miércoles, 22 de marzo de 2017

San Anselmo. Haz que te conozca, Señor.

Pietro Perugino
Yo te suplico, ¡oh Señor!, haz que te conozca, que te ame, a fin de que encuentre en ti toda mi alegría. Y si en este mundo no puedo alcanzar la plenitud de la dicha, que al menos crezca en mí cada día hasta ese momento deseado.

Que en esta vida cada instante me eleve más y más al conocimiento de ti mismo, y que en la vida futura este conocimiento sea perfecto; que aquí mi amor por ti aumente, que allí alcance su plenitud; que aquí mi alegría en esperanza sea cada vez mayor, que allí sea completa; en realidad, Señor, tú nos ordenas, nos aconsejas por tu Hijo que pidamos y nos prometes que recibiremos, a fin de que nuestro gozo sea perfecto.

Yo te lo pido, Señor, como nos lo aconsejas por boca del Maestro admirable que nos has dado: haz que reciba, como lo prometes por tu Verdad, a fin de que mi alegría sea llena. Yo pido: haz, ¡oh Dios fiel en tus promesas!, que yo reciba, para que mi alegría sea completa.

Y ahora, en medio de estos deseos y favores, que sea éste el objeto de las meditaciones de mi alma y de las palabras de mi lengua. Que sea eso lo que ame mi corazón, lo que hable mi boca. Que mi alma tenga hambre de esa felicidad; que mi cuerpo tenga sed; que mi sustancia entera la desee, hasta que entre la gloria del Señor, que es Dios trino y uno, bendito en todos los siglos. Así sea.

San Anselmo de Canterbury
Proslogion 26

domingo, 19 de marzo de 2017

San José y santa Teresa de Jesús

Santa Teresa de Jesús nos ha dejado valiosas pistas de la silenciosa aportación de san José a la vida monástica cristiana. El siguiente reportaje ahonda de forma breve y acertada en este aspecto.

sábado, 18 de marzo de 2017

San Cirilo de Jerusalén: Preparad limpios los vasos para recibir al Espíritu Santo

Alégrese el cielo, goce la tierra, por estos que van a ser rociados con el hisopo y purificados con el hisopo espiritual, por el poder de aquel que en su pasión bebió desde la cruz por medio de la caña de hisopo. Alégrense las virtudes de los cielos; y prepárense las almas que van a desposarse con el Esposo. Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor».

Comportaos, pues, rectamente, oh hijos de la justicia, recordando la exhortación de Juan: Allanad sus senderos: Retirad todos los estorbos e impedimentos para llegar directamente a la vida eterna. Por la fe sincera, preparad limpios los vasos de vuestra alma para recibir al Espíritu Santo. Comenzad por lavar vuestros vestidos con la penitencia, a fin de que os encuentren limpios, ya que habéis sido llamados al tálamo del Esposo.

El Esposo llama a todos sin distinción, pues su gracia es liberal y abundante; sus pregoneros reúnen a todos a grandes voces, pero luego él segrega a aquellos que no son dignos de entrar a las bodas, figura del bautismo.

Que ninguno de los inscritos tenga que oír aquella voz: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?

Ojalá que todos escuchéis aquellas palabras: Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu Señor.

Hasta ahora os habéis quedado fuera de la puerta, pero deseo que todos podáis decir: El rey me introdujo en su cámara. Me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas.

Que vuestra alma se encuentre sin mancha ni arruga, ni nada por el estilo; no digo antes de recibir la infusión de la gracia (¿para qué, entonces, habríais sido llamados a la remisión de los pecados?), pero sí que, cuando la gracia se os infunda, vuestra conciencia, estando libre de toda falta, concurra al efecto de la gracia.

El bautismo es algo sumamente valioso y debéis acercaros a él con la mejor preparación. Que cada uno se coloque ante la presencia de Dios, rodeado de todas las miradas de los ejércitos celestiales. El Espíritu Santo sellará vuestras almas, pues habéis sido elegidos para militar al servicio del gran rey.

Preparaos, pues, y disponeos para ello, no tanto con la blancura inmaculada de vuestra túnica, cuanto con un espíritu verdaderamente fervoroso.

Catequesis 3 (1-3: PG 33, 426-430)

martes, 14 de marzo de 2017

La confesión de los pecados


El sacramento de la penitencia es uno de los que más cambios ha sufrido a lo largo de su historia. De ser un proceso público de conversión, pasó al ámbito estrictamente privado. Durante los primeros siglos del Cristianismo, había una serie de pecados que, por su especial gravedad, provocaban la exclusión del pecador de la comunidad eclesial; para poder volver al seno de los creyentes, el bautizado tenía que inscribirse en una lista pública, y hacer una penitencia pública consistente en ayunos, vigilias y oraciones. Así, al llegar la Pascua, era reconciliado con la Iglesia. Pero esta penitencia solo podía realizarse una vez en la vida, por lo que muchas personas retrasan su bautismo hasta prácticamente el momento de la muerte, y evitar así lo enojoso de tal proceso penitencial.

Frente a esta penitencia pública, la influencia de la espiritualidad monástica fue creando un nuevo modo de reconciliación por los pecados, que es nuestra actual penitencia privada. Los monjes, siguiendo el consejo del Apóstol, se confesaban los pecados unos a otros; y el anciano espiritual, a través de esta revelación de la conciencia, ayudaba a su discípulo en el progreso espiritual. Esta penitencia se reiteraba cuantas veces fuera necesario, y no se restringía a un número limitado de pecados; de hecho, era un factor esencial en el reconocimiento de la multiforme manifestación del pecado, y en el combate del monje contra las diversas fuerzas del mal.

Esta forma de penitencia privada saltó fuera del ámbito monástica, y se impuso a la generalidad de los fieles, tanto en Oriente como en Occidente. Por fin, en el Concilio de Trente, se reguló de forma definitiva la forma de su celebración, y desde entonces se impuso su celebración en los confesionarios que fueron instalados en las iglesias.

Desde hace décadas esta forma de celebración del sacramento, y la penitencia en sí misma, ha entrado en crisis y, en en gran medida, ha dejado de celebrarse con la frecuencia con que se celebraba. Desde luego, no sólo estamos hablando de una crisis en la forma de la celebración, sino del entero concepto de pecado y de reconciliación. Hoy nos creemos más adultos, y rechazamos el que todo sea pecado; ha entrado en crisis, en sí mismo, el concepto de pecado, y hemos perdido gran parte de la sensibilidad hacia el mal y sus consecuencias. Por eso, en consecuencia, apenas celebramos este sacramento que nos reconcilia con Dios.

De hecho, hasta en la vida monástica actual ha descendido en cantidad y en calidad esta celebración de la penitencia. Cuando, de hecho, sigue siendo una forma esencial de reconocer el poder del pecado y, humildemente, luchar contra ella. No se trata de vivir apresado por un moralismo estrecho, en un escrúpulo constante por las faltas cometidas; pero tampoco es posible ignorar los estragos que en nosotros hace el mal a través de una periódica revisión de la propia conciencia y de la humilde manifestación del propio pecado.