Mostrando entradas con la etiqueta san Jerónimo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta san Jerónimo. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de septiembre de 2017

Benedicto XVI. La vocación de san Jerónimo

Murillo - San Jerónimo

San Jerónimo nació en Estridón en torno al año 347, en una familia cristiana, que le dio una esmerada formación, enviándolo incluso a Roma para que perfeccionara sus estudios. Siendo joven sintió el atractivo de la vida mundana, pero prevaleció en él el deseo y el interés por la religión cristiana. Tras recibir el bautismo, hacia el año 366,  se  orientó  hacia la vida ascética y, al  trasladarse  a Aquileya, se integró en un grupo de cristianos fervorosos, definido por él casi "un coro de bienaventurados"  reunido en torno al obispo Valeriano.

Después partió para Oriente y vivió como eremita en el desierto de Calcis, al sur de Alepo, dedicándose seriamente a los estudios. Perfeccionó su conocimiento del griego, comenzó el estudio del hebreo, trascribió códices y obras patrísticas. La meditación, la soledad, el contacto con la palabra de Dios hicieron madurar su sensibilidad cristiana.

Sintió de una manera más aguda el peso de su pasado juvenil, y experimentó profundamente el contraste entre la mentalidad pagana y la vida cristiana:  un contraste que se hizo famoso a causa de la dramática e intensa "visión" que nos narró. En ella le pareció que era flagelado en presencia de Dios, por ser "ciceroniano y no cristiano".

En el año 382 se trasladó a Roma. Aquí el Papa san Dámaso, conociendo su fama de asceta y su competencia de estudioso, lo tomó como secretario y consejero; lo alentó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales.

Algunas personas de la aristocracia romana, sobre todo mujeres nobles como Paula, Marcela, Asela, Lea y otras, que deseaban comprometerse en el camino de la perfección cristiana y profundizar en su conocimiento de la palabra de Dios, lo escogieron como su guía espiritual y maestro en el método de leer los textos sagrados. Estas mujeres nobles también aprendieron griego y hebreo.

Después de la muerte del Papa san Dámaso, en el año 385 san Jerónimo dejó Roma y emprendió una peregrinación, primero a Tierra Santa, testigo silenciosa de la vida terrena de Cristo, y después a Egipto, tierra elegida por muchos monjes.

En el año 386 se detuvo en Belén, donde, gracias a la generosidad de una mujer noble, Paula, se construyeron un monasterio masculino, uno femenino, y una hospedería para los peregrinos que llegaban a Tierra Santa, "pensando en que María y José no habían encontrado un lugar donde alojarse". En Belén, donde se quedó hasta su muerte, siguió desarrollando una intensa actividad:  comentó la palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor  a varias herejías; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes alumnos; acogió con espíritu pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre del año 419/420.

Benedicto XVI
Audiencia General. Miércoles 7 de noviembre de 2007

jueves, 28 de septiembre de 2017

Santa Eustoquio

Zurbarán. San Jerónimo con las santas Paula y Eustoquio

Celebramos hoy la memoria de santa Eustoquio, una ilustre mujer vinculada a la figura de san Jerónimo. El matrimonio entre Paula y el senador romano Toxocio tuvo cuatro hijas: Blasila, Paulina, Eustoquio y Rufina, y un hijo, Toxocio. Eustoquio, la tercera de las cuatro hijas, a la muerte de su padre en el 380 vivió en Roma llevando una austera vida a imagen de los apotegmas de los Padres del Desierto.

Cuando Jerónimo de Estridón llegó a Roma desde Palestina en el 382, ​​tanto ella como su madre se pusieron bajo su guía espiritual. Su tío Hymettio, con su esposa Praetextata trataron de persuadir a la joven Eustoquio para que renunciara a su vida austera y disfrutara de los placeres del mundo, pero todos sus intentos fueron inútiles. Alrededor del año 384 hizo voto de castidad, ocasión en que San Jerónimo le dirigió su famosa carta De custodia virginitatis. Un año más tarde, San Jerónimo volvió a Palestina y poco después fue seguido por Paula y Eustoquio.

En el año 386, acompañaron a Jerónimo en su viaje a Egipto, donde visitó a los eremitas del desierto de Nitria con el fin de estudiar y después imitar su modo de vida. En el otoño de ese mismo año regresaron a Palestina y se establecieron definitivamente en Belén. Paula y Eustoquio en seguida erigieron cuatro monasterios y un hospital cerca del lugar donde nació Cristo. Mientras que los monasterios se encontraba en construcción durante los años 386-389 vivieron en una pequeña casa en los alrededores.

Uno de los monasterios fue ocupado por monjes, bajo la dirección de San Jerónimo. Los otros tres fueron dirigidos por Eustoquio su madre, acogiendo a numerosas vírgenes que acudieron a sus llamadas. Los tres conventos, bajo la supervisión de Paula, sólo tenían un oratorio, donde las monjas se reunían varias veces al día para la oración y la Liturgia de las Horas.

Jerónimo testifica que tanto Eustoquio como Paula prestaron los servicios más humildes. Pasaron gran parte de su tiempo estudiando las Sagradas Escrituras bajo la dirección de San Jerónimo. Eustoquio hablaba latín y griego clásico con la misma facilidad con que era capaz de leer las Sagradas Escrituras en hebreo. Muchos de los comentarios bíblicos de San Jerónimo fueron escritos bajo su influencia y a ella la dedicó sus comentarios sobre los profetas Isaías y Ezequiel, así como numerosas cartas para su instrucción espiritual.​

Después de la muerte de Paula en el 404, Eustoquio asumió la dirección de los conventos de Belén, a pesar de las grandes dificultades del momento, tanto materiales como espirituales que debía afrontar. Jerónimo le fue de gran ayuda por su prudente aliento y consejo.

En el 417, se sucedieron una serie de desgracias sobre los monasterios de Belén, que serían objeto de pillaje, siendo uno de ellos, además, destruido por el fuego, además de maltratar y matar a algunas monjas. Estos hechos fueron promovidos por Juan II, patriarca de Jerusalén y los pelagianos contra los que Jerónimo había escrito, en medio de una fuerte polémica. Tanto San Jerónimo como Eustoquio informaron el Papa Inocencio I, que reprendió severamente al patriarca por haber permitido tal ultraje. Eustoquio murió poco después y fue sucedida en la supervisión de los conventos por su sobrina, la joven Paula, prima de santa Melania la Joven.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

San Jerónimo. Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo


Cumplo con mi deber obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Estudiad las Escrituras, y también: Buscad, y encontraréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.

Por esto, quiero imitar al padre de familia que del arca va sacando lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. El, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.

Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.

¿Para qué voy a hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal. El mismo libro contiene unas palabras que atestiguan su carácter misterioso y profundo: Cualquier visión se os volverá —dice— como el texto de un libro sellado: se lo dan a uno que sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto», Y él responde: «No puedo, porque está sellado». Y se lo dan a uno que no sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto». Y él responde: «No sé leer».

Y si a alguno le parece débil esta argumentación, que oiga lo que dice el Apóstol: De los profetas, que prediquen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso que otro, mientras está sentado, recibiera una revelación, que se calle el de antes. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Abbá! (Padre)», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.

San Jerónimo
Prólogo al Comentario sobre el libro del profeta Isaías (1.2: CCL 73, 1-3)

sábado, 10 de enero de 2015

San Pablo el Ermitaño, según san Joerónimo


Nos recuerda hoy el Martirologio romano la santidad de san Pablo, el primer ermitaño. Pablo de Tebas fue un eremita egipcio nacido aproximadamente hacia el año 228 en la región de Tebaida, junto al río Nilo y fallecido en el año 342. Fue objeto de una hagiografía compuesta por san Jerónimo llamada Vita Sancti Pauli primi eremitae, y escrita durante la segunda mitad del siglo IV. Según este texto Pablo era egipcio de una familia rica y habría recibido una excelente educación, cultivada en el estudio de la cultura egipcia y el idioma griego. Dejó todo para irse al desierto, tras ser denunciado por ser cristiano por algunos familiares que querían apoderarse de su patrimonio, durante la persecución del emperador romano Decio. De acuerdo con la narración de Jerónimo, Pablo no volvió a la ciudad y pasó el resto de su vida en el desierto y se alimentaba del pan que le traía un cuervo. Al final de su vida recibió la visita de Antonio Abad a quien pidió ser sepultado con la túnica que éste último había recibido del obispo Atanasio en una fosa excavada, siempre según los relatos de Jerónimo, por un par de leones. He aquí el relato de la muerte de Pablo, según san Jerónimo: 

Matías Pretti - San Pablo Ermitaño

14. Pablo sube al cielo. Dicho esto, salió afuera sin comer ni un solo bocado y volvió por el camino que lo había traído. Tenía sed de su amigo Pablo, anhelaba verlo, contemplarlo con sus ojos y su mente estaba arrobada en él. Temía lo que en realidad sucedió: que en su ausencia entregase su alma a Cristo, a quien se la debía. Cuando ya amanecía otro día y todavía le faltaban tres horas, vio subir a Pablo entre la multitud de los ángeles y entre los coros de los Profetas y Apóstoles, resplandeciendo con una blancura de nieve y, cayendo luego sobre su rostro, echaba arena sobre su cabeza y decía llorando amargamente: “¿Por qué Pablo me abandonas? ¿Por qué te vas sin despedirte? ¡Tarde te conocí, y te vas tan pronto!”.

15. La muerte lo encontró de rodillas. El bienaventurado Antonio contó más tarde que el resto del camino lo había andado tan ligero, que parecía volar como un pájaro y no sin razón: al entrar en la cueva vio al Santo hincado de rodillas, la frente alzada y las manos extendidas al cielo, exánime. Como en un primer momento le pareció que aún vivía y rezaba, se puso también él a orar. Mas después, al no percibir ningún suspiro como solía cuando rezaba, le besó con lágrimas y entendió que aun muerto el cuerpo del Santo con el gesto y su postura oraba a Dios, para quien todas las cosas viven.

16. Dos leones sepultureros. Antonio envolvió el cuerpo, lo sacó fuera de la cueva y cantó himnos y salmos, según la costumbre cristiana. Pero luego se entristeció al ver que no tenía azadón para cavar la tierra. Muchos pensamientos le pasaban por la mente y dando mil vueltas decía para sus adentros: “Si vuelvo al monasterio, hay cuatro días de camino; y si me quedo aquí, tampoco aprovecho nada. ¡Muera entonces, oh Cristo, junto a tu luchador, como es justo, dando mi último suspiro!”. Estaba pensando esta cosas cuando de pronto aparecieron dos leones, que surgieron a toda carrera desde lo más oculto del desierto, con sus melenas al viento. Al primer instante quedó horrorizado, mas enseguida, levantando su corazón a Dios, perdió todo miedo, como si viera palomas. Los leones vinieron derecho a donde yacía el cuerpo del bienaventurado anciano y allí se frenaron, y acariciándolo con sus colas, se echaron a sus pies rugiendo con intensos gemidos, de tal suerte que comprendía que lloraban de la manera que podían. Y luego, allí cerca, comenzaron
a cavar la tierra con su garras, y sacando arena en cantidad, abrieron un hoyo capaz de alojar a un hombre. Al terminar, como pidiendo su galardón por el trabajo, moviendo las orejas y con la cabeza gacha, se fueron hacia Antonio y le lamían las manos y los pies. Por lo cual él entendió que le pedían la bendición. Y sin demora, alabando a Jesucristo por ver que aun los animales mudos le reconocían por Dios, dijo estas palabras: “Señor, sin cuyo consentimiento no cae ni una hoja de un árbol ni un pichón a tierra: ¡da a estos animales lo que veas que les conviene!” Y haciéndoles una señal con la mano les mandó que se fuesen.


Habiéndose ido los leones, cargó sobre sus hombros seniles el peso del cuerpo del Santo y poniéndole en la tumba echó tierra encima y levantó un montículo como se acostumbra. Al otro día, el piadoso heredero para no perder nada de los bienes del que había muerto sin testamento, tomó para sí la túnica que Pablo mismo había tejido para su uso con hojas de palma a manera de un cesto, y con esta prenda retornó a su monasterio, y contó a sus discípulos, por orden, todo lo que había pasado. Y en las fiestas solemnes de Pascua y Pentecostés siempre vestía la túnica de Pablo.