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viernes, 5 de mayo de 2017

La liturgia en la vida del monje benedictino


Existen muchas formas de ser monje cristiano. Una de ellas, por supuesto no la única, es la que tiene en la Regla de san Benito y en la tradición benedictina una norma de vida. El concepto fundamental de esta forma de ser monje diríamos, con un término técnico que san Benito tomó del griego, que es el cenobitismo. Somos monjes cenobitas, es decir, que vivimos en común. No somos ermitaños, es decir, los monjes que siguen a Dios en la soledad absoluta. Los cenobitas se agrupan, comparten la vida y se ayudan mutuamente en su vida espiritual. Los puntos de encuentro fundamentales en la vida del monje cenobita son la oración coral, la comida en común y la escucha del magisterio del Abad. Estos elementos de vida comunitaria se complementan con otros de soledad, especialmente la vida de oración en la celda. Después, cada tradición benedictina ha articulado estos elementos según su genio propio.

La oración común en el oratorio no simplemente es un acto comunitario. Expresa la dimensión eclesial de la comunidad de monjes que, unidos a Jesucristo, alaba la gloria de la Trinidad Santa e intercede por las necesidades de todos los hombres.

La tradición benedictina se ha caracterizado por tener en la más alta consideración este elemento cenobítico; de ahí, su impresionante esfuerzo por dotar de belleza estos momentos privilegiados de la jornada del monje. El canto gregoriano, el cuidado por el lugar sagrado donde se desarrolla la celebración litúrgica, la ordenación del ceremonial y la belleza de los ornamentos, solo son signos visibles que intentan hacer tangible el Misterio que evocan.

También en nuestros días, muchas comunidades monásticas han sucumbido a la tentación de prescindir de estos elementos simbólicos, considerándolos como una estética ajena a la sensibilidad actual y que distancia del común sentir del pueblo de Dios, buscando una pretendida simplificación que, sencillamente, ha conducido a una fealdad que, carente de cualquier sentido simbólico, es incapaz de alcanzar los grados de sublimidad atesorados en la tradición benedictina.

La estética cristiana implica una objetividad y exige una disciplina. La objetividad se refiere a que dicha estética se fundamente en un lenguaje objetivo, transmitido de generación en generación, que no depende de la voluntad de cada monje y que, por lo mismo, es susceptible de ser comprendida en todo tiempo y lugar. Por ejemplo, a pesar de ser latinos, somos capaces de comprender la disposición de una catedral ortodoxa rusa, sencillamente, porque mantienen la objetividad de un lenguaje estético que se remonta al origen del cristianismo.

La disciplina alude al esfuerzo necesario para crear belleza recreando, en fidelidad a la tradición, el lenguaje recibido de la tradición. El arte tiende a no ser sencillo; de hecho, se fundamenta en el artificio, es decir, en la elaboración de los elementos simples y naturales, para construir realidades más complejas a través de las cuales se expresa la inefable riqueza del misterio cristiano.

Por eso mismo, la liturgia monástica debiera reformarse en fidelidad a la objetividad y a la disciplina, por más que estos conceptos sean rechazados por la estética contemporánea, o creamos que nos alejan de la comprensión y sensibilidad de la gente normal. Por el contrario, el pueblo fiel suele ser movido más intensamente por la captación de la belleza que remite a un misterio inexpresable, que por la comprensión intelectual de unos contenidos que necesariamente han de ser simplificados y que son incapaces de expresar el misterio sin destruirlo.

La liturgia protestante, fiel a su erróneo principio de que sólo mediante la libre interpretación de la Palabra podemos acceder a Dios, despojó a su liturgia de todo simbolismo y la redujo a un racionalismo, tantas veces estéril. De hecho, sus templos son meros auditorios, y sus celebraciones muchas veces son clases magistrales. Es una liturgia subjetiva y que no se atiene a la disciplina de la tradición; por lo mismo, no puede ser universalmente comprendida ni expresa en todo tiempo y lugar el único misterio de Dios. La liturgia católica, y especialmente la monástica, debiera huir de la influencia de tal liturgia que, por desgracia, en las últimas décadas ha sido tan intensa.

martes, 14 de marzo de 2017

La confesión de los pecados


El sacramento de la penitencia es uno de los que más cambios ha sufrido a lo largo de su historia. De ser un proceso público de conversión, pasó al ámbito estrictamente privado. Durante los primeros siglos del Cristianismo, había una serie de pecados que, por su especial gravedad, provocaban la exclusión del pecador de la comunidad eclesial; para poder volver al seno de los creyentes, el bautizado tenía que inscribirse en una lista pública, y hacer una penitencia pública consistente en ayunos, vigilias y oraciones. Así, al llegar la Pascua, era reconciliado con la Iglesia. Pero esta penitencia solo podía realizarse una vez en la vida, por lo que muchas personas retrasan su bautismo hasta prácticamente el momento de la muerte, y evitar así lo enojoso de tal proceso penitencial.

Frente a esta penitencia pública, la influencia de la espiritualidad monástica fue creando un nuevo modo de reconciliación por los pecados, que es nuestra actual penitencia privada. Los monjes, siguiendo el consejo del Apóstol, se confesaban los pecados unos a otros; y el anciano espiritual, a través de esta revelación de la conciencia, ayudaba a su discípulo en el progreso espiritual. Esta penitencia se reiteraba cuantas veces fuera necesario, y no se restringía a un número limitado de pecados; de hecho, era un factor esencial en el reconocimiento de la multiforme manifestación del pecado, y en el combate del monje contra las diversas fuerzas del mal.

Esta forma de penitencia privada saltó fuera del ámbito monástica, y se impuso a la generalidad de los fieles, tanto en Oriente como en Occidente. Por fin, en el Concilio de Trente, se reguló de forma definitiva la forma de su celebración, y desde entonces se impuso su celebración en los confesionarios que fueron instalados en las iglesias.

Desde hace décadas esta forma de celebración del sacramento, y la penitencia en sí misma, ha entrado en crisis y, en en gran medida, ha dejado de celebrarse con la frecuencia con que se celebraba. Desde luego, no sólo estamos hablando de una crisis en la forma de la celebración, sino del entero concepto de pecado y de reconciliación. Hoy nos creemos más adultos, y rechazamos el que todo sea pecado; ha entrado en crisis, en sí mismo, el concepto de pecado, y hemos perdido gran parte de la sensibilidad hacia el mal y sus consecuencias. Por eso, en consecuencia, apenas celebramos este sacramento que nos reconcilia con Dios.

De hecho, hasta en la vida monástica actual ha descendido en cantidad y en calidad esta celebración de la penitencia. Cuando, de hecho, sigue siendo una forma esencial de reconocer el poder del pecado y, humildemente, luchar contra ella. No se trata de vivir apresado por un moralismo estrecho, en un escrúpulo constante por las faltas cometidas; pero tampoco es posible ignorar los estragos que en nosotros hace el mal a través de una periódica revisión de la propia conciencia y de la humilde manifestación del propio pecado.

sábado, 31 de octubre de 2015

Antífona de las Primeras Vísperas de Todos los Santos

Fresco de Todos los Santos - Baptisterio de Padua

Ángeles, arcángeles,
tronos y dominaciones,
principados y potestades,
ejércitos celestiales,
querubines y serafines,
patriarcas y profetas,
santos doctores de la ley,
todos los apóstoles,
mártires de Cristo,
santos confesores y vírgenes del Señor,
anacoretas y todos los santos:
interceded por nosotros.

martes, 4 de noviembre de 2014

Liturgia monástica de difuntos

Escuchamos el Tracto Absolve, de la liturgia monástica exequial. Las imágenes son muy sugerentes. El texto dice: Absolve, Domine, animas omnium fidelium defunctorum ab omni vinculo delictorum et gratia tua illis succurente mereantur evadere iudicium ultionis, et lucis æternae beatitudine perfrui, es decir, Absuelve, Señor, las almas de todos los fieles difuntos de todo vínculo de delito, para que ayudados por tu gracia, puedan escapar del juicio del castigo y disfruten de la luz de la bienaventuranza eterna.


jueves, 31 de octubre de 2013

Antífona de las Primeras Vísperas de Todos los Santos

Fresco de Todos los Santos
Baptisterio de Padua

Ángeles, arcángeles,
tronos y dominaciones,
principados y potestades,
ejércitos celestiales,
querubines y serafines,
patriarcas y profetas,
santos doctores de la ley,
todos los apóstoles,
mártires de Cristo,
santos confesores y vírgenes del Señor,
anacoretas y todos los santos:
interceded por nosotros.

jueves, 4 de abril de 2013

Opus stupent et angeli

Diego de la Cruz: Piedad
Museo Correr, Venecia
Reincidimos hoy tanto en el himno de Vigilias Hic est dies verus, como en el pintor hispano-flamento Diego de la Cruz, pues vamos a tomar otra estrofa de este himno, en la contemplación de otra maravillosa representación del Cristo resucitado ante la estupefacción de los ángeles.

La segundo estrofa de este himno dice así:

Opus stupent et angeli,
poenam videntes corporis
Christoque adherentem reum
vitam beatam carpere.

Podríamos traducirlo de la siguiente forma: "Los mismos ángeles se asombran al contemplar aquel cuerpo desgarrado y a Cristo que promete el paraíso al que está crucificado a su derecha"

La vida monástica, en cierto modo, conduce al monje a la estupefacción, es decir, a tal grado de admiración en la contemplación del misterio del inmenso amor de Dios, que queda incapacitado para pronunciar otra palabra que no sea una pobre alabanza.

Los ángeles, como dice la Carta a los Hebreos, contemplan al mismo Señor de la gloria rebajado muy por debajo de ellos mismos, y quedan asombrados de todo el amor que despliega para así rescatar a la oveja que se le ha perdido. Tanto amor le lleva a dejarse asesinar en una cruz, a ser expuesto al escarnio público, a ser objeto de todos los odios de la historia de la humanidad. Dios ha conocido desde dentro lo mejor de lo que es capaz el hombre, para también ha experimentado todo el horror del que han sido y serán capaces los humanos.

Cristo resucitado muestra las huellas de su Pasión. No las esconde, no son objeto de vergüenza o de pudor, sino que son las más preciadas joyas que ornan su sacratísima humanidad. A través de ellas se manifiesta el Resucitado, y dan sentido a todas las heridas que sufrimos los hombres. Los ángeles, como todos nosotros, quedan estupefactos en la contemplación de ese cuerpo desgarrado, que asciende glorioso del sepulcro. Por eso mismo, entiende el monje su existencia como una improductiva e inútil reiteración en la acción de gracias, porque ya nada es lo mismo después de que Dios mismo salió triunfante del sepulcro.

miércoles, 3 de abril de 2013

Mysterium mirabile

Diego de la Cruz: Cristo de la Piedad
"Ego sum via veritas et vita"

Uno de los privilegios que nos es permitido gozar a quienes en la vida monástica disfrutamos del rico acervo litúrgico de la Tradición es el de encontrarnos con acertadas formulaciones que condensan en sí mismas todo un rico contenido espiritual, que no es fácil expresar de otra forma. Por eso, pecan de insensatez quienes por el prurito de modernidad renuncian a un patrimonio espiritual aquilatado a lo largo de los siglos, que sigue sorprendiendo a veces por su belleza y por su riqueza.

Una de estas joyas se encuentra en el himno latino que se canta en el Oficio de Vigilias de la Octava de Pascua. El himno se titula Hic est dies verus, es decir, éste es verdaderamente el día. La estrofa a la que nos queremos referir dice así:

Mysterium morabile,
ut abluat mundi luem,
peccata tollat omnium
carnis vitia mundans caro.

La traducción de estos versos podría ser la siguiente: "¡Oh, qué misterio tan admirable, en el que los crímenes del mundo se limpian, los pecados de los hombres se perdonan, y se purifican con la carne las culpas de la carne".

El texto se refiere, evidentemente, a la Resurrección, un misterio que no sólo implica que un difunto haya vuelto a la vida. Por encima de este valor particular, encierra un misterio que renueva desde lo más profundo el ser de la entera Creación y de la Humanidad: la Resurrección consigue la purificación de la suciedad provocada en la Creación por el pecado humano, y consigue este efecto de limpiar la carne, es decir, la humanidad responsable del pecado, desde la misma carne, es decir, desde la humanidad asumida por Dios en Jesús, el eterno y unigénito Hijo de Dios.

La humanidad, pues, ha sido redimida desde sí misma, porque Dios la ha asumido en sí y la ha llevado a una plenitud de vida que no conoce ocaso en su Resurrección. De ahí que el misterio central de nuestra fe no puede dejar de ser aludido sino como misterio admirable, ante el cual solo podemos permanecer estupefactos en adoración.

Algún día, en los tiempos remotos, algún monje recibió la inspiración para plasmar en verso y dotar de músicas conceptos tan bellamente elaborados. Que el Señor se lo premie, pues con el trascurso de los siglos, nos sigue ayudando para expresar nuestra alabanza por misterio tan sobrecogedor.

domingo, 17 de marzo de 2013

El oratorio de los monjes


Cuando san Benito dispuso que los monjes orásemos en común siete veces al día, nada dijo en cambio de cómo debía ser nuestro oratorio. Tan sólo se refiere a él cuando afirma que no se prolongue la oración común más allá de lo debido, y que si alguno quiere emplearse en una oración silenciosa, puede acudir al oratorio y allí dirigirse en silencio al Señor.

Por supuesto, el diseño de los templos ha estado en función de las gustos cambiantes de cada época, y de las posibilidades económicas de cada comunidad. Pero, cuando hoy nos preguntamos cómo diseñar un oratorio monástico, en realidad nos estamos preguntando cómo es nuestra vida espiritual.

Ante todo, el oratorio de una comunidad monástica no es un sitio para decir misa. Lamentablemente, la evolución litúrgica ha tendido, especialmente durante los últimos años, a reducir la riqueza litúrgica de la Iglesia al acto de celebrar la Eucaristía. Sin negar la centralidad del sacramento, tal vez se ha olvidado en exceso la veneración eucarística, que trasciende el puro momento de la celebración del sacramento (contagio sin duda de origen protestante, que reduce la presencia real al momento de la celebración), al tiempo que se ha desplazado la centralidad del altar como lugar privilegiado y único del Monasterio, sobre el que se hace el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, quedando reducido a su significado de mesa sobre la que celebrar el banquete del Señor.

Los monjes nos pasamos la mayor parte del tiempo que estamos en la Iglesia rezando o cantando los salmos, o leyendo los textos de la Sagrada Escritura o de los Padres. Es decir, apenas levantamos la mirada de nuestros libros. Esta realidad cronológica significa que no simplemente vamos a la iglesia a celebrar la Eucaristía, sino sobre todo a hacer oración comunitaria en presencia del Señor Todopoderoso. De ahí que el altar no simplemente debiera servir a la funcionalidad de celebrar la Eucaristía, sino que debiera ser el verdadero eje axial de la geografía monástica. La tradición, por eso, levantaba baldaquinos sobre los altares, significando de esta forma la multiforme presencia del Espíritu Santo, especialmente en el sitio sobre el que se realiza el Memorial del Misterio Pascual.






miércoles, 13 de marzo de 2013

La confesión de los pecados


El sacramento de la penitencia es uno de los que más cambios ha sufrido a lo largo de su historia. De ser un proceso público de conversión, pasó al ámbito estrictamente privado. Durante los primeros siglos del Cristianismo, había una serie de pecados que, por su especial gravedad, provocaban la exclusión del pecador de la comunidad eclesial; para poder volver al seno de los creyentes, el bautizado tenía que inscribirse en una lista pública, y hacer una penitencia pública consistente en ayunos, vigilias y oraciones. Así, al llegar la Pascua, era reconciliado con la Iglesia. Pero esta penitencia solo podía realizarse una vez en la vida, por lo que muchas personas retrasan su bautismo hasta prácticamente el momento de la muerte, y evitar así lo enojoso de tal proceso penitencial.

Frente a esta penitencia pública, la influencia de la espiritualidad monástica fue creando un nuevo modo de reconciliación por los pecados, que es nuestra actual penitencia privada. Los monjes, siguiendo el consejo del Apóstol, se confesaban los pecados unos a otros; y el anciano espiritual, a través de esta revelación de la conciencia, ayudaba a su discípulo en el progreso espiritual. Esta penitencia se reiteraba cuantas veces fuera necesario, y no se restringía a un número limitado de pecados; de hecho, era un factor esencial en el reconocimiento de la multiforme manifestación del pecado, y en el combate del monje contra las diversas fuerzas del mal.

Esta forma de penitencia privada saltó fuera del ámbito monástica, y se impuso a la generalidad de los fieles, tanto en Oriente como en Occidente. Por fin, en el Concilio de Trente, se reguló de forma definitiva la forma de su celebración, y desde entonces se impuso su celebración en los confesionarios que fueron instalados en las iglesias.

Desde hace décadas esta forma de celebración del sacramento, y la penitencia en sí misma, ha entrado en crisis y, en en gran medida, ha dejado de celebrarse con la frecuencia con que se celebraba. Desde luego, no sólo estamos hablando de una crisis en la forma de la celebración, sino del entero concepto de pecado y de reconciliación. Hoy nos creemos más adultos, y rechazamos el que todo sea pecado; ha entrado en crisis, en sí mismo, el concepto de pecado, y hemos perdido gran parte de la sensibilidad hacia el mal y sus consecuencias. Por eso, en consecuencia, apenas celebramos este sacramento que nos reconcilia con Dios.

De hecho, hasta en la vida monástica actual ha descendido en cantidad y en calidad esta celebración de la penitencia. Cuando, de hecho, sigue siendo una forma esencial de reconocer el poder del pecado y, humildemente, luchar contra ella. No se trata de vivir apresado por un moralismo estrecho, en un escrúpulo constante por las faltas cometidas; pero tampoco es posible ignorar los estragos que en nosotros hace el mal a través de una periódica revisión de la propia conciencia y de la humilde manifestación del propio pecado.

viernes, 8 de marzo de 2013

Siete veces al día te alabaré


San Benito, cuando estableció en la Regla cómo debían orar los monjes, recurrió a un salmo que oraba con frecuencia, en el que el orante se propone alabar al Señor siete veces al día. Se trata, es claro, de una cifra simbólica: el siete alude a la suma o unión de lo divino (el tres) y los humano (el cuatro). Tres son las divinas Personas de la Trinidad, y cuatro los elementos (tierra, aire, agua y fuego) que constituyen la Creación. De esta forma, la vida del monje debiera ser una constante alabanza de la Creación, en cuya representación se pone el orante, al único Dios en su misterio trinitario.

No se trata de un simple concepto teológico: el misterio incomprensible de la Trinidad consiste en cómo tres personas, absolutamente distintas, pueden llegar a ser un único ser divino, de cuya plenitud procede el ser, y a cuya intimidad hemos sido convocados para toda la eternidad. El Padre se goza en el Hijo, el Hijo ama al Padre, y entre ambos el Espíritu Santo sella la perfecta unión divina en el amor. El Hijo confía en el Padre, el Padre glorifica al Hijo, y el Espíritu Santo le da la gloria que procede del Padre. El mismo Espíritu Santo nos es dado, para que en todo momento podamos seguir existiendo en el ser de Dios.

La oración litúrgica, por tanto, más allá de un simple instrumento de catequesis, de confraternización, de comunión humana, es esencialmente una participación que nos es concedida por el Espíritu Santo en el eterno movimiento de amor que existe en el seno de la Trinidad; y, en nombre de toda la Creación, cada orante puede así alabar al que es fuente y origen de todo ser.

Además, el número siete encierra un segundo simbolismo. Cada momento de oración alude a diversos misterios del Dios que ha venido a nuestro mundo a salvarnos. Por la noche, cuando el silencio cubre la tierra y los hombres descansan, el orante sale del sueño del pecado, para estar en vela y esperar al Señor que viene. Al amanecer, el orante agradece al Padre no sólo la creación que comienza de desperezarse recuperando sus colores y su vida, sino también la nueva creación hecha en la Resurrección de Cristo. En Tercia, invoca al Espíritu Santo, cuyo mandamiento de amor medita el orante. En Sexta sube a la Cruz con Cristo. En Nona, muere con Cristo en la Cruz. En Vísperas, al ocaso del día, invoca con confianza junto a Cristo crucificado al que es refugio y fortaleza del justo. Por fin, en Completas entrega la propia existencia al Señor, como anticipo del propio fin.

Así, la entera vida del orante reproduce cada día el misterio de Dios, hecho hombre para que el hombre puede conocer, amar y disfrutar de Dios. Y el monje, de hecho, consagrado a este proceso de cristificación, es decir, de reproducción en sí mismo del propio ser de Cristo, es movido por el Espíritu Santo a progresar en su participación en el misterio de la Trinidad.

De ahí que en san Benito sea tan importante y repetida la breve doxología que compendia toda la existencia cristiana:

Gloria al Padre,
al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

jueves, 7 de marzo de 2013

La liturgia en la vida del monje benedictino


Existen muchas formas de ser monje cristiano. Una de ellas, por supuesto no la única, es la que tiene en la Regla de san Benito y en la tradición benedictina una norma de vida. El concepto fundamental de esta forma de ser monje diríamos, con un término técnico que san Benito tomó del griego, que es el cenobitismo. Somos monjes cenobitas, es decir, que vivimos en común. No somos ermitaños, es decir, los monjes que siguen a Dios en la soledad absoluta. Los cenobitas se agrupan, comparten la vida y se ayudan mutuamente en su vida espiritual. Los puntos de encuentro fundamentales en la vida del monje cenobita son la oración coral, la comida en común y la escucha del magisterio del Abad. Estos elementos de vida comunitaria se complementan con otros de soledad, especialmente la vida de oración en la celda. Después, cada tradición benedictina ha articulado estos elementos según su genio propio.

La oración común en el oratorio no simplemente es un acto comunitario. Expresa la dimensión eclesial de la comunidad de monjes que, unidos a Jesucristo, alaba la gloria de la Trinidad Santa e intercede por las necesidades de todos los hombres.

La tradición benedictina se ha caracterizado por tener en la más alta consideración este elemento cenobítico; de ahí, su impresionante esfuerzo por dotar de belleza estos momentos privilegiados de la jornada del monje. El canto gregoriano, el cuidado por el lugar sagrado donde se desarrolla la celebración litúrgica, la ordenación del ceremonial y la belleza de los ornamentos, solo son signos visibles que intentan hacer tangible el Misterio que evocan.

También en nuestros días, muchas comunidades monásticas han sucumbido a la tentación de prescindir de estos elementos simbólicos, considerándolos como una estética ajena a la sensibilidad actual y que distancia del común sentir del pueblo de Dios, buscando una pretendida simplificación que, sencillamente, ha conducido a una fealdad que, carente de cualquier sentido simbólico, es incapaz de alcanzar los grados de sublimidad atesorados en la tradición benedictina.

La estética cristiana implica una objetividad y exige una disciplina. La objetividad se refiere a que dicha estética se fundamente en un lenguaje objetivo, transmitido de generación en generación, que no depende de la voluntad de cada monje y que, por lo mismo, es susceptible de ser comprendida en todo tiempo y lugar. Por ejemplo, a pesar de ser latinos, somos capaces de comprender la disposición de una catedral ortodoxa rusa, sencillamente, porque mantienen la objetividad de un lenguaje estético que se remonta al origen del cristianismo.

La disciplina alude al esfuerzo necesario para crear belleza recreando, en fidelidad a la tradición, el lenguaje recibido de la tradición. El arte tiende a no ser sencillo; de hecho, se fundamenta en el artificio, es decir, en la elaboración de los elementos simples y naturales, para construir realidades más complejas a través de las cuales se expresa la inefable riqueza del misterio cristiano.

Por eso mismo, la liturgia monástica debiera reformarse en fidelidad a la objetividad y a la disciplina, por más que estos conceptos sean rechazados por la estética contemporánea, o creamos que nos alejan de la comprensión y sensibilidad de la gente normal. Por el contrario, el pueblo fiel suele ser movido más intensamente por la captación de la belleza que remite a un misterio inexpresable, que por la comprensión intelectual de unos contenidos que necesariamente han de ser simplificados y que son incapaces de expresar el misterio sin destruirlo.

La liturgia protestante, fiel a su erróneo principio de que sólo mediante la libre interpretación de la Palabra podemos acceder a Dios, despojó a su liturgia de todo simbolismo y la redujo a un racionalismo, tantas veces estéril. De hecho, sus templos son meros auditorios, y sus celebraciones muchas veces son clases magistrales. Es una liturgia subjetiva y que no se atiene a la disciplina de la tradición; por lo mismo, no puede ser universalmente comprendida ni expresa en todo tiempo y lugar el único misterio de Dios. La liturgia católica, y especialmente la monástica, debiera huir de la influencia de tal liturgia que, por desgracia, en las últimas décadas ha sido tan intensa.