sábado, 19 de enero de 2019

Una continua e ininterrumpida atmósfera de oración



El fin del monje y la más alta perfección del corazón tienden a establecerle en una continua e ininterrumpida atmósfera de oración. De esta suerte llega a poseer, en cuanto es posible a nuestra fragilidad humana, una tranquilidad inmóvil en la mente y una inviolable pureza de alma. Constituye éste un bien tan preciado, que tratamos de procurárnoslo al precio de un trabajo físico incansable y a trueque de una continua contrición de espíritu. Media una relación recíproca entre estas dos cosas que están inseparablemente unidas. Porque todo el edificio de las virtudes se levanta en orden a alcanzar la perfección de la oración. Y es que si la oración no mantiene este edificio y sostiene todas sus partes conjugándolas y uniéndolas entre sí, no podrá ser éste firme y sólido, sin subsistir por mucho tiempo. Esta tranquilidad estable y esta oración continua de que tratamos no pueden adquirirse sin estas virtudes; y estas virtudes, a su vez, que son como los cimientos, no pueden lograrse sin aquélla.

Juan Casiano
Conferencia IX sobre la Oración, 2

jueves, 17 de enero de 2019

San Antonio Abad y la conversión de san Agustín


Yo fui y me eché debajo de una higuera; no sé cómo ni en qué postura me puse, mas soltando las riendas a mi llanto, brotaron de mis ojos dos ríos de lágrimas, que Vos, Señor, recibisteis como sacrificio que es de vuestro agrado. También hablando con Vos decía muchas cosas entonces, no sé con qué palabras, que si bien eran diferentes de éstas, el sentido y concepto era lo mismo que si dijera: Y Vos, Señor, ¿hasta cuándo, hasta cuándo habéis de mostraros enojado? No os acordéis ya jamás de mis maldades antiguas.

Porque conociendo yo que mis pecados eran los que me tenían preso, decía a grito con lastimosas voces: ¿Hasta cuándo, hasta cuándo ha de durar el que yo diga, mañana y mañana?, pues ¿por qué no ha de ser desde luego y en este día?, ¿por qué no ha de ser en esta misma hora el poner fin a todas mis maldades?

Estaba yo diciendo esto y llorando con amarguísima contrición de mi corazón, cuando he aquí que de la casa inmediata oigo una voz como de un niño o niña, que cantaba y repetía muchas veces: Toma y lee, toma y lee. Yo, mudando de semblante, me puse luego al punto a considerar con particularísimo cuidado si por ventura los muchachos solían cantar aquello o cosa semejante en alguno de sus juegos; y de ningún modo se me ofreció que lo hubiese oído jamás. Así, reprimiendo el ímpetu de mis lágrimas, me levanté de aquel sitio, no pudiendo interpretar de otro modo aquella voz, sino como una orden del cielo, en que de parte de Dios se me mandaba que abriese el libro de las Epístolas de San Pablo y leyese el primer capítulo que casualmente se me presentase.

Giovanni di Nicola da Pisa - San Antonio Abad

Porque había oído contar del santo abad Antonio, que entrando por casualidad en la iglesia al tiempo que se leían aquellas palabras del Evangelio: Vete, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y después ven y síguemeél las había entendido como si hablaran con él determinadamente y, obedeciendo a aquel oráculo, se había convertido a Vos sin detención alguna. Yo, pues, a toda prisa volví al lugar donde estaba sentado Alipio, porque allí había dejado el libro del Apóstol cuando me levanté de aquel sitio. Tomé el libro, lo abrí y leí para mí aquel capítulo que primero se presentó a mis ojos, y eran estas palabras: No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo.

No quise leer más adelante, ni tampoco era menester, porque luego que acabé de leer esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas.

martes, 15 de enero de 2019

Santos Mauro y Plácido. Dos jóvenes de buenas esperanzas

Il Sodoma - San Benito recibe a Mauro y Plácido

Comenzaron por entonces a frecuentarle algunas personas nobles y religiosas de la ciudad de Roma, que le confiaron sus hijos para que los educara en el temor del Dios todopoderoso. Fue por aquellas fechas cuando Evicio y el patricio Tértulo le encomendaron sus hijos, Mauro y Plácido, dos jóvenes de buenas esperanzas. De éstos, Mauro, muy joven todavía pero dotado de buenas costumbres, comenzó a ser el colaborador del maestro; Plácido estaba todavía en la edad infantil.

Cierto día, mientras el venerable Benito estaba en su celda, el mencionado niño Plácido, monje del santo varón, salió a sacar agua del lago. Y al sumergir incautamente el cántaro que llevaba en el agua, cayó también él tras el cántaro. En seguida lo arrastró la corriente, alejándole casi un tiro de flecha de la orilla, lago adentro. El varón de Dios, aunque encerrado en su celda, tuvo noticia inmediata del hecho, y llamando al momento a Mauro le dijo: «Hermano Mauro, corre, que el niño que ha salido a sacar agua ha caído al lago, y la corriente lo arrastra ya muy lejos». Cosa admirable y nunca vista desde el apóstol Pedro: porque pedida y recibida la bendición, Mauro marchó presuroso y, creyendo caminar por tierra, corrió sobre las aguas hasta el lugar donde estaba el niño zarandeado por la corriente, y cogiéndolo por los cabellos regresó raudo a la orilla. Apenas tocó tierra firme, vuelto en sí y mirando hacia atrás, cayó en la cuenta de que había corrido sobre las aguas, y lo que nunca pensó poder hacer, admirado y tembloroso lo contempló como un hecho.

Vuelto donde el padre, le contó lo sucedido. Pero el venerable varón Benito empezó a atribuir el milagro no a sus méritos, sino a la obediencia del discípulo. Mauro, por el contrario, sostenía que el prodigio era obra exclusiva del mandato del padre y que él nada tenía que ver en aquel milagro que inconsciente había realizado. Pero en esta amistosa contienda de mutua humildad, intervino como árbitro el niño que había sido salvado, diciendo: «Al ser sacado yo de las aguas, veía sobre mi cabeza la melota del abad y me parecía que era él el que me sacaba de las aguas».

Pedro: —Portentosas son las cosas que narras y van a servir de edificación para muchos. De mí sé decir, que cuanto más bebo de los milagros de este santo varón, más sed de ellos siento.

San Gregorio Magno
Libros de los Diálogos (Lib 11, 3.7: PL 66, 140.146)

lunes, 14 de enero de 2019

Predicación de san Francisco

San Francisco
Monasterio Clarisas Castrojeriz

Entonces, San Francisco subió al púlpito y comenzó a predicar tan maravillosamente sobre el desprecio del mundo, la santa penitencia, la pobreza voluntaria, el deseo del reino celestial y sobre la desnudez y el oprobio de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, que todos cuantos estaban presentes al sermón, hombres y mujeres en gran muchedumbre, comenzaron a llorar fuertemente con increíble devoción. Y no sólo allí, sino en todo Asís, hubo aquel día tanto llanto por la pasión de Cristo, como jamás lo había habido.

Florecillas de San Francisco
Capítulo XXX