lunes, 30 de noviembre de 2015

Hemos encontrado al Mesías


Andrés, después de permanecer con Jesús y de aprender de él muchas cosas, no escondió el tesoro para sí solo, sino que corrió presuroso en busca de su hermano, para hacerle partícipe de su descubrimiento. Fíjate en lo que dice a su hermano: Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo. ¿Ves de qué manera manifiesta todo lo que había aprendido en tan breve espacio de tiempo? Pues, por una parte, manifiesta el poder del Maestro, que les ha convencido de esto mismo, y, por otra, el interés y la aplicación de los discípulos, quienes ya desde el principio se preocupaban de estas cosas. Son las palabras de un alma que desea ardientemente la venida del Señor, que espera al que vendrá del cielo, que exulta de gozo cuando se ha manifestado y que se apresura a comunicar a los demás tan excelsa noticia. Comunicarse mutuamente las cosas espirituales es señal de amor fraterno, de entrañable parentesco y de sincero afecto.

Pero advierte también, y ya desde el principio, la actitud dócil y sencilla de Pedro. Acude sin tardanza: Y lo llevó a Jesús, afirma el evangelio. Pero que nadie lo acuse de ligereza por aceptar el anuncio sin una detenida consideración. Lo más probable es que su hermano le contase más cosas detalladamente, pues los evangelistas resumen muchas veces los hechos, por razones de brevedad. Además, no afirma que Pedro creyera al momento, sino que lo llevó a Jesús, y a él se lo confió, para que del mismo Jesús aprendiera todas las cosas. Pues había también otro discípulo que tenía los mismos sentimientos.

Si Juan Bautista, cuando afirma: Éste es el Cordero, y: Bautiza con Espíritu Santo, deja que sea Cristo mismo quien exponga con mayor claridad estas verdades, mucho más hizo Andrés, quien, no juzgándose capaz para explicarlo todo, condujo a su hermano a la misma fuente de la luz, tan contento y presuroso, que su hermano no dudó ni un instante en acudir a ella.

San Juan Crisóstomo
Homilía 16 sobre el evangelio de san Juan (1: PG 59, 120-121)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Aguardamos al Salvador


Justo es, hermanos, que celebréis con toda devoción el Adviento del Señor, deleitados por tanta consolación, asombrados por tanta dignación, inflamados con tanta dilección. Pero no penséis únicamente en la primera venida, cuando el Señor viene a buscar y a salvar lo que estaba perdido, sino también en la segunda, cuando volverá y nos llevará consigo. ¡Ojalá hagáis objeto de vuestras continuas meditaciones estas dos venidas, rumiando en vuestros corazones cuánto nos dio en la primera y cuánto nos ha prometido en la segunda!

Ha llegado el momento, hermanos, de que el juicio empiece por la casa de Dios. ¿Cuál será el final de los que no han obedecido al evangelio de Dios? ¿Cuál será el juicio a que serán sometidos los que en este juicio no resucitan? Porque quienes se muestran reacios a dejarse juzgar por el juicio presente, en el que el jefe del mundo este es echado fuera, que esperen o, mejor, que teman al Juez quien, juntamente con su jefe, los arrojará también a ellos fuera. En cambio nosotros, si nos sometemos ya ahora a un justo juicio, aguardemos seguros un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Entonces los justos brillarán, de modo que puedan ver tanto los doctos como los indoctos: brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Cuando venga el Salvador transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, a condición sin embargo de que nuestro corazón esté previamente transformado y configurado a la humildad de su corazón. Por eso decía también: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Considera atentamente en estas palabras que existen dos tipos de humildad: la del conocimiento y la de la voluntad, llamada aquí humildad del corazón. Mediante la primera conocemos lo poco que somos, y la aprendemos por nosotros mismos y a través de nuestra propia debilidad; mediante la segunda pisoteamos la gloria del mundo, y la aprendemos de aquel que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo; que buscado para proclamarlo rey, huye; buscado para ser cubierto de ultrajes y condenado al ignominioso suplicio de la cruz, voluntariamente se ofreció a sí mismo.

San Bernardo de Claraval
Sermón 4 en el Adviento del Señor (1, 3-4: Opera omnia, edit. cister. 4, 1966, 182-185)

sábado, 28 de noviembre de 2015

Speculum Caritatis. Gracia y libertad

30.- Donde hay voluntad, allí hay libertad. Y, como ya hemos dicho, el libre albedrío parece constar de estos dos elementos: de la libertad de la voluntad y de la decisión de la razón.

La voluntad de cualquier parte puede sacar bienes para el hombre, aunque ni en los bienes ni en los males se pierda. Si esto es así, no se puede perder tampoco la libertad, ni la razón, ni la capacidad de juzgar.

¿Qué entonces? ¿Porque Dios es quien obra en nosotros el querer, perderemos por eso el querer? ¿O porque de Dios depende que usemos bien de la razón. acaso no usamos de la misma? ¿O porque nos viene de Dios todo lo que hagamos de bien, no haremos el bien? ¿O porque no somos suficientes para pensar algo por nosotros como de nosotros, pues nuestra suficiencia nos viene de Dios, no habría suficiencia?

Todo esto, aunque es por gracia de Dios que lo hagamos, sin embargo, no lo hacemos sin la voluntad y la razón, y por consiguiente sin libre albedrío.

Elredo de Rieval
El Espejo de la Caridad

viernes, 27 de noviembre de 2015

Benedicto XVI sobre la Adoración Eucarística


Hemos venido a adorarlo (Mateo 2,2). Antes que cualquier actividad y que cualquier cambio del mundo, debe estar la adoración. Sólo ella nos hace verdaderamente libres, sólo ella nos da los criterios para nuestra acción. Precisamente en un mundo en el que progresivamente se van perdiendo los criterios de orientación y existe el peligro de que cada uno se convierta en su propio criterio, es fundamental subrayar la adoración. Aquí sólo quisiera subrayar una vez más el punto que acabamos de tratar en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud: La adoración del Señor resucitado, presente en la Eucaristía con su carne y su sangre, con su cuerpo y su alma, con su divinidad y su humanidad.

Para mí es conmovedor ver cómo por doquier en la Iglesia se está despertando la alegría de la adoración eucarística y se manifiestan sus frutos. En el período de la reforma litúrgica, a menudo la misa y la adoración fuera de ella se vieron como opuestas entre sí; según una objeción entonces difundida, el Pan eucarístico no nos lo habrían dado para ser contemplado, sino para ser comido. En la experiencia de oración de la Iglesia ya se ha manifestado la falta de sentido de esa contraposición. Ya San Agustín había dicho: Nadie come esta carne sin antes adorarla… pecaríamos si no la adoráramos” (Tratado sobre los Salmos, 98,9).

De hecho, no es que en la Eucaristía simplemente recibamos algo. Es un encuentro y una unificación de personas, pero la Persona que viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios. Esa unificación sólo puede realizarse según la modalidad de la adoración. Recibir la Eucaristía significa adorar a Aquel a quien recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos uno con Él. Por eso, el desarrollo de la adoración eucarística, como tomó forma a lo largo de la Edad Media, era la consecuencia más coherente del mismo misterio eucarístico: Sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros.

Benedicto XVI
Saludo navideño
22 de diciembre de 2005.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La perfección del ermitaño consiste en tener la mente liberada de todo lo terreno

Es útil y conveniente que cada cual —según el tipo de vida elegido o la gracia recibida— se apresure, con todo ardor y diligencia, por llegar a la perfección de la obra emprendida, y, aun alabando y admirando las virtudes de los demás, no se aparte de la profesión que eligió de una vez para siempre, sabiendo que —como dice el Apóstol—el cuerpo de la Iglesia es ciertamente uno, pero los miembros son muchos y que los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado.

Muchos son los caminos que nos conducen a Dios: que cada uno recorra hasta el fin el camino que hubiere emprendido, y permanezca irrevocablemente orientado en la dirección que ha escogido. Cualquiera que sea la profesión elegida, tendrá la posibilidad de conseguir en ella la perfección.

En realidad, los indiscutibles valores del desierto no me autorizan a minusvalorar los del cenobio, como el no estar distraído con las preocupaciones por el mañana, el estar sometido, hasta las últimas consecuencias, a la autoridad del abad, como emulando a aquel de quien está escrito: Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y merezca decir humildemente, usando sus palabras: No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha enviado.

El cenobita, en efecto, se propone ante todo mortificar y crucificar la propia voluntad y no preocuparse absolutamente del mañana, según el saludable precepto de la perfección evangélica. Y no cabe duda de que el cenobita vive en condiciones óptimas para llevar a la práctica este ideal.

De él teje el profeta Isaías el siguiente elogio: Si detienes tus pies el sábado, y no traficas en mi día santo; si lo honras absteniéndote de viajes, de buscar tu interés, de tratar tus asuntos, entonces el Señor será tu delicia. Te asentaré sobre mis montañas, te alimentaré con la herencia de tu padre Jacob. Ha hablado la boca del Señor.

En cambio, la perfección del ermitaño consiste en tener la mente liberada de todo lo terreno y en unirse a Cristo de la manera más elevada que le está permitida a la debilidad humana. Del ermitaño habla así el profeta Jeremías: Le irá bien al hombre si carga con el yugo desde joven. Que se esté solo y callado cuando la desgracia descarga sobre él. Y el salmista añade: Estoy como lechuza en la estepa, estoy desvelado, gimiendo, como pájaro sin pareja en el tejado.

Es verdadero e integralmente perfecto aquel que con igual magnanimidad sabe soportar, en el desierto, la aspereza de la soledad, y en el cenobio, la debilidad de los hermanos.

Juan Casiano
Conferencias (14, 5;19, 6.8.9: SC 54,186-187: 64,44-47)

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Benedictinas de la Natividad

Visitamos el Monasterio de la Natividad, del que tantos años fue abadesa la admirada Madre Matilde. Se trata de un reportaje de Televisión Española, previo a la emisión de una Eucaristía que, hace varios años, fue desde allí transmitida.

martes, 24 de noviembre de 2015

Monasterio de Sucevita


El Monasterio de Suceviţa es un monasterio ortodoxo situado en la parte noreste de Rumanía,  cerca del río Suceviţa. Se encuentra ubicado en la parte sur de la región histórica de Bucovina . Fue construido en 1585 por Ieremia Movilă , Gheorghe Movilă y Simion Movilă.

La arquitectura de la iglesia contiene elementos tanto bizantinos como góticos, así como pinturas, típicas del norte de Moldavia. Ambas paredes, interiores y exteriores están cubiertas por pinturas murales, que son de gran valor artístico y representan episodios bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento . Las pinturas datan de alrededor de 1601, lo que hace Suceviţa uno de los últimos monasterios en ser decoradas con el famoso estilo de Moldavia de pinturas exteriores.

El patio interior del conjunto monástico es casi cuadrado (100 por 104 metros) y está rodeado por altos muros de 6 metros, con 3 metros de anchura. Hay varias otras estructuras defensivas en el conjunto, entre ellos cuatro torres (una en cada esquina). Suceviţa era una residencia principesca, así como un monasterio fortificado. Los gruesos muros albergan hoy un museo que presenta una sobresaliente colección de objetos históricos y de arte. Las cubiertas de las tumbas de Ieremia Simion Movilă - retratos ricos bordados en hilo de plata - junto con platería eclesiástica, libros y manuscritos iluminados, ofrecen un testimonio elocuente de la importancia de Suceviţa.