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miércoles, 1 de febrero de 2017
miércoles, 6 de julio de 2016
Abba Sisoes
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| Abba Sisoes. Monasterio de Meteora |
El Martirologio romano nos recuerda hoy la figura de monje lejano y desconocido, san Sisoes, que practicó la vida monástica en Egipto a la estela del gran san Antonio el Grande, muriendo el año 429.
San Sisoes era egipcio de nacimiento. Después de retirarse del mundo desde su juventud, fue al desierto de Escitia, y vivió algún tiempo bajo la dirección del abad Hor. El deseo de encontrar un refugio aún menos frecuentado le indujo a cruzar el Nilo y esconderse en la montaña donde San Antonio murió algún tiempo antes.
Extremadamente estricto consigo mismo, Abba Sisoes era muy misericordioso y compasivo con los demás, recibiendo a todos con amor. La fama de su santidad se hizo tan ilustre como para merecer la plena confianza de todos los solitarios vecinos. Algunos incluso llegaron desde una gran distancia para ser guiados en los caminos interiores de la perfección.
Abba Sisoes siempre enseñó la humildad como la virtud más necesaria. Cuando uno de los monjes le preguntó cómo podía alcanzar un constante recuerdo de Dios, Sisoes comentó: "Eso no es una gran cosa, hijo mío, pero es una gran cosa considerarse a sí mismo como inferior a todos los demás. Esto lleva a la adquisición de la humildad ". Mientras que él nunca perdió de vista la presencia divina, tuvo siempre la conciencia de su propia nada y miseria. Cuando los monjes le preguntaron si un año es suficiente para el arrepentimiento cuando un hermano peca, Abba Sisoes dijo, "Yo confío en la misericordia de Dios, que si un hombre se arrepiente como con todo su corazón, entonces Dios aceptará su arrepentimiento en tres días."
A menudo pasaba dos días sin comer, y estaba tan absorto en Dios, que se olvidó de su comida, por lo que era necesario que su discípulo Abraham le recordara que ya era hora de romper su ayuno. Su oración era tan ferviente que a menudo entraba en éxtasis con el corazón inflamado en amor divino. Según su doctrina, un solitario no debe elegir el trabajo manual que le resulte más agradable. Su trabajo ordinario consistía en hacer cestas.
Su celo contra el vicio era sin amargura; y cuando sus monjes cometían faltas, lejos de enfadarse y reprenderlos, les ayudaba a levantarse de nuevo con una ternura verdaderamente paternal.
Algunos arrianos tuvieron el descaro de inducirle a la herejía ante sus discípulos. El santo, en lugar de una respuesta, mandó leer a uno de los monjes el tratado de san Atanasio contra el arrianismo. Luego los despidió con su buen humor habitual.
El santo dijo una vez, "llevo treinta años rezando todos los días para que mi Señor Jesús me guarde de decir una palabra ociosa, y sin embargo, siempre estoy con recaídas." Fue singularmente observante de los tiempos de retiro y el silencio, y tuvo su celda constantemente cerrada para evitar molestias.
Cuando Sisoes yacía en su lecho de muerte, los discípulos que rodeaban al anciano vieron que su rostro se puso brillante como el sol. Preguntaron al moribundo qué veía. Abba Sisoes respondió contemplaba a san Antonio, a los Profetas y a los Apóstoles. Creció el brillo de su rostro y hablaba con alguien. Los monjes le preguntaron: "¿Con quién estás hablando, padre?" Él dijo que los ángeles habían venido a buscar su alma, y les suplicaba que le dieran un poco más de tiempo para arrepentirse. Los monjes dijeron: "Usted no tiene necesidad de arrepentimiento, Padre", a lo que respondió Sisoes con gran humildad: "No creo que ni siquiera haya empezado a arrepentirme."
Después de estas palabras, el rostro del santo brillaba tanto que los hermanos no eran capaces de mirar sobre él. Sisoes les dijo que vio al Señor mismo. Luego hubo un destello como un relámpago, y un olor fragante, y Abba Sisoes partió al Reino Celestial.
lunes, 19 de enero de 2015
San Macario Alejandrino y san Macario el Grande de Egipto
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| San Macario junto al Querubín |
4. Conmemoración de san Macario el Grande, presbítero y abad del monasterio de Scete, en Egipto, que, considerándose muerto al mundo, vivía sólo para Dios, enseñándolo así a sus monjes (c. 390).
5. Conmemoración de san Macario, llamado Alejandrino, presbítero y abad en las montañas de Scete, en Egipto (s. V).
El anuncio del Martirologio romano nos conduce hoy a Egipto, cuna del movimiento monástico cristiano. Recordamos a dos reconocidos monjes contemporáneos de Nitria durante el S. IV:
Macario el Alejandrino
También llamado ho politikos ya sea en referencia a su ciudad de nacimiento a sus maneras refinadas; murio alrededor de 405. Fue un contemporáneo joven de Macario el Egipcio, pero no hay razón para confundirlo o identificarlo con su homónimo mayor. Más que cualquier eremita de la época, él ejemplificó el espíritu de emulación característico de esta etapa del monaquismo. Nadie lo superaba en austeridad. Paladio asegura que si alguna vez escuchaba de alguien realizando alguna forma d ascetismo, se encendía en deseos de hacer lo mismo. Porque los monjes de Tabenisi rechazaban alimentos cocidos durante la Cuaresma, él se abstuvo por siete años. En una ocasión, en expiación de una falta, se recostó durante seis meses en una colmena, expuesto a los ataques de los insectos africanos, cuya picadura puede vencer la resistencia incluso de un jabalí. Cuando regresó donde sus compañeros, estaba tan desfigurado que sólo pudo ser reconocido por su voz. Se le adjudica la redacción de una regla para monjes, por su autoría es negada en la actualidad.
Macario el Egipcio (o "Macario el viejo")
Uno de los más famosos solitarios del cristianismo primitivo, nacido alrededor de 300; murió el 390. Fue discípulo de San Antonio y fundador de una comunidad monástica en el desierto de Escete. A través de la influencia de San Antonio abandonó el mundo a los 30 años, y diez años después fue ordenado sacerdote. La fama de su santidad atrajo a muchos seguidores, y su establecimiento monástico al momento de su muerte tenía miles de habitantes. La comunidad, que tomó por residencia los desiertos de Nitria y de Escete, era de tipo semi eremítico. Los monjes no estaban ligados por ninguna regla fija; sus celdas estaban cerca unas de otras, y se reunían para el culto divino sólo los sábados y domingos. El principio que los mantenía juntos era el de mutua ayuda, y la autoridad de los mayores era reconocida no como la de los superiores monásticos en el sentido estricto de la palabra, sino como guías y modelos de perfección. En una comunidad donde sus miembros se esforzaban por destacar en mortificación y renuncia, la preeminencia de Macario era generalmente reconocida. Diversos monasterio en el desierto Libio todavía llevan el nombre de Macario. Cincuenta homilías han sido preservadas con su nombre, pero éstas y la "Epístola a los Monjes", junto a otras piezas dudosas, no pueden ser adjudicadas a él con absoluta certeza.
domingo, 18 de enero de 2015
Monasterio de San Antonio en Egipto
Documental inglés, que nos muestra el Monasterio de San Antonio en Egipto, especialmente el lugar en el que se supone que se encuentra la tumba en la que fue enterrado originariamente el santo.
sábado, 10 de enero de 2015
San Pablo el Ermitaño, según san Joerónimo
Nos recuerda hoy el Martirologio romano la santidad de san Pablo, el primer ermitaño. Pablo de Tebas fue un eremita egipcio nacido aproximadamente hacia el año 228 en la región de Tebaida, junto al río Nilo y fallecido en el año 342. Fue objeto de una hagiografía compuesta por san Jerónimo llamada Vita Sancti Pauli primi eremitae, y escrita durante la segunda mitad del siglo IV. Según este texto Pablo era egipcio de una familia rica y habría recibido una excelente educación, cultivada en el estudio de la cultura egipcia y el idioma griego. Dejó todo para irse al desierto, tras ser denunciado por ser cristiano por algunos familiares que querían apoderarse de su patrimonio, durante la persecución del emperador romano Decio. De acuerdo con la narración de Jerónimo, Pablo no volvió a la ciudad y pasó el resto de su vida en el desierto y se alimentaba del pan que le traía un cuervo. Al final de su vida recibió la visita de Antonio Abad a quien pidió ser sepultado con la túnica que éste último había recibido del obispo Atanasio en una fosa excavada, siempre según los relatos de Jerónimo, por un par de leones. He aquí el relato de la muerte de Pablo, según san Jerónimo:
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| Matías Pretti - San Pablo Ermitaño |
14. Pablo sube al cielo. Dicho esto, salió afuera sin comer ni un solo bocado y volvió por el camino que lo había traído. Tenía sed de su amigo Pablo, anhelaba verlo, contemplarlo con sus ojos y su mente estaba arrobada en él. Temía lo que en realidad sucedió: que en su ausencia entregase su alma a Cristo, a quien se la debía. Cuando ya amanecía otro día y todavía le faltaban tres horas, vio subir a Pablo entre la multitud de los ángeles y entre los coros de los Profetas y Apóstoles, resplandeciendo con una blancura de nieve y, cayendo luego sobre su rostro, echaba arena sobre su cabeza y decía llorando amargamente: “¿Por qué Pablo me abandonas? ¿Por qué te vas sin despedirte? ¡Tarde te conocí, y te vas tan pronto!”.
15. La muerte lo encontró de rodillas. El bienaventurado Antonio contó más tarde que el resto del camino lo había andado tan ligero, que parecía volar como un pájaro y no sin razón: al entrar en la cueva vio al Santo hincado de rodillas, la frente alzada y las manos extendidas al cielo, exánime. Como en un primer momento le pareció que aún vivía y rezaba, se puso también él a orar. Mas después, al no percibir ningún suspiro como solía cuando rezaba, le besó con lágrimas y entendió que aun muerto el cuerpo del Santo con el gesto y su postura oraba a Dios, para quien todas las cosas viven.
16. Dos leones sepultureros. Antonio envolvió el cuerpo, lo sacó fuera de la cueva y cantó himnos y salmos, según la costumbre cristiana. Pero luego se entristeció al ver que no tenía azadón para cavar la tierra. Muchos pensamientos le pasaban por la mente y dando mil vueltas decía para sus adentros: “Si vuelvo al monasterio, hay cuatro días de camino; y si me quedo aquí, tampoco aprovecho nada. ¡Muera entonces, oh Cristo, junto a tu luchador, como es justo, dando mi último suspiro!”. Estaba pensando esta cosas cuando de pronto aparecieron dos leones, que surgieron a toda carrera desde lo más oculto del desierto, con sus melenas al viento. Al primer instante quedó horrorizado, mas enseguida, levantando su corazón a Dios, perdió todo miedo, como si viera palomas. Los leones vinieron derecho a donde yacía el cuerpo del bienaventurado anciano y allí se frenaron, y acariciándolo con sus colas, se echaron a sus pies rugiendo con intensos gemidos, de tal suerte que comprendía que lloraban de la manera que podían. Y luego, allí cerca, comenzaron
a cavar la tierra con su garras, y sacando arena en cantidad, abrieron un hoyo capaz de alojar a un hombre. Al terminar, como pidiendo su galardón por el trabajo, moviendo las orejas y con la cabeza gacha, se fueron hacia Antonio y le lamían las manos y los pies. Por lo cual él entendió que le pedían la bendición. Y sin demora, alabando a Jesucristo por ver que aun los animales mudos le reconocían por Dios, dijo estas palabras: “Señor, sin cuyo consentimiento no cae ni una hoja de un árbol ni un pichón a tierra: ¡da a estos animales lo que veas que les conviene!” Y haciéndoles una señal con la mano les mandó que se fuesen.
Habiéndose ido los leones, cargó sobre sus hombros seniles el peso del cuerpo del Santo y poniéndole en la tumba echó tierra encima y levantó un montículo como se acostumbra. Al otro día, el piadoso heredero para no perder nada de los bienes del que había muerto sin testamento, tomó para sí la túnica que Pablo mismo había tejido para su uso con hojas de palma a manera de un cesto, y con esta prenda retornó a su monasterio, y contó a sus discípulos, por orden, todo lo que había pasado. Y en las fiestas solemnes de Pascua y Pentecostés siempre vestía la túnica de Pablo.
domingo, 6 de julio de 2014
Abba Sisoes
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| Abba Sisoes. Monasterio de Meteora |
El Martirologio romano nos recuerda hoy la figura de monje lejano y desconocido, san Sisoes, que practicó la vida monástica en Egipto a la estela del gran san Antonio el Grande, muriendo el año 429.
San Sisoes era egipcio de nacimiento. Después de retirarse del mundo desde su juventud, fue al desierto de Escitia, y vivió algún tiempo bajo la dirección del abad Hor. El deseo de encontrar un refugio aún menos frecuentado le indujo a cruzar el Nilo y esconderse en la montaña donde San Antonio murió algún tiempo antes.
Extremadamente estricto consigo mismo, Abba Sisoes era muy misericordioso y compasivo con los demás, recibiendo a todos con amor. La fama de su santidad se hizo tan ilustre como para merecer la plena confianza de todos los solitarios vecinos. Algunos incluso llegaron desde una gran distancia para ser guiados en los caminos interiores de la perfección.
Abba Sisoes siempre enseñó la humildad como la virtud más necesaria. Cuando uno de los monjes le preguntó cómo podía alcanzar un constante recuerdo de Dios, Sisoes comentó: "Eso no es una gran cosa, hijo mío, pero es una gran cosa considerarse a sí mismo como inferior a todos los demás. Esto lleva a la adquisición de la humildad ". Mientras que él nunca perdió de vista la presencia divina, tuvo siempre la conciencia de su propia nada y miseria. Cuando los monjes le preguntaron si un año es suficiente para el arrepentimiento cuando un hermano peca, Abba Sisoes dijo, "Yo confío en la misericordia de Dios, que si un hombre se arrepiente como con todo su corazón, entonces Dios aceptará su arrepentimiento en tres días."
A menudo pasaba dos días sin comer, y estaba tan absorto en Dios, que se olvidó de su comida, por lo que era necesario que su discípulo Abraham le recordara que ya era hora de romper su ayuno. Su oración era tan ferviente que a menudo entraba en éxtasis con el corazón inflamado en amor divino. Según su doctrina, un solitario no debe elegir el trabajo manual que le resulte más agradable. Su trabajo ordinario consistía en hacer cestas.
Su celo contra el vicio era sin amargura; y cuando sus monjes cometían faltas, lejos de enfadarse y reprenderlos, les ayudaba a levantarse de nuevo con una ternura verdaderamente paternal.
Algunos arrianos tuvieron el descaro de inducirle a la herejía ante sus discípulos. El santo, en lugar de una respuesta, mandó leer a uno de los monjes el tratado de san Atanasio contra el arrianismo. Luego los despidió con su buen humor habitual.
El santo dijo una vez, "llevo treinta años rezando todos los días para que mi Señor Jesús me guarde de decir una palabra ociosa, y sin embargo, siempre estoy con recaídas." Fue singularmente observante de los tiempos de retiro y el silencio, y tuvo su celda constantemente cerrada para evitar molestias.
Cuando Sisoes yacía en su lecho de muerte, los discípulos que rodeaban al anciano vieron que su rostro se puso brillante como el sol. Preguntaron al moribundo qué veía. Abba Sisoes respondió contemplaba a san Antonio, a los Profetas y a los Apóstoles. Creció el brillo de su rostro y hablaba con alguien. Los monjes le preguntaron: "¿Con quién estás hablando, padre?" Él dijo que los ángeles habían venido a buscar su alma, y les suplicaba que le dieran un poco más de tiempo para arrepentirse. Los monjes dijeron: "Usted no tiene necesidad de arrepentimiento, Padre", a lo que respondió Sisoes con gran humildad: "No creo que ni siquiera haya empezado a arrepentirme."
Después de estas palabras, el rostro del santo brillaba tanto que los hermanos no eran capaces de mirar sobre él. Sisoes les dijo que vio al Señor mismo. Luego hubo un destello como un relámpago, y un olor fragante, y Abba Sisoes partió al Reino Celestial.
jueves, 12 de junio de 2014
Capítulos 2 y 3 de la Vida de San Onofre, escrita por san Pafnucio
Mientras estaba descansando fatigosamente, y pensando de cómo había luchado por llegar a donde estaba, vi a la distancia a un hombre terrible de contemplar. Estaba cubierto en todas partes por pelos como una bestia salvaje. Su pelo era tan espeso que ocultaba su cuerpo en casi su totalidad. Su única ropa era un taparrabo de hojas e hierbas. La visión de él me llenó de temor, ya sea por el miedo o el asombro, no estaba muy seguro. Nunca antes había puesto mis ojos en tal extraordinaria visión de una forma humana. No supe qué hacer, pero cuando valoré mi vida tomé refugio, y trepé apresuradamente hasta arriba de la cara de un despeñadero cercano. Temblando me escondí bajo algunas plantas frondosas y gruesas, respirando agitadamente. La edad y la abstinencia se habían convertido casi en la muerte para mí. El hombre me vio sobre el despeñadero y me gritó con voz fuerte:
- Baja de la ladera, hombre de Dios. No tengas miedo. Soy sólo un débil hombre mortal como tú.
Tranquilizado por estas palabras recuperé mi inteligencia y bajé, y fui hasta el santo, dubitativamente postrándome a sus pies.
- Levántate, levántate, - dijo- . No debes arrodillarse ante mí. Tú también eres un siervo de Dios y tu nombre es Pafnucio, amado por los Santos.
Me levanté inmediatamente, y aunque estaba muy cansado fue con gran júbilo que me senté frente a él, con un deseo agudo de saber quién era, y qué tipo de vida ha vivido.
- Dios que me ha guiado a través del desierto ha cumplido el deseo de mi corazón, -dije-. Mis miembros y articulaciones, que se estaban desintegrando, casi empiezan ya a sentirse renovadas. Pero mi mente todavía tiene sed de iluminación. Dime señor, de todo corazón te lo ruego, te lo suplico en nombre de aquél por cuyo amor habitas estos desiertos: cuándo viniste, cuál es tu nombre, cuánto tiempo has estado aquí. Te ruego, me lo digas claramente.
Él obviamente podía ver como quise saber del objetivo de su vida, y me dio su respuesta.
- Puedo ver cuán seriamente deseas estar al tanto de las tribulaciones de mi larga vida, hermano amado. No tengas miedo alguno, te diré todo desde el principio. Me llamo Onofre, un pecador indigno, y he estado llevando mi vida laboriosa en este desierto durante casi setenta años. Tengo las bestias salvajes como compañía, mi comida regular es fruta e hierbas, coloco mi cuerpo miserable para dormir en laderas, en cuevas, y en valles. Durante todos estos años no he visto a nadie excepto a ti, y no he recibido comida de ningún ser humano.
Fui criado en el monasterio de Hermopolis en la Tebaida, donde había aproximadamente cien monjes. Su vida era tal, que vivieron equitativamente entre ellos, en la voluntad y en la escritura. Eran de un solo corazón y un solo espíritu, inclinando sus cabezas bajo el yugo y la disciplina de una regla sagrada, despreocupados por los altibajos de la vida en el mundo entero. Lo que complació a uno complacía a todos. Siguieron a Dios con mente sagrada, fe pura, y perfecta caridad. Noche y día, nunca dejaron de servirlo con la mansedumbre y paciencia. Tenían tal afición al silencio, como parte de su abstinencia, que nadie desafiaba decir una palabra, excepto para hacer alguna pregunta necesaria o dar una respuesta apropiada. Allí, también recibí la doctrina sagrada en mi juventud, y aprendí de los hermanos, el modelo de una vida regular. Estaba seguro del amor que tenían por mí, y me enseñaron cómo debo desempeñar los mandamientos de Dios.
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