sábado, 28 de febrero de 2015

Speculum Caritatis. Te buscaré, Señor, amándote.

3.- Mientras tanto, Señor, te buscaré, y te buscaré amándote, porque el que avanza amándote, ciertamente te busca, y el que te ama perfectamente, ese es, Señor, el que te encuentra.

Verdaderamente, no hay cosa más justa que el amor que te profesa tu criatura, a la que has dado ese mismo poder de amarte.

Los seres irracionales y carentes de vida no pueden amarte, no tienen capacidad para ello. Tienen, sí, su propia misión, su propia forma, su puesto propio; pero por él no son ni pueden ser felices con la felicidad que da tu amor, sino que su belleza y bondad fueron sabiamente ordenadas por ti para contribuir a la gloria de aquellas que pueden ser felices porque pueden amarte.

Elredo de Rieval
El Espejo de la Caridad

viernes, 27 de febrero de 2015

San Gregorio de Narek


En el monasterio de Nerek, en Armenia, san Gregorio, monje, doctor de los armenios, ilustre por su doctrina, sus escritos y su sabiduría mística (1005).

Este aviso del Martirologio Romano para el día de hoy hay que ponerlo en relación con la noticia que acaba de llegar de Roma, referente a la decisión de inscribirlo en el catálogo de los Doctores de la Iglesia. El sábado 21 de febrero el Papa Francisco recibió en audiencia privada al Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, el Cardenal Angelo Amato, S.D.B. Durante el encuentro el Santo Padre confirmó la sentencia afirmativa de la Sesión Plenaria de los Cardenales y Obispos, miembros de este Dicasterio sobre el “título de Doctor de la Iglesia Universal” que será conferido próximamente a San Gregorio de Narek.

Se le supone nacido en Armenia hacia el 944, y murió en Narek, sobre el lago Van (Turquía), en 1010. Fue hijo del obispo de Ansevatsik, que se llamaba Cosroes. Desde muy pequeño lo tomó bajo su protección su tío materno, Ananías el Filósofo, que era abad del monasterio de Narek. Allí fue instruido de modo especial en el conocimiento de las Santas Escrituras, se distinguió por su rigor ascético, y por su espíritu de oración. Gregorio pasó toda su vida tras los muros del monasterio.

Después de ser ordenado sacerdote, lo hicieron formador de los novicios que deseaban entrar en la vida monástica. Su fama de santidad y sabiduría trascendió las paredes de Narek, pasó a los monasterios vecinos y se convirtió sin pretenderlo en reformador de monjes.

Por la envidia de su sabiduría, y debido también a la estricta observancia de las normas de vida conventual, se ganó la enemistad de algunos que abrieron contra él una auténtica persecución; le llegaron a acusar injustamente de herejía, y aquella campaña terminó con la deposición de sus cargos.

Es uno de los grandes poetas de la literatura universal. Su obra poético-literaria se encuentra dispersa en el extensísimo Libro de oraciones; sus más de veinte mil versos los compuso en poco más de tres años.

Cuenta el sinaxario armenio que los obispos desearon conocer la clase de herejía que profesaba Gregorio de Narek; comisionaron a dos monjes sabios de su total confianza para que se entrevistaran con él y descubrieran sus errores. Aquellos buenos delegados temían una entrevista formal con quien tenía fama de recto y sabio; prefirieron hacer otras cuentas y someterlo a una especie de juicio de Dios. Idearon hacerle un exquisito paté de pichón y dárselo a comer en cuaresma; el asunto consistía en que, si Gregorio se comía el paté, sería hereje; si lo rechazaba, demostraría su fidelidad a la doctrina.

Se refiere que, nada más verlos entrar en su celda, Gregorio dejó su oración, se puso en pié, abrió la ventana y dio unas palmadas en el aire, mientras gritaba a los pájaros: "Venid, pajaritos, a jugar con el pescado que se come hoy". Entendieron aquellos monjes que el modo de resolverse la trampa era testimonio más que evidente de su santidad, y tomaron buena cuenta de su inocencia, porque un hereje nunca hubiera podido realizar tal gesto.

jueves, 26 de febrero de 2015

El ecumenismo de la sangre cristiana derramada. Beato Aurelio Boix.


El Beato Aurelio Boix nació en Pueyo de Marguillén (provincia de Huesca y diócesis de Barbastro), el 2 de septiembre de 1914. Recibió en El Pueyo el hábito monástico el 12 de octubre de 1929, emitiendo los votos temporales, un año después, el 15 de octubre de 1930. De esta última celebración, recuerda el P. Ríos: “… que un buen grupo de seminaristas subieron al Monasterio para asistir y servir en la Misa, de los cuales no pocos murieron ejecutados”.

Y el 11 de julio de 1936, pocos días antes de estallar la contienda española, se hacía presente en El Pueyo, el Obispo de Barbastro, beato Florentino Asensio, acompañado de algunos sacerdotes, para asistir a la profesión solemne de D. Aurelio.

Es difícil condensar la figura de este joven monje. Ya de niño es descrito como “de gran vivacidad, alegre y muy estudioso. Muy pronto se complace en la traducción de los clásicos, pues además tenía una especial capacidad para retenerlos en la memoria.”


Pero nos llama más la atención cómo durante su Noviciado, muy joven aún, realiza interesantísimos apuntes de ascética y mística. Pacífico y jovial, comenzó su trabajo intelectual con verdadera vocación. Por ello, fue enviado a Roma a cursar los estudios de Filosofía en el Pontificio Ateneo benedictino de San Anselmo. Nos quedan de él muchos escritos, así como una abundante correspondencia. Tradujo del latín la obra de Dom Mauro Wolter, “La Vida Monástica”, editada posteriormente.

Es el único monje del que nos han quedado escritos realizados en la prisión, de gran valor, porque testifican su ideal martirial, su amor a Cristo, hecho vida entre los monjes. Hasta nosotros, han llegado varias cartas, fechadas el 9 de agosto de 1936, dirigidas a sus familiares, a sus profesores en Roma y a algunos monjes amigos, condiscípulos suyos en San Anselmo. De todas ellas transcribiremos únicamente, la que dirigió a sus padres y a su hermano Joaquín. A través de la misma podremos apreciar la reciedumbre y madurez cristianas de nuestro joven benedictino.


Aurelio, con los 21 años por cumplir, fue conducido a la muerte, atado, como todos, las manos a la espalda y codo con codo con el P. Raimundo Lladós, su confesor. ¡Podemos imaginarnos a ambos comunicándose el fervor y ofreciendo sus hermosas vidas a Cristo! De él conservamos varias cartas de despedida. Ésta es la que dirigió a sus padres y hermanos:


A mis queridos padres y hermano desde el convento de Padres Escolapios de Barbastro, a 9 de agosto de 1936. 

Padre, madre y hermano de mi corazón: si esta carta llega a sus manos, el portador de la misma les enterará de todo el proceso; yo me limito a unas líneas. Hace 18 días que estamos casi todos los del Pueyo detenidos en esta prisión. A pesar de las garantías que se nos dan, como medida de prevención, quiero dedicar unas palabras a los seres que me son más caros.

En noches anteriores se han fusilado unas 60 personas; entre ellas, muchos curas, algunos religiosos, tres canónigos y esta noche pasada al Sr. Obispo.

Conservo hasta el presente toda la serenidad de mi carácter, más aún, miro con simpatía el trance que se me acerca: considero una gracia especialísima dar mi vida en holocausto por una causa tan sagrada, por el único delito de ser religioso. Si Dios tiene a bien considerarme digno de tan gran merced, alégrense también ustedes, mis amadísimos padres y hermano, que a Vds. les cabe la gloria de tener un hijo y hermano mártir de su fe.

La única pena que tengo, humanamente hablando, es de no poder darles mi último beso. No les olvido y me atormenta el pensar las inquietudes que Vds. sufren por mí.
Ánimo, mis amadísimos padres y hermano, al lado de su aflicción surgirá siempre la gloria de las causas que motivaron mi muerte. Rueguen por mí, voy a mejor vida.

Padre mío amado: la entereza de su carácter me da la completa seguridad que su espíritu de fe le hará comprender la gracia que el Señor le otorga. Esto me anima muchísimo: le doy el beso más fuerte que le he dado en mi vida. Adiós, padre, hasta el cielo. Amén. 

Madre idolatrada: yo me alegro sólo al pensar la dignidad a que Dios quiere elevarla, haciéndola madre de un mártir. Ésta es la mejor garantía de que los dos hemos de ser eternamente felices. Al recuerdo de mi muerte acompañará siempre esta gran idea: “Un hijo muerto, pero mártir de la religión”. Que Dios no pueda imputarme más crimen que el que los hombres me imputan: ser discípulo de Cristo. Madre mía muy querida, adiós, adiós… hasta la eternidad. ¡Qué feliz soy!

Hermano mío muy caro: En poco tiempo, ¡qué dos gracias tan señaladas me concede mi buen Dios! ¡La profesión, holocausto absoluto…; el martirio, unión decisiva a mi Amor! ¿No soy un ser privilegiado? Esto es lo más íntimo que tengo que comunicarte. Las cartas adjuntas, al extranjero, envíalas con una relación extensa de mi prisión, etc., ya te pongo bien clara la dirección; certifícalas. El último beso, mi hermano, el más efusivo.

Mi despedida postrera a la familia son unas palabras de felicitación, tanto para mí como para Vds. Que Dios proteja siempre la familia que ahora agracia con un favor tan señalado.

Su hijo que les ama con un amor eterno. 
Aurelio Ángel.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Apotegmas de un monje a sí mismo


69.- Confía en el Señor. Monje, que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, confía siempre en el Señor. Tal vez no comprendas el cansancio que te asalta, las incertidumbres que te inquietan, las tentaciones que te derriban, tus propias traiciones y pecados; incluso puede que te hayas cansado de cobijarte a la sombra de la Cruz: no importa, confía en el Señor, no desesperes, no abandones tu combate, no busques otro refugio. Sólo desde la Cruz puede vislumbrarse el gozo de la Resurrección, sólo el confiado amor de Jesucristo en el poder de Dios Padre omnipotente logró rehacer lo que la debilidad del pecado humano y la maldad del dragón habían corrompido.

martes, 24 de febrero de 2015

Speculum Caritatis. El paladar del corazón te saborea porque eres dulce

2.- Suene, pues, oh Jesús, tu voz en mis oídos, para que mi corazón aprenda a amarte, para que te ame mi mente, para que te amen las mismas entrañas de mi alma. Adhiérase a ti en apretado abrazo lo más íntimo de mi corazón; a ti, mi único y sólo verdadero bien, mi dulce y deleitable alegría. Pero, ¿qué es el amor, Dios mío? Si no me engaño es una admirable delectación del alma, tanto más dulce cuanto es más puro, tanto más suave cuanto más sincero, tanto más alegre o gozoso cuanto más extenso y duradero. El paladar del corazón te saborea porque eres dulce; su ojo te contempla porque eres bueno; el corazón puede contenerte a pesar de que eres inmenso. Quien te ama te goza, y tanto más te goza cuanto más te ama, porque tú mismo eres amor, caridad.

Esta es aquella abundancia de tu casa en la que se embriagan de amor tus predilectos, perdiéndose a sí mismos para encontrarse en ti. Y, ¿cómo, Señor, sino amándote a ti totalmente? Te suplico, Señor, que descienda a mi alma una partecita siquiera de esa tu gran suavidad, para que con ella se torne dulce el pan de su desolada amargura. Guste de antemano algún pequeño sorbo de aquello que anhela, de aquello que ansía, de aquello por lo que suspira en esta su peregrinación. Pruébelo para que le dé hambre; bébalo para que de ello sienta sed, pues los que te coman tendrán todavía hambre y los que te beban aún tendrán sed. Se saciarán, sí, cuando aparezca tu gloria: cuando se manifiesta la gran abundancia de tu dulzura, que tienes escondida para los que te temen y no revelas sino a los que te aman.

Elredo de Rieval
El Espejo de la Caridad

lunes, 23 de febrero de 2015

Siloé - Los pasos del silencio 12

Este reportaje, ta vez, es un poco largo: dura algo más de una hora. Pero merece la pena verlo, por su profundidad, su interés y su belleza. Pertenece a la serie italiana Los pasos del silencio, dedicado a presentar diversas comunidades religiosas.

domingo, 22 de febrero de 2015

San Agustín. En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo

Fraga - Capitel de las Tentaciones de Cristo

Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, si invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.

Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra. O sea: «Esto que pido, lo pido desde los confines de la tierra», es decir, desde todas partes.

Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido. Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.

Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.

Este que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.

De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria.

Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.

San Agustín de Hipona
Comentario sobre el salmo 60 (2-3: CCL 39, 766)