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sábado, 11 de marzo de 2017

San Sofronio y Juan Mosco


Nos recuerda hoy el Martirologio romano la santidad de Sofronio, el que fuera Patriarca de Jerusalén en el siglo VII. Nació en Damasco, hacia el año 560. Abrazó joven la vida monástica, pasando veinte años bajo la dirección experta de Juan Mosco. Juntos visitaron varios monasterios de Egipto, con el propósito de pasar a Roma. Una vez en la Ciudad Eterna, el año 619 murió Juan Mosco. Entonces, San Sofronio decidió regresar a Palestina. En el año 633 o 634 fue elegido Patriarca de Jerusalén.

Su maestro Juan Mosco nos han dejado una obra muy interesante, el Prado Espiritual, que consiste en una colección de ejemplos de los santos monjes, a partir de cuyas páginas podemos descubrir cómo era el ambiente del movimiento monástico en Oriente en aquellos momentos, todavía, de esplendor. De la traducción barroca que a comienzos del siglo XVII hizo Juan Basilio Santoro, hemos escogido un pequeño ejemplo, referido a una penitente llamada María:

Dos Padres de los ancianos del Yermo iban de la ciudad de Egas a Tarso; y entraron en una posada para descansar, porque era en el estío; hallaron dentro tres mancebos, que tenían consigo una mala mujer. Los padres ancianos se sentaron aparte, y uno de ellos sacó el santo Evangelio y comenzó a leer en él. La mujer, que sintió que el viejo leía, llegóse y sentóse junto a él. El viejo, como la vio tan cercana, la echó de sí y le dijo: O mujer, cuán desdichada eres, que nos has tenido vergüenza de llegarte a nosotros y sentarte. Dijo ella: Ruegote, padre, que no me deseches, ni me digas mal, porque aunque yo estoy llena de todo pecado, no por eso Cristo Dios, nuestro Señor y Salvador, de todos desechó a la pecadora, que fue para él. Dijo el padre que bien está, mas aquella no permaneció en ser pecadora. Dijo ella entonces: Esperanza tengo en el Hijo de Dios vivo, que tampoco yo desde hoy en adelante permaneceré en este pecado. Y, en diciendo esto, dejó los mancebos y todos sus bienes, y se fue con aquellos padres, los cuales la enviaron a un monasterio, que está junto a la ciudad de Egas. Y yo vi a este mujer ya vieja y de gran prudencia, y díjome cuando la visité que se llamaba María.

sábado, 2 de julio de 2016

Haz penitencia y vuelve al Señor


Haz penitencia y vuelve al temor del Señor, tu Dios; esfuérzate en practicar el ayuno, la oración, la súplica y las lágrimas. Dame ocasión de hacer tu panegírico y haré que lleguen hasta tu Dios tus buenas obras, el suave olor de tus ayunos, de tus limosnas, de tu oración, de tu misericordia para con los pobres, a fin de que mi rostro rebose de gozo con mis hermanos los ángeles, y descienda sobre ti el Espíritu Santo, e inmediatamente serás contado con los justos y los buenos, que el día de la retribución escucharán una palabra de gozo.

Vuelve al Señor, oh alma, por la penitencia, pues te aproxima a Dios y Dios es bueno. ¿Qué es la penitencia? Apartarse del pecado, renunciar al deseo y abandonar la conducta anterior; aceptar una norma de vida a base de frecuentes ayunos, asidua oración, servicio diligente, todo ello acompañado de lágrimas noche y día.

Practica el amor a los pobres: Dios lo prefiere al sacrificio que sube a su presencia; huye de las delicias del cuerpo y atiende, en cambio, con solicitud a tu alma; purifica tus manchas a fin de que gustes qué bueno es el Señor: entonces descenderá sobre ti su luz, y quedarás a salvo de la tentación del enemigo, pues el Señor prometió acoger a quienes acuden a él, haciéndoles el don de su misericordia.

Escucha con atención: no frecuentes las reuniones mundanas, ni te des a la excesiva comida y bebida, no sea que pierdas lo que el Señor prometió a los buenos y justos. Y de esta forma, oh alma, con las limosnas que hicieres ahora se irá edificando tu morada y con el óleo de la misericordia arderá tu lámpara en el reino de los cielos. Da fe a a palabra que el Señor pronunció en el evangelio: Yo soy manso y humilde y mi carga es ligera; venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. ¡Oh pobre alma! Muchos son tus pecados, pero su misericordia es más grande que los pecados de todo el mundo. Acércate a su perdón y a su misericordia y hará brillar sobre ti su Espíritu. Ahoga en lágrimas tus pecados y descenderá sobre ti el bien.

Mira, acabo de exponerte con claridad todas las cosas y te he indicado el camino de la vida, que es la penitencia. Ella te ayudará a acercarte al Señor y te dará a gustar el manjar del paraíso. Arropa a los pobres con tu manto y protégelos del rigor del invierno; llena su estómago y multiplica tus ayunos.

Haz penitencia y vuelve al Señor, y acógete a su infinita misericordia, pues que se la prometió a cuantos le invocan. Oh alma, mira que nuestro Señor ha dicho: Nadie conoce su hora. Date prisa en alcanzar la salvación, presenta tu ofrenda y, en la palestra del hacer cotidiano, adquiere la paciencia, la humildad, el silencio de la lengua, la pureza, el amor a los pobres, y habrás cosechado la justicia. Si esto hicieres, los bienes lloverán sobre ti. Y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Señor, la magnificencia y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

elección de las Sentencias de los Padres y de los relatos de Juan Mosco y otros autores
(Patericon 196: CSCO, Scriptores Aethiopici, t. 54, 118-121)

martes, 11 de marzo de 2014

San Sofronio y Juan Mosco


Nos recuerda hoy el Martirologio romano la santidad de Sofronio, el que fuera Patriarca de Jerusalén en el siglo VII. Nació en Damasco, hacia el año 560. Abrazó joven la vida monástica, pasando veinte años bajo la dirección experta de Juan Mosco. Juntos visitaron varios monasterios de Egipto, con el propósito de pasar a Roma. Una vez en la Ciudad Eterna, el año 619 murió Juan Mosco. Entonces, San Sofronio decidió regresar a Palestina. En el año 633 o 634 fue elegido Patriarca de Jerusalén.

Su maestro Juan Mosco nos han dejado una obra muy interesante, el Prado Espiritual, que consiste en una colección de ejemplos de los santos monjes, a partir de cuyas páginas podemos descubrir cómo era el ambiente del movimiento monástico en Oriente en aquellos momentos, todavía, de esplendor. De la traducción barroca que a comienzos del siglo XVII hizo Juan Basilio Santoro, hemos escogido un pequeño ejemplo, referido a una penitente llamada María:

Dos Padres de los ancianos del Yermo iban de la ciudad de Egas a Tarso; y entraron en una posada para descansar, porque era en el estío; hallaron dentro tres mancebos, que tenían consigo una mala mujer. Los padres ancianos se sentaron aparte, y uno de ellos sacó el santo Evangelio y comenzó a leer en él. La mujer, que sintió que el viejo leía, llegóse y sentóse junto a él. El viejo, como la vio tan cercana, la echó de sí y le dijo: O mujer, cuán desdichada eres, que nos has tenido vergüenza de llegarte a nosotros y sentarte. Dijo ella: Ruegote, padre, que no me deseches, ni me digas mal, porque aunque yo estoy llena de todo pecado, no por eso Cristo Dios, nuestro Señor y Salvador, de todos desechó a la pecadora, que fue para él. Dijo el padre que bien está, mas aquella no permaneció en ser pecadora. Dijo ella entonces: Esperanza tengo en el Hijo de Dios vivo, que tampoco yo desde hoy en adelante permaneceré en este pecado. Y, en diciendo esto, dejó los mancebos y todos sus bienes, y se fue con aquellos padres, los cuales la enviaron a un monasterio, que está junto a la ciudad de Egas. Y yo vi a este mujer ya vieja y de gran prudencia, y díjome cuando la visité que se llamaba María.