneficioso desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el sentido de la continuidad con el pasado, en la acción concreta con vistas al bien común, en la apertura hacia Dios y la dimensión trascendente. Oremos para que Europa valore siempre este patrimonio de principios e ideales cristianos que constituye una inmensa riqueza cultural y espiritual.

Pero esto sólo es posible cuando se acoge la enseñanza constante de san Benito, es decir, el "quaerere Deum", buscar a Dios, como compromiso fundamental del hombre. Sin Dios el ser humano no se realiza plenamente ni puede ser verdaderamente feliz. De manera especial, vosotros, queridos monjes, debéis ser ejemplos vivos de esta relación interior y profunda con él, actuando sin compromisos el programa que vuestro fundador sintetizó en el "nihil amori Christi praeponere", "no anteponer nada al amor de Cristo" (Regla 4, 21). En esto consiste la santidad, propuesta válida para todo cristiano, más que nunca en nuestra época, en la que se experimenta la necesidad de anclar la vida y la historia en firmes puntos de referencia espirituales. Por eso, queridos hermanos y hermanas, es muy actual vuestra vocación y es indispensable vuestra misión de monjes.

Desde este lugar, en el que descansan sus restos mortales, el santo patrono de Europa sigue invitando a todos a proseguir su obra de evangelización y promoción humana. Os alienta en primer lugar a vosotros, queridos monjes, a permanecer fieles al espíritu de los orígenes y a ser intérpretes auténticos de su programa de renacimiento espiritual y social.

Que os conceda este don el Señor, por intercesión de vuestro santo fundador, de su hermana santa Escolástica y de los santos y santas de la Orden. Y que la Madre celestial del Señor, a la que hoy invocamos como "Auxilio de los cristianos", vele sobre vosotros y proteja a esta abadía y a todos vuestros monasterios, así como a la comunidad diocesana que vive en torno a Montecassino. 

domingo, 10 de julio de 2016

Dialogos de San Gregorio. La vida de san Benito

PROFECÍA DE SAN BENITO SOBRE LA DESTRUCCIÓN DE SU MONASTERIO


Cierto hombre noble, llamado Teoprobo, había sido convertido por las exhortaciones del abad Benito, quien por su vida ejemplar le tenía gran confianza y familiaridad. Un día entró Teoprobo en su celda y le encontró llorando amargamente, Esperó largo rato, pero al ver que no cesaban sus lágrimas y que el hombre de Dios no lloraba como en la oración, sino por alguna congoja, preguntóle la causa de tanto llanto. A lo que respondió enseguida el hombre de Dios: "Todo este monasterio que he construido y todas estas cosas que he preparado para los monjes, por disposición de Dios todopoderoso, serán entregadas a los bárbaros. Sólo a duras penas he podido alcanzar que se me concedieran las vidas de los monjes".

Este oráculo, que entonces oyó Teoprobo, nosotros lo vemos cumplido, pues sabemos que su monasterio ha sido destruido por las hordas de los lombardos.

En efecto, no ha muchos años, una noche, mientras los monjes dormían, entraron allí los lombardos y lo saquearon todo, pero no pudieron apresar ni un solo monje. Así Dios todopoderoso cumplió lo que había prometido a su fiel siervo Benito: que aunque entregaría los bienes a los bárbaros, salvaría empero la vida de los monjes. Y en esto veo que a Benito le sucedió lo mismo que a san Pablo, el cual vio cómo su navío perdía todo lo que llevaba, pero salvó, para consuelo suyo, la vida de todos los que iban con él 

sábado, 9 de julio de 2016

Dialogos de San Gregorio. La vida de san Benito

LA FUNDACIÓN DE MONTECASINO


El fuerte llamado Casino está situado en la ladera de una alta montaña, que le acoge en su falda como un gran seno, y luego continúa elevándose hasta tres millas de altura, levantando su cumbre hacia el cielo. Hubo allí un templo antiquísimo, en el que según las costumbres de los antiguos paganos, el pueblo necio e ignorante daba culto a Apolo. A su alrededor había también bosques consagrados al culto de los demonios, donde todavía en aquel tiempo una multitud enloquecida de paganos ofrecía sacrificios sacrílegos. Cuando llegó allí el hombre de Dios, destrozó el ídolo, echó por tierra el ara y taló los bosques. Y en el mismo templo de Apolo construyó un oratorio en honor de san Martín, y donde había estado el altar de Apolo edificó un oratorio a san Juan. Además, con su predicación atraía a la fe a las gentes que habitaban en las cercanías. Pero he aquí que el antiguo enemigo, no pudiendo sufrir estas cosas en silencio, se aparecía a los ojos del abad, no veladamente o en sueños, sino visiblemente, y con grandes clamores se quejaba de la violencia que tenía que padecer por su causa. Los hermanos, aunque oían su voz, no veían su figura. Pero el venerable abad contaba a sus discípulos cómo el antiguo enemigo se aparecía a sus ojos corporales horrible y envuelto en fuego y le amenazaba echando fuego por la boca y por los ojos. En efecto, todos oían lo que decía, porque primero le llamaba por su nombre, y como el hombre de Dios no le respondía nada, enseguida prorrumpía en ultrajes. Pues cuando gritaba: "¡Benito, Benito!", y veía que éste nada respondía, a continuación añadía: "

¡Maldito y no bendito! ¿Qué tienes contra mí? ¿Por qué me persigues?". Pero veamos ahora los nuevos embates del antiguo enemigo contra el siervo de Dios, a quien incitó presentándole batalla, pero, muy a pesar suyo, con ello no hizo más que proporcionarle ocasiones de nuevas victorias.

viernes, 8 de julio de 2016

Dialogos de San Gregorio. La vida de san Benito

PRÓLOGO


Hubo un hombre de vida venerable, por gracia y por nombre Benito, que desde su infancia tuvo cordura de anciano. En efecto, adelantándose por sus costumbres a la edad, no entregó su espíritu a placer sensual alguno, sino que estando aún en esta tierra y pudiendo gozar libremente de las cosas temporales, despreció el mundo con sus flores, cual si estuviera marchito.  Nació en el seno de una familia libre, en la región de Nursia, y fue enviado a Roma a cursar los estudios de las ciencias liberales. Pero al ver que muchos iban por los caminos escabrosos del vicio, retiró su pie, que apenas había pisado el umbral del mundo, temeroso de que por alcanzar algo del saber mundano, cayera también él en tan horrible precipicio.  Despreció, pues, el estudio de las letras y abandonó la casa y los bienes de su padre. Y deseando agradar únicamente a Dios, buscó el hábito de la vida monástica.

Retiróse, pues, sabiamente ignorante y prudentemente indocto.  No conozco todos los hechos de su vida, pero los que voy a narrar aquí los sé por referencias de cuatro de sus discípulos, a saber: Constantino, varón venerabilísimo, que le sucedió en el gobierno del monasterio; Valentiniano, que gobernó durante muchos años el monasterio de Letrán; Simplicio, que fue el tercer superior de su comunidad, después de él; y Honorato, que todavía hoy gobierna el cenobio donde vivió primero. 

jueves, 7 de julio de 2016

San Willibaldo


Willibaldo (Wessex, Inglaterra, ca. 700 - Eichstätt, Baviera, ca. 786) fue un obispo anglosajón de Eichstätt (Baviera). Nació en Wessex (hoy, Inglaterra) y era hijo de San Ricardo el Peregrino, hermano de los santos Wunibaldo y Walburga y primo de Bonifacio de Maguncia. A los cinco años entró en la abadía benedictina de Waltham Forest para ser educado y se convirtiera en monje con el tiempo. En 722, marchó con su padre y su hermano a Roma. Su padre murió en el camino.

Continuó el viaje hasta Tierra Santa, y volivendo a Italia, pasó por Constantinopla, donde estuvo dos años. Ya a Italia, vivió en un monasterio de Montecassino, casa madre de los benedictinos, donde fue sacristán, y contribuyó a su restauración, que había comenzado Petronax poco antes.


En Roma, el papa Gregorio III le envió a tierras alemanas para que ayudara a su primo Bonifacio en la evangelización. Bonifacio le envió a Eichstätt, donde Willibaldo comenzó a predicar, y hacia el 741 fue consagrado obispo en Turingia. Con Winebaldo, en 742 fundó la abadía mixta de Heidenheim, y se decidió que Wunibaldo se quedara como abad. Al morir, se nombró a su hermana Walburga abadesa. Willibaldo murió el 786, muy mayor y fue enterrado en la catedral de Eichstätt. León VII lo canonizó en 935.

miércoles, 6 de julio de 2016

Abba Sisoes

Abba Sisoes. Monasterio de Meteora

El Martirologio romano nos recuerda hoy la figura de monje lejano y desconocido, san Sisoes, que practicó la vida monástica en Egipto a la estela del gran san Antonio el Grande, muriendo el año 429. 

San Sisoes era egipcio de nacimiento. Después de retirarse del mundo desde su juventud, fue al desierto de Escitia, y vivió algún tiempo bajo la dirección del abad Hor. El deseo de encontrar un refugio aún menos frecuentado le indujo a cruzar el Nilo y esconderse en la montaña donde San Antonio murió algún tiempo antes.

Extremadamente estricto consigo mismo, Abba Sisoes era muy misericordioso y compasivo con los demás, recibiendo a todos con amor. La fama de su santidad se hizo tan ilustre como para merecer la plena confianza de todos los solitarios vecinos. Algunos incluso llegaron desde una gran distancia para ser guiados en los caminos interiores de la perfección.

Abba Sisoes siempre enseñó la humildad como la virtud más necesaria. Cuando uno de los monjes le preguntó cómo podía alcanzar un constante recuerdo de Dios, Sisoes comentó: "Eso no es una gran cosa, hijo mío, pero es una gran cosa considerarse a sí mismo como inferior a todos los demás. Esto lleva a la adquisición de la humildad ". Mientras que él nunca perdió de vista la presencia divina, tuvo siempre la conciencia de su propia nada y miseria. Cuando los monjes le preguntaron si un año es suficiente para el arrepentimiento cuando un hermano peca, Abba Sisoes dijo, "Yo confío en la misericordia de Dios, que si un hombre se arrepiente como con todo su corazón, entonces Dios aceptará su arrepentimiento en tres días."

A menudo pasaba dos días sin comer, y estaba tan absorto en Dios, que se olvidó de su comida, por lo que era necesario que su discípulo Abraham le recordara que ya era hora de romper su ayuno. Su oración era tan ferviente que a menudo entraba en éxtasis con el corazón inflamado en amor divino. Según su doctrina, un solitario no debe elegir el trabajo manual que le resulte más agradable. Su trabajo ordinario consistía en hacer cestas.

Su celo contra el vicio era sin amargura; y cuando sus monjes cometían faltas, lejos de enfadarse y reprenderlos, les ayudaba a levantarse de nuevo con una ternura verdaderamente paternal.

Algunos arrianos tuvieron el descaro de inducirle a la herejía ante sus discípulos. El santo, en lugar de una respuesta, mandó leer a uno de los monjes el tratado de san Atanasio contra el arrianismo. Luego los despidió con su buen humor habitual.

El santo dijo una vez, "llevo treinta años rezando todos los días para que mi Señor Jesús me guarde de decir una palabra ociosa, y sin embargo, siempre estoy con recaídas." Fue singularmente observante de los tiempos de retiro y el silencio, y tuvo su celda constantemente cerrada para evitar molestias.

Cuando Sisoes yacía en su lecho de muerte, los discípulos que rodeaban al anciano vieron que su rostro se puso brillante como el sol. Preguntaron al moribundo qué veía. Abba Sisoes respondió contemplaba a san Antonio, a  los Profetas y a los Apóstoles. Creció el brillo de su rostro y hablaba con alguien. Los monjes le preguntaron: "¿Con quién estás hablando, padre?"  Él dijo que los ángeles habían venido a buscar su alma, y les suplicaba que le dieran un poco más de tiempo para arrepentirse. Los monjes dijeron: "Usted no tiene necesidad de arrepentimiento, Padre", a lo que respondió Sisoes con gran humildad: "No creo que ni siquiera haya empezado a arrepentirme."

Después de estas palabras, el rostro del santo brillaba tanto que los hermanos no eran capaces de mirar sobre él. Sisoes les dijo que vio al Señor mismo. Luego hubo un destello como un relámpago, y un olor fragante, y Abba Sisoes partió al Reino Celestial.