martes, 30 de septiembre de 2014

La soledad sonora: Monjes Jerónimos (1)

Celebramos hoy la memoria de san Jerónimo, cuya figura se encuentra especialmente ligada a una orden monástica típicamente hispana: la de los jerónimos, de ilustre pasado en nuestro país. Vamos a ver un reportaje dividido en tres entregas, realizado por ellos mismos.

lunes, 29 de septiembre de 2014

San Teodoro Studita


Caminamos juntos en un solo espíritu
hacia lo que es verdaderamente nuestro único deseo,
la única meta de nuestro impulso:
servir al Señor y complacerlo,
como en un nuevo Paraíso, en esta vida angélica.
Ahí está todo el don de Dios.
Nuestra alegría, nuestro alimento,
el objeto de nuestro celo y cuidado
es encontrar los medios de agradar al Señor.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Apotegmas de un monje a sí mismo

Antonio de Pereda. El sueño del caballero

51.- Vanidad. Monje, mira lo que fue, y considera a la luz de la Sabiduría lo que será. Tu hoy pasa pronto y se olvida como el ayer, y el mañana vendrá para no quedarse. Todo lo terrenal es efímero; no fíes, pues, tu vida, a lo transitorio. Piensa en quien te dijo: Yo soy la Vida. Sólo él, resucitado, permanece para siempre. La única Verdad es él, sin sombra de contingencia ni de error. Todo lo demás, simplemente, es vanidad.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Escritos del santo Hermano Rafael - 31 -


14 de abril de 1938 - Jueves Santo

Hoy ha sido un día feliz para mi. En la santa comunión he prometido no abandonar al Señor en estos días de su sagrada Pasión. Siempre junto a mí; muy dentro de mi corazón, y muy unido a los sufrimientos de tu Cruz. Jesús mío, no permitas que me aparte de Ti. ¡Dulce Jesús mío, cuánto te quiero!

Al acercarme a comulgar, me acordaba del apóstol san Juan, a quien dejaste reclinar sobre tu pecho durante la Cena. ¿Acaso tengo yo que envidiarle? Si sus virtudes, pero no tu amor...

Jesús mío, yo no soy digno, bien lo sabes y, sin embargo, también me dejas descansar junto a tu Corazón divino como al discípulo amado. Yo te prometo quererte mucho, como nadie en la comunidad, más que todos juntos, y no abandonarte en tus dolores y en tu Pasión sacratísima.

Virgen María, ayúdame a ser fiel a mi buen Jesús.

Ya pasó el día... Un día más en la cuenta final, y un día menos en el destierro de la vida... Ya pasó el día de Jueves Santo y con él, el consuelo de haberlo vivido por Dios y con Dios. ¿Cómo será el mañana?... Tengo miedo. Desconfío de mí mismo. Tengo mucho miedo al verme tan feliz con Jesús, y sólo con Jesús.

¡He sufrido tanto desde hace cuatro años! ¡He tenido mi alma desgarrada tanto tiempo!..., que ahora el ver que aquello fue necesario para esto..., tengo miedo y no sé a que.

No es al sufrimiento, a eso no es. No tengo miedo a nada que de los hombres pueda venirme, pero después de haber tenido a Dios..., tengo miedo a perderle. ¡Se vive tan bien así!

Hoy, día de Jueves Santo, día en que el Señor se reunió con sus discípulos y les prometió quedarse con ellos para siempre, yo también en mi pequeñez, me acerqué a Jesús, pidiéndole que conmigo se quedara, y me admitiera a su mesa, y me permitiera vivir con El, y seguirle a todas partes como una sombra...

Le pedí a Jesús me permitiera reclinar mi cabeza sobre su pecho como san Juan... Le pedí que de mí no se apartara aunque me viera débil y miserable... Le pedí escuchara mis súplicas... Recorrí el mundo entero enseñando a Jesús todo lo que quería que remediase: España..., la guerra..., mis hermanos, tantos corazones a quien quiero..., mis padres..., ¿qué sé yo?

Todo se lo enseñé a Jesús y le dije: Señor, tómame a mí y date Tú al mundo. Reparte lo que a mí me das... Déjame repartir el tesoro que yo tengo entre los necesitados del mundo... ¡son tantos!... Déjame a mi, pobre contigo..., nada quiero más que tu amor, tu amistad..., tu compañía..., acéptame, Señor, tal como soy, enfermo, inútil, disipado y negligente.

Y el Señor me escuchó... Sentí su amor muy adentro, muy profundo... Vi mi inmenso tesoro y temo perderle.

¿Qué hacer?... No sé..., oigo a los hombres hablar, discutir... Les veo con sus afanes, pegados a la tierra..., nadie habla de Dios... Todo es ruido aun en la Trapa.

Quisiera, Señor, no vivir, para no turbar las ansias de amor que padece mi alma..., pues el que más ruido mete soy yo... Agarrado a mi crucifijo, quisiera morir.

Todo me da en rostro... ¡Sólo Tú, Señor...! ¡sólo Tú!

¡Qué miedo tengo de perderte, mi buen Dios! Veo lo que me quieres, pero también veo lo que yo soy, y lo que he sido.

¡Qué bien se vive contigo! Si el mundo supiera!

Mañana Viernes Santo... estaré junto a tu Cruz. No me importa el no recibirte mañana en la comunión porque hoy concerté contigo en que no me separaría de Ti, y Tú pareciste complacido en ello; la comunión de hoy me servirá para hoy y para mañana.

¡Ay! que no sé escribir, y si escribo diría locuras... Será mejor que me calle.

jueves, 25 de septiembre de 2014

San Juan Pablo II sobre san Sergio de Radonez


En estos días la Iglesia ortodoxa rusa festeja el sexto centenario de la muerte de san Sergio de Radoneż, considerado gran maestro de la vida monástica rusa y protector de Rusia. Además de trabajar por la difusión del monaquismo y de la santidad en la vida monástica, se convirtió en heraldo de los valores cristianos en ese país, amenazado entonces por discordias internas y peligros externos.

Compartimos el gozo de esa amada Iglesia, que recuerda a un gran santo, que ha revestido tanta importancia en su historia. Nacido en torno al año 1314, san Sergio, a la edad de veinte años, siguiendo el ejemplo de los santos padres del desierto, sintió el deseo de llevar una vida solitaria y se refugió en un bosque cerca de Radoneż, el pueblo donde nació. Sus largas horas dedicadas a la oración, sus victorias en los combates espirituales, así como su austeridad de vida, le hicieron adquirir una madurez espiritual, de la que tuvo noticia la población de aquellos lugares, que acudía en gran número y desde diversas partes para vivir con él la vida monástica, en la total renuncio a los bienes materiales, siguiendo al Señor que, de rico que era, se hizo pobre para enriquecer a todos con su pobreza.

Como san Francisco de Asís, santo al que muchos hagiógrafos lo han comparado y cuya fiesta celebramos hoy, san Sergio trabajaba con empeño no sólo al servicio de la Iglesia, sino también al de la sociedad, oponiéndose al egoísmo y a los intereses privados y difundiendo la paz y el amor de Cristo.

Sus restos mortales se veneran en la iglesia de la Santísima Trinidad, lugar en que comenzó su itinerario de fe. A lo largo de los siglos ese lugar ha sido y sigue siendo un importante centro de la espiritualidad rusa. En los últimos decenios su importancia ha aumentado gracias a la presencia de un seminario y una facultad teológica de la Iglesia ortodoxa rusa.

Oremos para que todos los cristianos de Rusia, hermanos en Cristo, también por intercesión de san Sergio, contribuyan al progreso espiritual de la sociedad en que están llamados a testimoniar el evangelio de la salvación.

San Juan Pablo II
Ángelus de 4 de octubre de 1992

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Valaam. Un oasis de Belleza.


"Valaam. Archipiélago de los monjes." Se trata de un documental emitido por la KTO 26 de Noviembre 2012, de una belleza increíble: la belleza de la naturaleza (Valaam es un archipiélago situado en el noreste del lago Ladoga, Karelia en Rusia, y se compone de cerca de 50 islas deshabitadas en su mayoría); la belleza y la simplicidad de la vida de los monjes que, en diciembre de 1989, han dado nueva vida después de los oscuros años del régimen comunista, al antiguo monasterio; celestial belleza de su canto, canción de amor a su Divino Esposo; profunda belleza de sus palabras ("La vida del monje consiste en dilatar el corazón para acoger a todos: cada uno con su propio castigo, cada uno con su cruz, cada uno con su dolor, a ejemplo de Cristo. Eco vibrante belleza de la fe cristiana.

martes, 23 de septiembre de 2014

Homilía de San Juan Pablo II en la Canonización del Padre Pío (16 de junio de 2002)


1. «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mateo 11, 30).

Las palabras de Jesús a los discípulos, que acabamos de escuchar, nos ayudan a comprender el mensaje más importante de esta celebración. Podemos, de hecho, considerarlas en un cierto sentido como una magnífica síntesis de toda la existencia del padre Pío de Pietrelcina, hoy proclamado santo.

La imagen evangélica del «yugo» evoca las muchas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán dulce es el «yugo» de Cristo y cuán ligera es su carga, cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se adentra en perspectivas de un bien más grande, solamente conocido por el Señor.


2. «En cuanto a mí... ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gálatas 6, 14).

¿No es quizá precisamente la «gloria de la Cruz» la que más resplandece en el padre Pío? ¡Qué actual es la espiritualidad de la Cruz vivida por el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza. En toda su existencia, buscó siempre una mayor conformidad con el Crucificado, teniendo una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de manera peculiar con la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la Cruz, no se puede comprender su santidad.

En el plan de Dios, la Cruz constituye el auténtico instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino explícitamente propuesto por el Señor a cuantos quieren seguirle (Cf. Marcos 16, 24). Lo comprendió bien el santo fraile de Gargano, quien, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribía: «Para alcanzar nuestro último fin hay que seguir al divino Jefe, quien quiere llevar al alma elegida por un solo camino, el camino que él siguió, el de la abnegación y la Cruz» («Epistolario» II, p. 155).


3. «Yo soy el Señor que actúa con misericordia» (Jeremías 9, 23).

El padre Pío ha sido generoso dispensador de la misericordia divina, ofreciendo su disponibilidad a todos, a través de la acogida, la dirección espiritual, y especialmente a través de la administración del sacramento de la Penitencia. El ministerio del confesionario, que constituye uno de los rasgos característicos de su apostolado, atraía innumerables muchedumbres de fieles al Convento de San Giovanni Rotondo. Incluso cuando el singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, éstos, una vez tomada conciencia de la gravedad del pecado, y sinceramente arrepentidos, casi siempre regresaban para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Que su ejemplo anime a los sacerdotes a cumplir con alegría y asiduidad este ministerio, tan importante hoy, como he querido confirmar en la Carta a los Sacerdotes con motivo del pasado Jueves Santo.


4. «Tú eres, Señor, mi único bien».

Es lo que hemos cantado en el Salmo Responsorial. Con estas palabras, el nuevo santo nos invita a poner a Dios por encima de todo, a considerarlo como nuestro sumo y único bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz profunda de tanta fecundidad espiritual, se encuentra en esa íntima y constante unión con Dios que testimoniaban elocuentemente las largas horas transcurridas en oración. Le gustaba repetir: «Soy un pobre fraile que reza», convencido de que «la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios». Esta característica fundamental de su espiritualidad continua en los «Grupos de Oración» que él fundo, y que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. El padre Pío unía a la oración una intensa actividad caritativa de la que es expresión extraordinaria la «Casa de Alivio del Sufrimiento». Oración y caridad, esta es una síntesis sumamente concreta de la enseñanza del padre Pío, que hoy vuelve a proponerse a todos.

5. «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque... estas cosas... las has revelado a los pequeños» (Mateo 11, 25).

Qué apropiadas parecen estas palabras de Jesús, cuando se te aplican a ti, humilde y amado, padre Pío.

Enséñanos también a nosotros, te pedimos, la humildad del corazón para formar parte de los pequeños del Evangelio, a quienes el Padre les ha prometido revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a rezar sin cansarnos nunca, seguros de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Danos una mirada de fe capaz de capaz de reconocer con prontitud en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.

Apóyanos en la hora del combate y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.

Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y nuestra.

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria bienaventurada, donde esperamos llegar también nosotros para contemplar para siempre la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Amén!

lunes, 22 de septiembre de 2014

San Anselmo. Exhortación a la contemplación de Dios - 1 -


¡Oh hombre, lleno de miseria y debilidad!, sal un momento de tus ocupaciones habituales; ensimísmate un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos; arroja lejos de ti las preocupaciones agobiadoras, aparta de ti tus trabajosas inquietudes. Busca, a Dios un momento, sí, descansa siquiera un momento en su seno. Entra en el santuario de tu alma, apártate de todo, excepto de Dios y lo que puede ayudarte a alcanzarle; búscale en el silencio de tu soledad. ¡Oh corazón mío!, di con todas tus fuerzas, di a Dios: Busco tu rostro, busco tu rostro, ¡oh Señor!

Y ahora, ¡oh Señor, Dios mío! , enseña a mi corazón dónde y cómo te encontrará, dónde y cómo tiene que buscarte. Si no estás en mí, ¡oh Señor!, si estás ausente, ¿dónde te encontraré? Desde luego habitas una luz inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa luz inaccesible? ¿Cómo me aproximaré a ella? ¿Quién me guiará, quién me introducirá en esa morada de luz? ¿Quién hará que allí te contemple? ¿Por qué signos, bajo qué forma te buscaré? Nunca te he visto, Señor Dios mío; no conozco tu rostro. ¿Qué hará, Señor omnipotente, este tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, atormentado con el amor de tus perfecciones y arrojado lejos de tu presencia? Fatígase intentando verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro. Señor, tú eres mi Dios, tú eres mi maestro, y nunca te he visto. Tú me has creado y rescatado, tú me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Finalmente, he sido creado para verte, y todavía no he alcanzado este fin de mi nacimiento.

San Anselmo de Canterbury
Proslogion. Capítulo I

sábado, 20 de septiembre de 2014

Apotegmas de un monje a sí mismo


50.- Salmodiar con el corazón. Monje, ¿cómo avanzar en la oración cuando salmodias? No por recitar salmos todos los días avanzarás en la oración, si no tienes presente y consideras con todo el ahínco de tu corazón el misterio que esconden: Cristo, el Verbo eterno, que asume nuestra debilidad y se convierte en la cabeza de todo el cuerpo, que es su Iglesia, y suplica al Padre en ella, con ella y por ella. Saborea así cada verso, como si Cristo lo estuviera recitando, y únete de todo corazón a él

viernes, 19 de septiembre de 2014

Escritos del santo Hermano Rafael - 30 -


13 de abril de 1938 - Miércoles Santo

Queridísimo Jesús, Dios mío. Veo, Señor, que no hago nada en tu servicio. Temo perder el tiempo... Se me pasan las horas, los días y los meses, y todo son buenas palabras y buenos deseos, pero las obras no aparecen.

Hoy, Señor, durante la santa Misa, veía mi gran inutilidad y consideraba como siempre en tus grandes beneficios... Veía tu inmensa piedad para conmigo que me permitía asistir al santo sacrificio, un día y otro, y yo como un bobo. ¿Cuándo empezaré, Jesús mío, a servirte de veras?...

Siempre estoy empezando, y nunca veo que haga nada. Sigo una vida regalada, cómoda e inmortificada... En parte (nada más que en parte), porque no me dejan los superiores, y en parte (la mayor parte), porque yo no me decido, y la austeridad me asusta, resulta que ni soy seglar porque vivo en religión, ni soy religioso, porque vivo como un seglar... ¿Qué soy, pues, Dios mío?... No lo sé, y a veces cuando en esto pienso, me parece que no me importa ser lo que sea..., pero lo que sí me importa y me preocupa, es el que de una manera o de otra, no me ocupo lo que debo en mortificarme, en renunciarme a mi mismo, en vivir más para Ti que para los demás o para mí.

Busco muchas comodidades... Estoy aún muy pegado a mis gustos y opiniones... Aún muchas veces me veo aquel Rafael del siglo, presumido, vanidoso, criticón, cuya única vida era la mesa, el vestido y el vicio... ¡Ah! Señor, cuando me acuerdo..., dejemos eso por hoy.

Señor mío veo que ahora no hago, quizás, nada malo, pero seguramente tampoco nada bueno... Mi vida es la de un bobo en un monasterio. Ni sirvo a Dios corporalmente ni espiritualmente. Todo se reduce a decir: qué bueno es Dios, cuánto le quiero, cómo me quiere Él a mi..., y a caérseme la baba, como vulgarmente se dice.

Cuando pienso en mi inutilidad verdaderamente me apuro. ¡Es tanto lo que le debo a Dios!

Ni hago bien la oración, ni la meditación, ni la lectura; en el trabajo..., apenas trabajo. Cuando como y duermo, no hago más que eso... comer y dormir como un animalito. Y así no puedo seguir..., no debo seguir. Mas ¿qué he de hacer? Inútil y enfermo... Pobre hermano Rafael, bástete purificar la intención en todo momento, y en todo momento amar a Dios; hacerlo todo por amor y con amor... El hecho en si no es nada, y nada vale. Lo que vale es la manera de hacerlo... ¿Cuándo comprenderás esto? Qué torpe eres.

¿Cuándo comprenderás que la virtud no está en comer cebolla, sino en comer cebolla por amor a Dios? ¿Cuándo comprenderás que la santidad no está en hacer actos externos, sino en la intención interna de un acto cualquiera?... Si lo sabes, ¿por qué no lo practicas?

Ya lo hago, Señor, pero lo hago mal. No tengo humildad y quisiera hacer lo que es mi capricho..., buscar lo que es mi voluntad aun en la penitencia...

Dios mío, Dios mío, ayúdame a cumplir humildemente tu voluntad. Ayúdame a servirte, amando mi propia flaqueza e inutilidad... Señor, Señor, mira mi intención y purifícala Tú.

¿Qué podré hacer yo sin Ti? Aunque me degüelle vivo a fuerza de penitencia, ¿qué vale si Tú no lo quieres y yo pongo vanidad y gusto propio en ello?

Sea, Señor, lo que Tú quieras de mi, pero mira Jesús mío, no permitas que el demonio me engañe. Muéstrame lo que quieres, para que yo lo haga, y dame espíritu humilde para verlo y cumplirlo. No permitas, Jesús mío, que rechace tus divinas insinuaciones.

Yo comprendo que algo más de lo que hago puedo hacer y que Tú lo aceptarás.

¡Dame fuerzas, Virgen María!

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Benedicto XVI. Santa Hildegarda


Las visiones místicas de Hildegarda se parecen a las de los profetas del Antiguo Testamento: expresándose con las categorías culturales y religiosas de su tiempo, interpretaba las Sagradas Escrituras a la luz de Dios, aplicándolas a las distintas circunstancias de la vida. Así, todos los que la escuchaban se sentían exhortados a practicar un estilo de vida cristiana coherente y comprometido. En una carta a san Bernardo, la mística renana confiesa: «La visión impregna todo mi ser: no veo con los ojos del cuerpo, sino que se me aparece en el espíritu de los misterios… Conozco el significado profundo de lo que está expuesto en el Salterio, en los Evangelios y en otros libros, que se me muestran en la visión. Esta arde como una llama en mi pecho y en mi alma, y me enseña a comprender profundamente el texto».

Las visiones místicas de Hildegarda son ricas en contenidos teológicos. Hacen referencia a los principales acontecimientos de la historia de la salvación, y usan un lenguaje principalmente poético y simbólico. Por ejemplo, en su obra más famosa, titulada Scivias, es decir, «Conoce los caminos», resume en treinta y cinco visiones los acontecimientos de la historia de la salvación, desde la creación del mundo hasta el fin de los tiempos. Con los rasgos característicos de la sensibilidad femenina, Hildegarda, precisamente en la sección central de su obra, desarrolla el tema del matrimonio místico entre Dios y la humanidad realizado en la Encarnación. En el árbol de la cruz se llevan a cabo las nupcias del Hijo de Dios con la Iglesia, su esposa, colmada de gracias y capaz de dar a Dios nuevos hijos, en el amor del Espíritu Santo.

Ya por estas breves alusiones vemos cómo también la teología puede recibir una contribución peculiar de las mujeres, porque son capaces de hablar de Dios y de los misterios de la fe con su peculiar inteligencia y sensibilidad. Por eso, aliento a todas aquellas que desempeñan este servicio a llevarlo a cabo con un profundo espíritu eclesial, alimentando su reflexión con la oración y mirando a la gran riqueza, todavía en parte inexplorada, de la tradición mística medieval, sobre todo a la representada por modelos luminosos, como Hildegarda de Bingen.

La mística renana también es autora de otros escritos, dos de los cuales particularmente importantes porque refieren, como el Scivias, sus visiones místicas: son el Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida) y el Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas), también denominado De operatione Dei. En el primero se describe una única y poderosa visión de Dios que vivifica el cosmos con su fuerza y con su luz. Hildegarda subraya la profunda relación entre el hombre y Dios, y nos recuerda que toda la creación, cuyo vértice es el hombre, recibe vida de la Trinidad. El escrito se centra en la relación entre virtudes y vicios, por lo que el ser humano debe afrontar diariamente el desafío de los vicios, que lo alejan en el camino hacia Dios, y las virtudes, que lo favorecen. La invitación es a alejarse del mal para glorificar a Dios y para entrar, después de una existencia virtuosa, en una vida «toda llena de alegría». En la segunda obra, que muchos consideran su obra maestra, describe también la creación en su relación con Dios y la centralidad del hombre, manifestando un fuerte cristocentrismo de sabor bíblico-patrístico. La santa, que presenta cinco visiones inspiradas en el prólogo del Evangelio de san Juan, refiere las palabras que el Hijo dirige al Padre: «Toda la obra que tú has querido y que me has confiado, yo la he llevado a buen fin; yo estoy en ti, y tú en mí, y somos uno».

En otros escritos, por último, Hildegarda manifiesta la versatilidad de intereses y la vivacidad cultural de los monasterios femeninos de la Edad Media, contrariamente a los prejuicios que todavía pesan sobre aquella época. Hildegarda se ocupó de medicina y de ciencias naturales, así como de música, al estar dotada de talento artístico. Compuso también himnos, antífonas y cantos, recogidos bajo el título Symphonia Harmoniae Caelestium Revelationum (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales), que se ejecutaban con gran alegría en sus monasterios, difundiendo un clima de serenidad, y que han llegado hasta nosotros. Para ella, toda la creación es una sinfonía del Espíritu Santo, que en sí mismo es alegría y júbilo.

La popularidad que rodeaba a Hildegarda impulsaba a muchas personas a interpelarla. Por este motivo, disponemos de numerosas cartas suyas. A ella se dirigían comunidades monásticas masculinas y femeninas, obispos y abades. Muchas respuestas siguen siendo válidas también para nosotros. Por ejemplo, a una comunidad religiosa femenina Hildegarda escribía así: «La vida espiritual debe cuidarse con gran esmero. Al inicio implica duro esfuerzo, pues exige la renuncia a los caprichos, al placer de la carne y a otras cosas semejantes. Pero si se deja fascinar por la santidad, un alma santa encontrará dulce y amoroso incluso el desprecio del mundo. Sólo es preciso prestar inteligentemente atención a que el alma no se marchite». Y cuando el emperador Federico Barbarroja causó un cisma eclesial oponiendo nada menos que tres antipapas al Papa legítimo Alejandro III, Hildegarda, inspirada en sus visiones, no dudó en recordarle que también él, el emperador, estaba sujeto al juicio de Dios. Con la audacia que caracteriza a todo profeta, ella escribió al emperador estas palabras de parte de Dios: «¡Ay de esta malvada conducta de los impíos que me desprecian! ¡Escucha, oh rey, si quieres vivir! De lo contrario, mi espada te traspasará» .

Con su autoridad espiritual, en los últimos años de su vida Hildegarda viajó, pese a su avanzada edad y a las condiciones difíciles de los desplazamientos, para hablar de Dios a la gente. Todos la escuchaban de buen grado, incluso cuando usaba un tono severo: la consideraban una mensajera enviada por Dios. Exhortaba sobre todo a las comunidades monásticas y al clero a una vida conforme a su vocación. En particular, Hildegarda contrastó el movimiento de los cátaros alemanes. Estos —cátaros literalmente significa «puros»— propugnaban una reforma radical de la Iglesia, sobre todo para combatir los abusos del clero. Ella les reprochó duramente que quisieran subvertir la naturaleza misma de la Iglesia, recordándoles que una verdadera renovación de la comunidad eclesial no se obtiene con el cambio de las estructuras, sino con un sincero espíritu de penitencia y un camino activo de conversión. Este es un mensaje que no deberíamos olvidar nunca. Invoquemos siempre al Espíritu Santo, a fin de que suscite en la Iglesia mujeres santas y valientes, como santa Hildegarda de Bingen, que, valorizando los dones recibidos de Dios, den su valiosa y peculiar contribución al crecimiento espiritual de nuestras comunidades y de la Iglesia en nuestro tiempo.

Benedicto XVI
Audiencia General - 8 de septiembre de 2010

lunes, 15 de septiembre de 2014

Sermón de san Bernardo sobre los Dolores de la Virgen

Dieric Bouts - Mater Dolorosa

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María– una espada te traspasará el alma.

En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?

No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

San Bernardo de Claraval
Sermón, domingo infraoctava de la Asunción

domingo, 14 de septiembre de 2014

sábado, 13 de septiembre de 2014

Himno a la Virgen de los Monjes de Valaam

En este día de san Juan Crisóstomos, marchamos hasta las tierras de Rusia para escuchar a los monjes del Monasterio de Valaam cantando un Himno a la Madre de Dios venerada en la Iglesia de San Nectario de Egina.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Escritos del santo Hermano Rafael - 29 -


12 de abril de 1938 - Martes Santo

Sólo en Dios encuentro lo que busco, y lo encuentro en tanta abundancia, que no me importa no hallar en los hombres aquello que algún día fue mi ilusión, ilusión que ya paso...

Busqué la «verdad» y no la hallé. Busqué la «caridad» y sólo vi en los hombres algunas chispitas que no llenaron mi corazón sediento de ella... Busqué la paz y vi que no hay paz en la tierra.

Ya la ilusión pasó, pasó suavemente, sin darme cuenta... El Señor que es quien me engañó para llevarme hacia sí, me lo hizo ver...

Ahora ¡qué feliz soy! ¿Qué buscas entre los hombres?, me dice... ¿Qué buscas en la tierra en la que eres peregrino? ¿Qué paz es la que deseas?... ¡Qué bueno es el Señor que de la vanidad y de la criatura me aparta!

Ahora ya veo claramente que en Dios está la verdadera paz..., que en Jesús está la verdadera caridad..., que Cristo es la única Verdad.

Hoy en la santa comunión, cuando tenía a Jesús en mi pecho, mi alma nadaba en la enorme e inmensa alegría de poseer la Verdad... Me veía dueño de Dios, y Dios dueño de mi... Nada deseaba más que amar profundísimamente a este Señor que en su inmensa bondad consolaba mi corazón sediento de algo que yo no sabía lo que era y que en la criatura buscaba en vano, y el Señor me hace comprender, sin ruido de palabras, que lo que mi alma desea es El... Que la Verdad, la Vida y el Amor es El... Y que teniéndole a El... ¿qué busco, qué pido..., qué quiero?

Nada, Señor..., el mundo es pequeño para contener lo que Tú me das. ¿Quién podrá explicar lo que es poseer la suma Verdad? ¿Quién tendrá palabras bastantes para decir lo que es: nada deseo, pues tengo a Dios?

Mi alma casi llora de alegría... ¿Quién soy yo, Señor? ¿Dónde pondré mi tesoro, para que no se manche? ¿Cómo es posible que viva tranquilo, sin temor a que me lo roben? ¿Qué hará mi alma para agradarte?

¡Pobre hermano Rafael, que tendrás que responder delante de Dios a tanto beneficio como aquí te hace! Tienes un corazón de piedra, que no lloras tantas ingratitudes y tantos desprecios a la divina gracia.

Vivo, Señor mío, enfangado en mis propias miserias, y al mismo tiempo, no sueño ni vivo más que para Ti. ¿Cómo se entiende esto? Vivo sediento de Ti... Lloro mi destierro, sueño con el cielo; mi alma suspira por Jesús en quien ve su Tesoro, su Vida, su único Amor; nada espero de los hombres... Te amo con locura, Jesús mío y, sin embargo, como, río, duermo, hablo, estudio, y vivo entre los hombres sin hacer locuras, y aún me avergüenza verlo..., busco mis comodidades. ¿Cómo se explica esto, Señor?

¿Cómo es posible que Tú pongas tu gracia en mi? Si en algo correspondiera..., quizás me lo explicara.

Jesús mío, perdóname..., debía ser santo, y no lo soy. ¿Y era yo, el que antes se escandalizaba de algunas miserias de los hombres? ¿Yo?... qué absurdo.

Ya que me has dado luz para ver y comprender, dame, Señor, un corazón muy grande, muy grande para amar a esos hombres que son hijos tuyos, hermanos míos en los cuales mi enorme soberbia veía faltas, y en cambio n d me veía a mí mismo.

¿Si al último de ellos le hubieras dado lo que a mi?. Mas Tú lo haces todo bien... Mi alma llora sus antiguas mañas, sus antiguas costumbres... Ya no busca la perfección en el hombre..., ya no llora el no encontrar donde descansar..., ya lo tiene todo.

Tú, mi Dios, eres el que llena mi alma; Tú mi alegría; Tú mi paz y mi sosiego, Tú. Señor, eres mi refugio, mi fortaleza, mi vida, mi luz, mi consuelo, mi única Verdad y mi único Amor. ¡Soy feliz, lo tengo todo!

Cuánta suavidad me inunda al pensar en estos profundísimos favores que Jesús me hace. Cómo se inunda mi alma de caridad verdadera hacia el hombre, hacia el hermano débil, enfermo... Cómo comprende y con qué dulzura disculpa la flaqueza que antes al verla en el prójimo la hacia sufrir... ¡Ah! si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo.

Al amar a Jesús, al amar a Cristo, también forzosamente se ama lo que Él ama. ¿Acaso no murió Jesús de amor por los hombres? Pues al transformar nuestro corazón en el de Cristo, también sentimos y notamos sus efectos... Y el más grande de todos es el amor.... el amor a la voluntad del Padre, el amor a todo el mundo, que sufre, que padece... Es el padre, el hermano lejano, sea inglés, japonés o trapense; el amor a María... En fin. ¿quién podrá comprender el Corazón de Cristo? Nadie, pero chispitas de ese Corazón hay quien las tiene..., muy ocultas..., muy en silencio, sin que el mundo se entere.

Jesús mío, qué bueno eres. Tú lo haces todo maravillosamente bien. Tú me enseñas el camino; Tú me enseñas el fin.

El camino es la dulce Cruz..., es el sacrificio, la renuncia, a veces la batalla sangrienta que se resuelve en lágrimas en el Calvario, o en el Huerto de los Olivos; el camino, Señor, es ser el último, el enfermo, el pobre oblato trapense que a veces sufre junto a tu Cruz.

Pero no importa; al contrario..., la suavidad del dolor sólo se goza sufriendo humildemente por Ti.

Las lágrimas junto a tu Cruz, son un bálsamo en esta vida de continua renuncia y sacrificio; y los sacrificios y renuncias son agradables y fáciles, cuando anima en el alma la caridad, la fe y la esperanza.

He aquí cómo Tú transformas las espinas en rosas. Mas ¿y el fin?... El fin eres Tú, y nada más que Tú... El fin es la eterna posesión de Ti allá en el cielo con Jesús, con María, con todos los ángeles y santos. Pero eso será allá en el cielo. Y para animar a los flacos, a los débiles y pusilánimes como yo, a veces te muestras al corazón y le dices..., ¿qué buscas? ¿qué quieres? ¿a quién llamas?... Toma, mira lo que soy... Yo soy la Verdad y la Vida.

Y entonces derramas en el alma delicias que el mundo ignora y no comprende. Entonces, Señor, llenas el alma de tus siervos de dulzuras inefables que se rumian en silencio, que apenas el hombre se atreve a explicar...

Jesús mío, cuánto te quiero, a pesar de lo que soy..., y cuanto peor soy y más miserable, más te quiero..., y te querré siempre y me agarraré a Ti y no te soltaré, y... no sé lo que iba a decir.

¡Virgen María ayúdame!

jueves, 11 de septiembre de 2014

Entrevista al monje de Silos Víctor Márquez

He encontrado hoy esta entrevista de la Televisión de Castilla y León al P. Víctor Márquez, con ocasión de la publicación de su cuarto libro: "La santidad de lo cotidiano". 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Monte Athos. Monasterio de Iviron


El Monasterio de Iviron (en griego: Μονή Ιβήρων, Georgiano: ივერთა მონასტერი) es el tercer monasterio de la jerarquía de los monasterios de la Montaña Sagrada, es decir, del Monte Athos.


El Monasterio toma el nombre de sus fundadores, entre los años 980 y 983: dos monjes georgianos (en griego, Ibiron), Ioannis y Efthymios. La tradición dice que la Virgen María visitó este lugar con su hijo y ella le pidió el lugar como regalo. Este es el motivo por el que este lugar, así como todo el Monte Athos, es muy devoto a la Virgen (Panagia). Está dedicado a la Asunción de la Madre de Dios que se celebra el 15 de agosto en el calendario gregoriano y el 28 de agosto en el calendario juliano.


Iviron era un importante centro de la cultura georgiana cristiana, principalmente debido a las más de 160 traducciones que realizó san Eutimio (muerto en 1028). Después de la invasión de los mongoles en 1326, los contactos entre Georgia y el Monasterio cesaron. De hecho, en 1355 el griego era el idioma utilizado en el monasterio. La biblioteca cuenta con dos mil manuscritos, entre ellos gran cantidad en georgiana, lo que testimonia su gran tradición cultural. Hoy en día, la comunidad del monasterio está formada por más de 70 monjes y novicios.

El Catholicon (templo mayor) fue construido 980-983 y recibió su forma actual en 1513 El edificio está dividido en tres naves con capillas laterales y un doble nártex (vestíbulo).


Es el Monasterio de todo el Monte Athos que conserva una mayor cantidad de reliquias. También posee un famoso icono del siglo IX: la Panagia Portaitissa.

martes, 9 de septiembre de 2014

Apotegmas de un monje a sí mismo


49.- Progresar en la oración. Monje, ¿cómo progresar en el camino de la oración? A través del deseo. Tal vez las palabras de tu oración, desgastadas por la rutina, apenas son perceptibles por su falta de fuerza. Pero el Señor, que ve los secretos del corazón, escuchará complacido el grito que brota de un creciente deseo, que conmueve tumultuosamente el espíritu adormecido.

lunes, 8 de septiembre de 2014

domingo, 7 de septiembre de 2014

Maria Lach

Visitamos uno de los más célebres monasterios alemanes, fundamental para comprender, desde finales del siglo XIX, la evolución del llamado Movimiento Litúrgico Católico, con la figura de Odo Cassel y sus estudios sobre el origen de la liturgia cristiana en relación con los misterios. Habita este monasterio una comunidad de monjes benedictinos, pertenecientes a la Congregación de Beuron.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Escritos del santo Hermano Rafael - 28 -


10 de abril de 1938 - Domingo de Ramos

Hoy cojo la pluma para seguir como siempre alabando a Dios. Quisiera no hablar de mi mismo... y hablar sólo de Jesús, ¡pero tengo a mi Dios tan adentro!! ¡Es tan maravillosa la obra que Él está haciendo en mi alma!, que al referir y contar lo que a mi, pobre y miserable pecador, acontece en mis relaciones con El..., a Él le doy gloria.

Yo bien quisiera desaparecer, y en cierto modo así me pasa, pues Él lo llena todo... ¡Qué bueno es Dios!. Nada hice yo por Jesús y, sin embargo..., ¡qué grande es su misericordia!... De esto no sé salir y no sé seguir adelante.

Mi alma se abisma en tanta maravilla y enmudece. Sólo veo una pobre criatura sacada del mundo, ¡y de qué mundo!, por la gracia, y sólo la gracia de Dios, y traída a la soledad para allí, sin ella casi darse cuenta, cooperar a una de las más grandes y maravillosas grandezas de Dios...

¿Y cuál es esta maravilla? Esta maravilla es el estupendo milagro de ver un alma como la mía, pobre, desnuda, llena de mundo y de sus vicios..., verla digo, amada de Dios, conducida por Él, en los humildes senderos de la penitencia, sostenida por El en sus muchas flaquezas y miserias, tentaciones y desconsuelos...

Dios haciendo su obra en mi alma..., transformando mi corazón y elevándole hacia sí, desencajándole de en medio de las criaturas y llenándole de su amor... Dios el Eterno, conduciendo y guiándome a mi... ¿Quién no se maravilla? ¿Quién no se pasma?

¡Ah!, si el mundo me conociera y viera lo que soy... Si los hombres vieran mis torpezas y mi duro corazón, quedarían aterrados ante la grandeza de Jesús, que no desdeña cuidar a este pobre hombre, más digno de lástima que de amor... Y Dios me ama... ¡Ah! ¡y de qué manera!... Eso yo lo sé, y nadie más que yo. ¡Si pudiera publicarlo!... ¡Si tuviera palabras que fueran los suficientemente expresivas para ello!

Pero no sé..., soy muy torpe, y mucho más para hablar de eso... Y si quisiera ser sincero, más que hablar, quisiera rugir o bramar como los toros... ¡Qué grande es Dios!

Una de las transformaciones que Jesús ha hecho en mi alma ha sido la indiferencia. Yo mismo me maravillo, pues veo que he llegado a comprender algo que antes no comprendía.

Sabía que el nada desear es muy agradable a Dios y que es el camino para llegar a cumplir su voluntad... Pero esto lo sabía con la luz de la inteligencia... Comprendía con la razón, tan sublime doctrina. Deseaba alcanzar esa virtud de la santa indiferencia, y a Jesús se la pedí.

No tiene mérito el nada desear, amando a Dios, pues es la cosa más natural. Ahora así lo veo.

¿Cómo es posible amar la vanidad, amando a Dios? Y vanidad es todo lo que nosotros deseamos y no desea Dios. Querer sólo lo que Dios quiere, es lo lógico para el que es de veras su amador... Fuera de sus deseos..., no existen deseos nuestros, y si existe alguno, ése, es que es conforme a su voluntad, y si no lo fuera, es que entonces no estaría nuestra voluntad unida a la suya...

Pero si de veras estamos unidos por amor a su voluntad, nada desearemos que Él no desee, nada amaremos que Él no ame, y estando abandonados a su voluntad, nos será indiferente cualquier cosa que nos envíe, cualquier lugar donde nos ponga...

Todo lo que Él quiera de nosotros no solamente nos será indiferente, sino que será de nuestro agrado. (No sé si en todo esto que digo hay error; en todo me someto al que de esto entienda. Yo sólo digo lo que siento, y es que en verdad nada deseo más que amarle a Él, y que todo lo demás a Él lo encomiendo; cúmplase su voluntad).

Cada día soy más feliz en mi completo abandono en sus manos. Veo su voluntad hasta en las cosas más nimias y pequeñas que me suceden.

De todo saco una enseñanza que me sirve para más comprender su misericordia para conmigo.

Amo entrañablemente sus designios, y eso me basta. Soy un pobre hombre ignorante de lo que me conviene, y Dios vela por mí como nadie puede sospechar.

¿Qué de particular tiene que yo nada desee, si tan bien me va, poniendo mi único deseo en Dios y olvidando lo demás?

Mejor dicho, no es que olvide mis deseos, sino que éstos se hacen tan poco importantes y tan indiferentes, que más que olvidarlos, desaparecen, y sólo queda en mi ánimo un contento muy grande de ver que sólo deseo con ansia, cumplir lo que Dios quiere de mí, y al mismo tiempo una alegría enorme de yerme aligerado como de un peso muy gran de, de yerme libre de mi voluntad que he puesto junto a la de Jesús.

El único deseo que me queda es, unas ganas muy grandes de obedecer. Quisiera no disponer nada por mí, sino que todo, absolutamente todo, me fuera ordenado. Aún tengo mucha libertad y como no tengo director espiritual, tengo a veces mucho miedo de equivocarme, y ver la voluntad de Dios en lo que no es más que mi capricho.

Jesús mío ayúdame.

Virgen María no me abandones.

Si alguien me dijera al detalle lo que debo hacer para ser santo y agradar a Dios, yo creo que con la ayuda de Dios y de María lo haría todo.

Con Jesús a mi lado, nada me parece difícil, y el camino de la santidad cada vez lo veo mas sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Más bien se va reduciendo a sencillez, que complicando con cosas nuevas.

Y a medida que nos vamos desprendiendo de tanto amor desordenado a la criaturas y a nosotros mismos, me parece a mi que nos vamos acercando más y más al único amor, al único deseo, al único anhelo de esta vida... a la verdadera santidad que es Dios.

¡Qué bueno es Dios que me va enseñando todo esto!... ¡Qué bueno es Dios para conmigo!... ¿Corresponderé como debo?

Señor, no mires mis hechos, ni mis palabras, mira mi intención y cuando ésta no vaya bien encaminada a Ti, enderézala. No permitas, Señor mío, que yo sea desagradecido o pierda el tiempo.

Qué bien se vive lejos de los hombres y cerca de Ti... Cuando oigo el ruido que arma el mundo; cuando veo el sol que inunda el campo e ilumina a los pájaros en libertad; cuando me acuerdo de los días felices que transcurrí en mi hogar..., cierro los ojos, los oídos y las voces del recuerdo y digo..., qué feliz es vivir con Cristo... Nada tengo y tengo a Cristo... Nada poseo ni deseo, y poseo y deseo a Cristo... De nada gozo y mi gozo es Cristo.

Y allá adentro en mi corazón, soy absolutamente feliz, aunque ésta no es la palabra que sirve para designar el estado de mi alma.

No me importan las criaturas, si éstas no me llevan a Dios. No quiero libertad, que a Dios no me conduzca. No quiero consuelos, gozos ni placeres, sólo quiero la soledad con Jesús, el amor a la Cruz y las lágrimas de la penitencia.

Jesús mío, mi dulce amor, no permitas que me aparte de Ti.

María, Madre mía, sé tú mi único consuelo.

El otro día me probé la cogulla que el reverendo Padre Abad me dejará como un favor especial, vestir desde el día de Pascua. Grande siempre ha sido la ilusión que tuve por poder llevar algún día la cogulla cisterciense. Pero..., es tan nueva y tan blanca, que me dio luego una gran pena y mucha vergüenza el tener ese pueril deseo, que no es para mí más que una vanidad delante de los hombres.

A Cristo que es mi Maestro, en estos días le desnudaron delante de la turba que le insultaba..., y a mí me visten... ¿Acaso me he de vanagloriar de ello?... Necio seré si no veo una grande humillación en el día de Pascua, cuando yo, el último discípulo de Cristo, me presente en la comunidad con la cogulla nueva y reluciente de la Orden cisterciense... Qué mejor hubiera sido si me hubieran vestido de «saco».

Pero también eso hubiera sido una pueril vanidad, y en realidad hoy he llegado a la conclusión de que lo mismo me da. Al fin y al cabo, vestido de seda, de lana, o de saco, eso no ha de cambiar mi corazón que a los ojos de Dios es lo que algún día me ha de valer. Todo lo demás es externo y valdrá algo a los ojos de los hombres, pero éstos no me han de juzgar.

¡¡Señor..., Señor..., qué necios somos los hombres!! Un pedazo de trapo nos da placer, y un grano de arena nos da dolor.

¡Ten compasión de los hombres, Señor!

viernes, 5 de septiembre de 2014

Apotegmas de un monje a sí mismo


48.- Confianza en el Señor. Monje, aprende de Pedro a echar la red de tu confianza allí donde el Señor te indica, por más que a ti te parezca que así no vas a conseguir nada. Arriésgate a confiar en esa palabra que a ti te parece inviable, porque la pronuncia quien está muy por encima de cualquier sabiduría. Guarda silencio y confía en el Señor; espera en su palabra, como el centinela espera la aurora.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Cartuja de Notre-Dame de Val-de-Bénédiction.

Cartuja de Notre-Dame de Val-de-Bénédiction

Visitamos la que fuera la Cartuja más grande de Francia, la de Nuestra Señora del Valle de la Bendición, en Avignon. Cuando Aviñón era sede papal (entre 1309 y 1377), el lugar donde ahora se encuentra la ciudad de Villeneuve quedó ocupada por los palacios y residencias de los grandes dignatarios de la corte, estas grandes edificaciones se extendían bajo los muros del castillo conocido como fuerte de Saint-André que a su vez se había levantado en el lugar de una abadía benedictina (la abadía de Saint-André) existente desde el año 999.



El cardenal Aubert (1295? -1362), personaje influyente de la corte de Felipe VI de Francia, era propietario de uno de esos palacios, fue elegido papa en 1352, con el nombre de Inocencio VI. Fue entonces cuando adquirió varias propiedades cercanas a su antiguo palacio y se edificó una iglesia. El 2 de junio de 1356 fundó en este lugar una cartuja que puso bajo la advocación de san Juan Bautista, y que fue cambiada en 1362, pasando a conocerse como Cartuja de Notre-Dame de Val-de-Bénédiction.

Tumba del papa Inocencio VI

Las primeras construcciones se hicieron alrededor de los jardines del palacio de Inocencio VI (el actual claustro de San Juan), con la capilla de San Juan Bautista a levante. Desde aquí se fueron añadiendo otros claustros y construcciones hasta que la comunidad desapareció en 1790, como consecuencia de la Revolución.

El siguiente video nos muestra en detalle lo que fuera esta impresionante Cartuja, nacida en el entorno de la corte papal de Avignon.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Catequesis de Benedicto XVI sobre san Gregorio

Fray Juan Andrés Rizi. San Gregorio Magno

San Gregorio ingresó pronto en la carrera administrativa, que había seguido también su padre, y en el año 572 alcanzó la cima, convirtiéndose en prefecto de la ciudad. Este cargo, complicado por la tristeza de aquellos tiempos, le permitió dedicarse en un amplio radio a todo tipo de problemas administrativos, obteniendo de ellos luz para sus futuras tareas. En particular le dejó un profundo sentido del orden y de la disciplina: cuando llegó a ser Papa, sugirió a los obispos que en la gestión de los asuntos eclesiásticos tomaran como modelo la diligencia y el respeto que los funcionarios civiles tenían por las leyes.

Sin embargo, esa vida no le debía satisfacer, dado que, no mucho tiempo después, decidió dejar todo cargo civil para retirarse en su casa y comenzar la vida de monje, transformando la casa de la familia en el monasterio de San Andrés en el Celio. Este período de vida monástica, vida de diálogo permanente con el Señor en la escucha de su palabra, le dejó una perenne nostalgia que se manifiesta continuamente en sus homilías: en medio del agobio de las preocupaciones pastorales, lo recordará varias veces en sus escritos como un tiempo feliz de recogimiento en Dios, de dedicación a la oración, de serena inmersión en el estudio. Así pudo adquirir el profundo conocimiento de la sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia del que se sirvió después en sus obras.

Pero el retiro claustral de san Gregorio no duró mucho. La valiosa experiencia que adquirió en la administración civil en un período lleno de graves problemas, las relaciones que mantuvo con los bizantinos mientras desempeñaba ese cargo, y la estima universal que se había ganado, indujeron al Papa Pelagio a nombrarlo diácono y a enviarlo a Constantinopla como su "apocrisario" —hoy se diría "nuncio apostólico"— para acabar con los últimos restos de la controversia monofisita y sobre todo para obtener el apoyo del emperador en el esfuerzo por contener la presión longobarda.

La permanencia en Constantinopla, donde junto con un grupo de monjes había reanudado la vida monástica, fue importantísima para san Gregorio, pues le permitió tener experiencia directa del mundo bizantino, así como conocer de cerca el problema de los longobardos, que después pondría a dura prueba su habilidad y su energía en el período del pontificado. Tras algunos años, fue llamado de nuevo a Roma por el Papa, quien lo nombró su secretario. Eran años difíciles: las continuas lluvias, el desbordamiento de los ríos y la carestía afligían a muchas zonas de Italia y en particular a Roma. Al final se desató la peste, que causó numerosas víctimas, entre ellas el Papa Pelagio II. El clero, el pueblo y el senado fueron unánimes en elegirlo precisamente a él, Gregorio, como su sucesor en la Sede de Pedro. Trató de resistirse, incluso intentando la fuga, pero todo fue inútil: al final tuvo que ceder. Era el año 590.

Benedicto XVI
Audiencia General
Miércoles 28 de mayo de 2008

martes, 2 de septiembre de 2014

Escritos del santo Hermano Rafael - 27 -


7 de abril de 1938 - jueves

Jesús mío, arrodillado humildemente a los pies de tu santísima Cruz, te pido con todo fervor me des la virtud de la paciencia, me hagas humilde y me llenes de mansedumbre... Jesús mío, mira que esas tres cosas las necesito mucho.

Ayer sufrí un desprecio de un hermano..., me hizo llorar y si no hubiera sido porque Tú desde la Cruz me enseñaste a perdonar, quizás hubiera cometido una falta ¡Cuánto me costó vencerme!... Pero dormí más tranquilo.

Bendito Jesús, ¿qué me enseñarán los hombres, que no enseñes Tú desde la Cruz?

Ayer vi claramente que solamente acudiendo a Ti se aprende; que sólo Tú das fuerzas en las pruebas y tentaciones y que solamente a los pies de tu Cruz, viéndote clavado en ella, se aprende a perdonar, se aprende humildad, caridad y mansedumbre.

No me olvides, Señor..., mírame postrado a tus pies y accede a lo que te pido.

Vengan luego desprecios, vengan humillaciones, vengan azotes de parte de las criaturas..., ¡qué me importa! Contigo a mi lado lo puedo todo... La portentosa, la admirable, la inenarrable lección que Tú me enseñas desde tu Cruz, me da fuerzas para todo.

A Ti te escupieron, te insultaron, te azotaron, te clavaron en un madero, y siendo Dios, perdonabas humilde, callabas y aún te ofrecías... ¡Qué podrá decir yo de tu Pasión!.. Más vale que nada diga y que allá adentro de mi corazón medite en esas cosas que el hombre no puede llegar jamás a comprender.

Conténteme con amar profundamente, apasionadamente el misterio de tu Pasión, y aprenda a sufrir de la manera que Tú lo hiciste. Ya sé que eso es el imposible de los imposibles, pero mira Señor Jesús mi intención.

¡Qué dulce es la Cruz de Jesús! ¡Qué dulce es sufrir perdonando!

¡Qué dulce es sufrir abandonado de los hombres estando abrazado a la Cruz de Cristo! ¡Qué dulce es llorar un poquito nuestras penas y unirlas a la Pasión de Jesús! ¡Qué bueno es Dios, que así me prueba, y desde su Cruz santa, me enseña! Me enseña sus llagas manando sangre inocente; me enseña un semblante del que en medio de la agonía y del dolor, no salen quejas, sino palabras de amor y de perdón.

¡Cómo no volverme loco!... Me enseña su Corazón abierto a los hombres, y despreciado... ¡Dónde se ha visto ni quién ha soñado dolor semejante!

¡Qué bien se vive en el Corazón de Cristo! ¿Quién se puede quejar de padecer?

Sólo el insensato que no adore la Pasión de Cristo, la Cruz de Cristo, el Corazón de Cristo, puede desesperarse en sus propios dolores.

Pero el que de veras ame, y sienta lo que es unirse a Jesús en la Cruz, ese bien puede decir que es sabroso el padecer, que es dulce como miel el dolor, que es un enorme consuelo el padecer soledad tedio y tristeza por parte de los hombres.

¡Qué bien se vive, junto a la Cruz de Cristo!

Cristo Jesús, enséñame a padecer... Enséñame la ciencia que consiste en amar el menosprecio, la injuria, la abyección... Enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos... Enséñame a ser manso con los que no me quieren, o me desprecian... Enséñame esa ciencia que Tú desde la cumbre del Calvario muestras al mundo entero.

Mas ya sé..., una voz interior muy suave me lo explica todo..., algo que siento en mí que viene de Ti y que no sé explicar, me descifra tanto misterio que el hombre no puede entender... Yo, Señor, a mi modo, lo entiendo..., es el amor..., en eso está todo... Ya lo veo, Señor..., no necesito más, no necesito más... es el amor, ¿quién podrá explicar el amor de Cristo?... Callen los hombres, callen las criaturas... Callemos a todo, para que en el silencio oigamos los susurros del Amor, del Amor humilde, del Amor paciente, del Amor inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz.

El mundo loco, no escucha... Loco e insensato vuela embriagado en su propio ruido..., no oye a Jesús, que sufre y ama desde la Cruz.

Pero Jesús necesita almas que en silencio le escuchen.

Jesús necesita corazones que olvidándose de sí mismos y lejos del mundo. adoren y amen con frenesí y con locura su Corazón dolorido y desgarrado por tanto olvido. Jesús mío, dulce dueño de mis amores, toma el mío.

A los pies de tu Cruz lo pongo... Está junto al de María. Jesús mío, tómalo..., enséñale tus heridas... Enséñale tus dolores y tus amarguras. Enséñale tus tesoros para que aprenda a despreciar el mundo y todo lo que no seas Tú... Enséñale el amor... Ponle junto a tu Corazón para que de una vez se embriague en tus delicias, y se empape en tu purísima divinidad.

Virgen María..., estoy loco, no sé lo que pido, no se lo que digo... Mi alma desbarra... No sé lo que siento; mis palabras son torpes y mal arregladas, pero tú, Virgen María, Madre mía, que ves los anhelos de todos tus hijos, sabrás comprender.

Ya sé que es mucho lo que pido, pues lo pido todo.

Yo en cambio, Señora, todo lo he dado y si aún me queda algo, tómalo también, Señora, y dáselo a Jesús. Ya sé que aunque diera mil vidas que tuviera, no sería digno de recibir ni siquiera un pensamiento bueno de Dios, pero es mi modo de hablar... Ya sé que lo he dado todo y... es nada. No alego, pues, lo que el mundo cree méritos, para pedir a Jesús un poquillo de amor. Él lo da a quien y cuando le place. Y ya que los sacrificios y renuncias que he hecho por Jesús no son bastante..., te ofrezco, Señora, algo que no puedes desechar, algo por medio de lo cual tienes que oírme, algo que hace abrirse los cielos y que el mismo Padre mira complacido... Es, Señora, la Pasión de Cristo, tu Hijo... Es la Sangre de Cristo; es la Cruz donde murió el Hijo de Dios.

Señora, Virgen María..., ¿ves?, con la Cruz lo puedo todo.

No me olvides Madre mía..., y perdona las chifladuras de este pobre oblato trapense, que quisiera volverse chiflado de veras, de tanto amarte a ti, Virgen Madre, y de tanto amar su obsesión..., que es la Cruz de Jesús su divino modelo. Así sea.