sábado, 30 de marzo de 2013

Soledad y Silencio


Hoy el silencio envuelve la tierra y contempla a Cristo depositado en el sepulcro. Un Cristo que desafiando a la muerte, en la confianza de hacer la voluntad del Padre, ha aceptado con dolor y padecimiento el plan preparado  para poder así rescatarnos del oscuro abismo donde nos habían conducido nuestros pecados.

Silencio y soledad, dos características muy determinantes en la vida del monje. Silencio para poder escuchar a quien habla al corazón a quien sondea lo profundo del alma, a quien conoce todo lo que somos y pensamos. Silencio para saber atender las necesidades del otro, para implorar misericordia e interceder con el corazón por nuestros hermanos como el mismo Cristo nos enseña en su silencioso transito hacia el Padre. Silencio que trasciende fronteras y muros porque es, paradógicamente, el medio de comunicación del Espíritu y medio en el cual transforma toda la faz de la tierra.

Soledad para encontrarse con el Amado, para descansar en  Él, para conversar sosegadamente con Él, para dejarse embriagar de Él. Una soledad que hace al monje estar y tener presente al mundo sin estar en el mundo, una soledad que se hace compañía de quien lo necesita debido al gran poder de la oración y la presencia espiritual, una soledad que acompaña y vela, que descansa en Cristo sobre la fría piedra de la terrena existencia, pero que arde en amorosos deseos de encontrase con Él como fin y principio de su existencia. Una soledad en la que espera gozar, sin figuras ni otros tantos mensajeros. Una soledad, como diría san Juan de la Cruz, donde pueda encontrase el alma de éste con quien es el amor de su alma, su Señor, quien descansa y actúa para encontrar al hombre en su eterna y sola presencia de la  callada musicalidad del alma y en la ...

la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;

viernes, 29 de marzo de 2013

La pasion del Señor


Después de una noche velando en oración, Cristo ha sido prendido y llevado ante el sanedrín. De Caifas a Pilatos, de Pilatos a Herodes y de nuevo vuelta a la autoridad Romana quien, sometiéndose a la voluntad el pueblo, manda crucificar a Jesús. Éste carga con la cruz y sube al calvario donde muriendo nos da la vida.

Dice san Agustin comentando a san Juan: "Marchaba, pues, Jesús para el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de la fe; a los ojos de la impiedad documento de ignominia; a los ojos de la piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de fijarse en la frente de los reyes; para los ojos de la impiedad, la mofa de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio. En la Cruz había de ser despreciado por los ojos de los impíos, y en ella ha de ser la gloria del corazón de los santos, como diría después San Pablo: “No quiero gloriarme, sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Él recordaba su cruz llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida, que no debía ser puesta debajo del celemín".

Estos pasos que Jesús, entre sufrimientos, insultos, golpes, flagelos y espinas, clavos, tormentos, sed y muerte, quiere seguir el monje que, solitario, acompaña a Cristo en la temporal y eterna historia de la salvación. Él se sumerge en el silencio para contemplar al que  fue traspasado por nuestras rebeliones. Él reza con Cristo el salmo 30, "A Ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; Tú eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu; Tú, el Dios leal, me librarás" y él experimenta  la obediencia que experimentó Cristo que le lleva a morir a si para vivir en Dios.

En la soledad de su celda observa como la conversión de sus propios pecados le lleva a mirar a quien  se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Él es, el Inocente, el Hijo muy amado, quien se entrega como víctima de nuestros pecados y hace que el monje dirigiendo su mirada a quien ni siquiera parece hombre, se adentre en un gran sentimiento de compunción por su faltas y que las lagrimas broten ante la inocencia condenada por su rescate. Pero, quien es causa de salvación para cuantos creen en Él, le consuela incluso desde el sufrimiento, porque ya no hay dolor mayor que su dolor y en él ha redimido el monje toda pena.

O cruz gloriosa que portaste tan rico fruto de salvación,  o dulces clavos que fijaste en el madero a quien nos da la vida, o extrema y sabrosa pasión de mi Señor Jesús, que consuela a los que yerran  y destruye el tormento de la muerte eterna.



jueves, 28 de marzo de 2013

Velad y orad

Andrea Mantegna - La Oración del Huerto

El Señor se quedó sólo. Los discípulos sólo le acompañaron hasta el huerto, no perseveraron con él en la oración, precisamente en el momento supremo de la historia de la humanidad, cuando Dios se disponía a entregar su vida humana, asumida en el Hijo, para que así la creación entera pudiera vivir en plenitud su historia como historia de salvación en Dios.

Esta noche, después de la gozosa intimidad de la Última Cena, el Señor nos espera en el silencio, en la agonía que sufrió hasta dejarse arrastrar a la muerte, en el sufrimiento y el miedo al saber el horrible suplicio que le esperaba, en la definitiva lucha cósmica entre Dios y el poder del mal.

Esta noche el Señor nos pide que velemos y oremos, para no caer en la tentación, pues el alma está dispuesta, pero la carne es débil. Esta noche el Señor nos enseña a empuñar las únicas armas, la oración, para poder combatir junto a él, para poder afrontar los sufrimientos de la Cruz, y para prepararnos a la muerte con el Señor en la espera de la Pascua.

Esta noche aprendemos en la oración a esperar esperanzados nuestra muerte, pues la vida nos espera en la Resurrección del Señor. Esta noche nos sirve para comprender todas las noches, todas las oscuridades, todas las incertidumbres de nuestra vida. ¡Velad y orad esta noche!

miércoles, 27 de marzo de 2013

Con María, como el discípulo Amado


En cierto modo está el monje, y con él también todos los bautizados, llamado a permanecer junto a María al pie de la Cruz del Señor, no sólo para lamentarse por la suerte del Amado, ni sólo para confortarlo en sus sufrimientos (si es que tal tortura pudo admitir consuelo alguno), sino para suplicar al Creador que se compadezca de todo ser humano, por cuyos pecados sufre el único inocente, el único santo, el único perfecto.

El monje ha de permanecer, pues, a pie firme al pie de la Cruz. Su puesto está junto a María, intercediendo por sus hermanos, suplicando al artífice de la misericordia que, a pesar de nuestra indignidad, nos acoja en el regazo de su amor y nos limpie de nuestra suciedad con el agua y la sangre que brotó de su costado abierto.

martes, 26 de marzo de 2013

Morir con Cristo


El monje se queda solo; esa soledad justifica el nombre de solitario que tiene, pero le conduce a la soledad de un desierto, en el que no tiene posibilidades de sobrevivir. El monje sabe que su vida ya no tiene más sentido que morir junto a aquél que por nosotros murió. No se trata de que la muerta sea buena, ni que se desee, que el monje huya de la existencia y se deje morir poco a poco. El monje sabe que desde que Dios murió en la Cruz y resucitó para nuestra salvación, la muerte ya no es muerte sino un simple paso, y la vida ya no es esta vida sino estar con Cristo; todo lo demás, por muy evidente que nos resulte con los ojos de este mundo, por muy lógico y por muy absoluto que nos parezca, al contrastarse con ese acontecimiento cósmico de la nueva creación en la Pascua de Cristo, ha dejado de ser lo únicamente real, para tener un carácter sumamente relativo.

No todos los días es fácil para el monje asumir este bautismo reforzado que es su profesión monástica, pues su parte humana y mundana se rebela, y quisiera disfrutar de la existencia que el Creador le ha concedido, y gustar con los demás de los gozos y fatigas de la vida real. Sin embargo, el Señor, por los motivos que él sólo conoce, llamó al monje para que estuviera con él, en la forma y manera, en el lugar y en el tiempo que el misteriosamente escogió.

Con María y Juan, el monje debe besar todos los días las taladradas manos del Señor, que los hombres clavaron a la Cruz para que dejaran de hacer el bien, pero que Dios resucitó de entre los muertos para que por toda la eternidad derramen la gracia del Espíritu Santo sobre todo lo creado, asociándonos al amor de la Santa Trinidad.

lunes, 25 de marzo de 2013

El gozo espiritual


San Benito le recomienda al monje que viva la Cuaresma en el gozo espiritual de la Pascua. Si combinamos este consejo, con el deseo de que la entera vida del monje debe ser una Cuaresma, podemos llegar a concluir que, entonces, la entera vida del monje debiera vivirse en el gozo espiritual de la Pascua. Es, entonces, una perspectiva llena de gozo, no sólo aplicable a los monjes que viven en el Monasterio, sino a todos los bautizados que también esperan alcanzar con Cristo la Tierra Prometida de la Pascua.

Vivir con gozo espiritual implica sobrellevar con alegría las penalidades, contrariedades, limitaciones y hasta los propios pecados e imperfecciones, sabiendo que la lógica mundana no terminará imponiendo sus inexorables consecuencias, sino que al final triunfará de modo insospechado el gozo de la Pascua.

Vivir con gozo espiritual implica comprender la Cruz del Señor y, desde ella, los propios sufrimientos, en la esperanza contra toda evidencia de que, al final, triunfará el poder del Señor sobre el malvado fararón que quiere someternos a las esclavitud de su fuerza.

Vivir con gozo espiritual exige del bautizado saberse peregrino sobre la tierra, comprender que su morada no está en este mundo, sino que se esconde con Cristo en el corazón de Dios Padre todopoderoso.

Vivir con gozo espiritual ayuda a relativizar todas las estrecheces, enfermedades y contrariedades, pues nada de lo que aquí pueda acontecer admite comparación alguna con la gran dicha que nos aguarda más allá de nuestros propios límites biológicos o psicológicos.

Vivir con gozo espiritual lleva a un silencioso gozo, a una esperanzada paciencia, a una continua alabanza en el corazón, pues cualquier otra alegría no merece tal nombre en su comparación. Es más, quien vive con este gozo espiritual, asume en su corazón cuanto de bueno, cuanto de bello, noble y grande ha creado Dios en nosotros, cuanto nos ha hecho capaces de participar en su obra creadora siendo también nosotros artífices de bondad, de hermosura y de nobleza.

domingo, 24 de marzo de 2013

Procesión hacia el Reino


La procesión te dice a dónde nos dirigimos, y la Pasión nos muestra el camino. 

Los sufrimientos de hoy son el sendero de la vida, la avenida de la gloria, el camino de nuestra patria, la calzada del reino, como grita el ladrón crucificado: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

Lo ve caminar hacia el reino y le pide que, cuando llegue, se acuerde de él. También él llegó, y por un atajo tan corto que aquel mismo día mereció estar con el Señor en el Paraíso.

La gloria de la procesión hace llevaderas las angustias de la Pasión, porque nada es imposible para el que ama.

San Bernardo de Claraval
Sermón I en el Domingo de Ramos, 2

sábado, 23 de marzo de 2013

Contemplar la Pasión

Cristo en la Cruz
Francisco de Zurbarán

Aunque la consideración de la vida de Cristo, nuestro Señor, y de todos los pasos de ella, nos debe ser tan ordinaria y continua, como se dijo arriba; pero muy más particularmente lo debe ser la meditación de la sagrada Pasión, la cual había de estar impresa en nuestra memoria, que nunca de ella se apartase, y como dice el glorioso san Bernardo: Ningún cristiano había de haber, que por lo menos siete veces al día no se acordase de ella; pues para esto quiso el mismo Señor, después de haber resucitado, conservar en su Cuerpo glorioso las señalas de las cinco Llagas principales, para que nunca se nos pudiese olvidar lo que por nosotros padeció.. Y para este mismo intento nos dejó un memorial tan noble y tan continuo, como el Santísimo Sacramento, mandándonos que, todas las veces que la celebrásemos, fuese en memoria de su Pasión, porque esta meditación es la más provechosa, y la general para todos, y así deben los puntos de ella meditarse más particular, distinta y espaciosamente que todos los demás de su vida santísima.

Fray Antonio de Molina
Ejercicios espirituales de las Excelencias de la Oración Mental
Tratado Tercero de la Segunda Parte, de la Pasión de Cristo nuestro Señor

Quien esto escribía, fray Antonio de Molina, era una monje cartujo de finales del siglo XVI, que es su magnífico libro sobre la oración, nos dejó una serie completa de meditaciones sobre la vida del Señor, de entre las que destacan las dedicadas a la Pasión del Señor. Efectivamente, en nuestra vida de oración ocupa la consideración de cuanto el Señor hizo por nosotros un lugar privilegiado. Dicha meditación, lo sabemos por experiencia, nos ha movido frecuentemente al bien, nos ha ayudado a vencer la fuerza del pecado, y nos ha impulsado a actos heroicos de amor y de generosidad. Esta contemplación de la Pasión del Señor es fuente de intensa acción espiritual, y con ella cualquier esfuerzo, cualquier sacrificio, cualquier acto de amor parece pequeño en su comparación.

Fray Antonio de Molina, tomando como punto de comparación la invitación a orar siete veces, procedente de la tradición monástica, invita a hacer oración mental también siete veces, según el consejo de san Bernardo, tomando como pie la consideración de los pasos de la Pasión del Señor. No es difícil imaginar la soledad del monje cartujo, consagrada otras tantas veces a la visión amorosa del Señor eterno, muerto por su criatura perecedera.

Pero como el mismo escritor nos dice, no sólo aprovecha esta meditación al monje consagrado al Señor, sino que es fundamental para todo cristiano, que quiera tener presente a lo largo de su jornada, cuanto Jesús por él hizo.

viernes, 22 de marzo de 2013

La mirada de san Benito


En el Monasterio de Montecasino hay una célebre escultura de san Benito, que ha sobrevivido no sólo a los siglos sino al horror de la última guerra, cuya mirada se dirige al mundo, que se extiende a los pies del Monasterio. ¿Quiere ello decir que la mirada del santo monje se dirige, como se dice vulgarmente, por encima del mundo, que se trata de una orgullosa mirada que se desentiende de los problemas reales de los hombres?

Nada más lejos de la realidad. Ya un erudito del monacato antiguo, Evagrio Póntico, sentenció que el monje es aquel que se separa de todos para estar unido a todos. El monje se retira del mundo, pero no lo contradice. Renuncia a la vida normal, pero lleva en su corazón el plan de salvación que Dios ha dispuesto para todos los hombres. Su santidad personal redunda, de forma misteriosa, en el bien de los hermanos. Los antiguos monjes terminaban por ser, no sólo en vida sino también después de su muerte, refugios de salvación para fieles que acudían a ellos en busca de curación o solución para sus problemas.

La mirada de san Benito sobre el mundo es una mirada de paz. Supo, en medio de una sociedad convulsa y enfrentada, crear un recinto de paz y de convivencia. Su disciplina monástica logró crear vínculos de concordia entre los hombres, fueran de la raza que fueran. De hechos, sabemos por los Diálogos de San Gregorio que en su monasterio no sólo había monjes de origen latino, sino también bárbaros godos. Es decir, para san Benito lo fundamental es lo que nos une a los hombres unos con otros, que no es otra cosa que el Dios mismo, que nos ha mandado amarnos los unos a los otros, sobrellevarnos mutuamente nuestras debilidades, como dice la Santa Regla.

Desde otra perspectiva, san Benito está elevado sobre el mundo como un ideal de vida a imitar, aun en medio de las vicisitudes del día a día. Es como un faro de luz puesto sobre la montaña, que con su mera presencia afirma que es posible una vida de fraternidad en Dios. Por eso, la mirada de esa imagen está llena de cariño, al tiempo que la piedra de la escultura ostenta las cicatrices de las bombas y del fuego. Pero el horror de la maldad humana no fue capaz de echar por tierra un ideal de paz y de amor, que comenzó a triunfar desde una sobrecogedora cruz, hace dos mil años.

jueves, 21 de marzo de 2013

Ora et Labora


En una alocución en Nursia, el papa Juan Pablo II  hablaba así del valor de la vida monástica y su ejemplo del "Ora et labora" para el mundo de hoy. Sirva este recuerdo para alentar nuestro redescubrimiento de lo cotidiano aliente nuestra orante y diaria labor en este día en que recordamos el transito de nuestro padre san Benito.


San Benito supo interpretar con perspicacia y de modo certero los signos de los tiempos de su época, cuando escribió su Regla en la que la unión de la oración y del trabajo llega a ser para los que la aceptan el principio de la aspiración a la eternidad: “Ora et labora, ora y trabaja”...Interpretando los signos de los tiempos, Benito vio que era necesario realizar el programa radical de la santidad evangélica...de una forma ordinaria, en las dimensiones de la vida cotidiana de todos los hombres. Era necesario que “lo heroico” llegara a ser lo normal, lo cotidiano, y que lo normal y lo cotidiano llegue a ser heroico. De este modo, como padre de los monjes, legislador de la vida monástica en Occidente, llegó a ser también pionero de una nueva civilización. Por todas partes donde el trabajo humano condicionaba el desarrollo de la cultura, de la economía, de la vida social, añadía Benito el programa benedictino de la evangelización que unía el trabajo a la oración y la oración al trabajo...

En nuestra época, San Benito es el patrón de Europa. No lo es únicamente por sus méritos particulares de cara a este continente, su historia y su civilización. Lo es también en consideración a la nueva actualidad de su figura de cara a la Europa contemporánea. Se puede desligar el trabajo de la oración y hacer de él la única dimensión de la existencia humana. La época actual tiene esta tendencia... Se tiene la impresión de una prioridad de la economía sobre la moral, de una prioridad de lo material sobre lo espiritual. Por una parte, la orientación casi exclusiva hacia el consumo de bienes materiales quita a la vida humana su sentido más profundo. Por otra parte, en muchos casos, el trabajo ha llegado a ser un peso alienante para el hombre...y casi contra su propia voluntad, el trabajo se ha separado de la oración, quitando a la vida humana su dimensión trascendente...

No se puede vivir de cara al futuro sin comprender que el sentido de la vida es más grande que lo material y pasajero, que este sentido está por encima de este mundo. Si la sociedad y las personas de nuestro continente han perdido el interés por este sentido, tienen que recobrarlo... Si mi predecesor Pablo VI llamó a San Benito de Nursia patrón de Europa, es porque podía ayudar a este respecto a la Iglesia y a las naciones de Europa.

Juan Pablo II, Nursia, 23-3-1980

miércoles, 20 de marzo de 2013

El entorno vital de san Benito


San Benito desarrolló su existencia en varias puntos del centro de Italia. Eran momentos de gran inseguridad, durante la primera mitad del siglo VI. Las estructuras no sólo políticas, sino también sociales y económicas del Imperio Romano se estaban disolviendo, a causa del empuje de los invasores bárbaros, y una gran inseguridad se extendía por toda la región. La población, acostumbrada no sólo al orden de unas cosechas y unas explotaciones ganaderas estables, sino también al lujo de numerosas importaciones de productos de todo tipo que facilitaban enormemente la vida, veía ahora como no podía predecir de un mes para otro si podría recoger finalmente una cosecha con la que sustentarse y, al menos, no morir de hambre.

En este contexto de inseguridad vivió san Benito. Pero no sólo hubo de padecer una inseguridad material. También su camino monástico sufrió numerosas interrupciones y crisis, que fueron forjando en él un deseo creciente por la paz que sólo de Dios puede venir. Una comunidad estuvo a punto de asesinarle porque no lo soportó como superior; en el siguiente intento hubo de sufrir la persecución de parte de la Iglesia institucional representada por un presbítero. Todo ello le llevó a buscar el asilo de un lugar seguro, apartado del comercio de los hombres y protegido por su propia soledad. Ese lugar fue Montecasino.

Se trata de una montaña que se eleva vertiginosamente sobre un fértil valle, donde habían existido en la antigüedad diversos asentamientos fortificados de carácter religioso. Como en una ciudadela fortificada sobre las alturas, vivió allí san Benito los últimos y más fructíferos días de su existencia. Renunció a la ventaja de un valle fértil, por la seguridad de un lugar elevado y protegido, para así estar más cerca del cielo que de las vicisitudes humanas.

Montecasino es un lugar que permite, cada mañana, contemplar las maravillas de la Creación. Las vistas desde el Monasterio son imponentes. a lo lejos, las montañas que envuelven al Monasterio como inexpugnables murallas; al fondo, el valle lleno de vida y bullicio. Y, sobre lo alto, un cielo que suele ser benigno en la climatología.

En ese lugar tuvo san Benito la visión de la Creación entera reducida a un rayo de sol. Como comenta san Gregorio den sus Diálogos, para quien contempla al Creador, es pequeña cualquier criatura. Allí, suspirando por encontrarse con su Señor, pasó san Benito a las moradas celestiales, procurando hasta el último momento de su vida alabar en la oración a aquel que le llamó a militar bajo sus banderas.

martes, 19 de marzo de 2013

La intercesión de los santos

San Juan de Ortega. Capitel de la Anunciación
A la derecha, san José
El hecho de vivir en una comunidad monje habitúa al monje a coexistir con el hecho de la muerte, sencillamente porque la frecuencia de este suceso aumenta al convivir un grupo más o menos amplio de personas, alguna de ellas de avanzada edad. De hecho, los cementerios son lugares muy especiales en los monasterios, donde perdura la memoria de generaciones y generaciones de monjes, que han compartido el mismo marco físico en su búsqueda de Dios, a través de las más diversas vicisitudes históricas.

El compromiso del monje simplemente refuerza el compromiso de todo cristiano de morir con Cristo al pecado para participar de su resurrección, adquirido en el Bautismo y, en el caso del monje, especificado en el momento de la profesión monástica. Por eso, la vida del monje entra también en relación con los monjes que ya han pasado de este mundo a las moradas del Padre; no le son extraños, sino que suplica por ellos, para que el señor purifique cuanto de imperfecto hubo en sus vidas, y confía gozar de su intercesión, si ya gozan en la presencia del Señor.

En el caso de los santos, así reconocidos por la Iglesia, sabe el monje, como todo cristiano, que son sus amigos, sus intercesores, sus valedores ante el trono de la gracia. No sólo cuenta con el ejemplo de sus vidas heroicas, sino que cultiva en la oración su amistad, para que desde el más allá le ayuden con su plegaria a alcanzar, también él, el destino de toda existencia creada, que es Dios.

Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de uno de estos intercesores, que por su singular cercanía a Jesús, siempre ha gozado de gran estima entre los cristianos y los monjes: San José. No sólo se trata de admirar la fuerza de su fe, que venció toda desconfianza y duda, sino también hoy le pedimos con todo el deseo de nuestro corazón que nos ayude también a nosotros a creer, pues tantas veces nos asaltan dudas en nuestro camino cristiano y monástico. Que él, que cuidó del niño Jesús, cuide también de todos nosotros.

lunes, 18 de marzo de 2013

El amor a la Tradición


En la vida del monje se combinan de forma admirable la innovación y la tradición. Y no tanto por lo que pueda hacer exteriormente, sino por la integración espiritual de su ser en el misterio de Dios. Es decir, por una parte conoce y celebra cuanto Dios ha hecho por la salvación de los hombres; y, por otra parte, integra su propia existencia en ese dinamismo de salvación.  De tal forma que de ambas historias surge una nueva experiencia vital, destinada a integrarse en el infinito cauce del amor de Dios.

El monje vive en la Tradición, es decir, se interesa por cuanto de generación en generación se han ido transmitiendo unos monjes a otros, fundamentalmente sus propias experiencias y vivencias de este misterio divino. El monje descubre cómo otros muchos, antes que él mismo, han descubierto la presencia salvífica del Dios que creó todo cuanto es, y que vino personalmente a rescatar a su criatura, el hombre, de la perdición del pecado.

Esas experiencias le enriquecen a él mismo, y le ayudan a comprender cuanto en él está realizando el Espíritu Santo. Por eso, es consciente de que no debe despreciar el incalculable caudal de sabiduría que se han ido transmitiendo las distintas generaciones de monjes. A lo largo de los siglos, en las distintas situaciones históricas y en los más diversos contextos, los monjes se han confrontado con la Palabra divina a ellos dirigida, y han respondido de forma siempre nueva y creativa a quien, desde toda la eternidad, nos ha destinado a compartir su vida divina.

Sólo desde el amor a la Tradición puede el monje llegar a una fecunda innovación, que no es otra cosa que el fruto de su propia experiencia. Porque cada monje, en la singularidad de su propio genio, de su propio ser creado por Dios y llamado a compartir la vida divina, responde de manera diferente, y da lugar a una nueva y original historia de salvación. La espiritualidad cristiana no nos iguala a todos, sino que nos integra como en un mosaico se integran millones de piedrecitas, cada una con la especificidad de su color, pero que aportan al mosaico la riqueza de los matices y la belleza del conjunto.

domingo, 17 de marzo de 2013

El oratorio de los monjes


Cuando san Benito dispuso que los monjes orásemos en común siete veces al día, nada dijo en cambio de cómo debía ser nuestro oratorio. Tan sólo se refiere a él cuando afirma que no se prolongue la oración común más allá de lo debido, y que si alguno quiere emplearse en una oración silenciosa, puede acudir al oratorio y allí dirigirse en silencio al Señor.

Por supuesto, el diseño de los templos ha estado en función de las gustos cambiantes de cada época, y de las posibilidades económicas de cada comunidad. Pero, cuando hoy nos preguntamos cómo diseñar un oratorio monástico, en realidad nos estamos preguntando cómo es nuestra vida espiritual.

Ante todo, el oratorio de una comunidad monástica no es un sitio para decir misa. Lamentablemente, la evolución litúrgica ha tendido, especialmente durante los últimos años, a reducir la riqueza litúrgica de la Iglesia al acto de celebrar la Eucaristía. Sin negar la centralidad del sacramento, tal vez se ha olvidado en exceso la veneración eucarística, que trasciende el puro momento de la celebración del sacramento (contagio sin duda de origen protestante, que reduce la presencia real al momento de la celebración), al tiempo que se ha desplazado la centralidad del altar como lugar privilegiado y único del Monasterio, sobre el que se hace el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, quedando reducido a su significado de mesa sobre la que celebrar el banquete del Señor.

Los monjes nos pasamos la mayor parte del tiempo que estamos en la Iglesia rezando o cantando los salmos, o leyendo los textos de la Sagrada Escritura o de los Padres. Es decir, apenas levantamos la mirada de nuestros libros. Esta realidad cronológica significa que no simplemente vamos a la iglesia a celebrar la Eucaristía, sino sobre todo a hacer oración comunitaria en presencia del Señor Todopoderoso. De ahí que el altar no simplemente debiera servir a la funcionalidad de celebrar la Eucaristía, sino que debiera ser el verdadero eje axial de la geografía monástica. La tradición, por eso, levantaba baldaquinos sobre los altares, significando de esta forma la multiforme presencia del Espíritu Santo, especialmente en el sitio sobre el que se realiza el Memorial del Misterio Pascual.






sábado, 16 de marzo de 2013

Sustituir la Tradición por la Psicología


Es muy común en nuestros días ver los programas de formación de nuestros Monasterios repletos de materias de carácter psicológico, en detrimento de otros más acordes con la Tradición monástica. En gran medida se debe a la convicción de que, no sólo para la vida monástica es necesario un cierto equilibrio personal, lo cual es perfectamente asumible, sino que el fin del monje consistiría en lograr una paz y un equilibrio, al que se podría llegar por un puro equilibrio emocional y de comunicación.

Las ciencias humanas ayudan, sin duda alguna, a lograr una mejora de la persona. Pero no se debe olvidar que los monjes somos, ante todo, creyentes, lo cual significa aludir a criterios que no son puramente humanos sino sobrenaturales. La finalidad del monje cristiano no es la de llegar a ser una persona perfectamente equilibrada, comunicativa y sociable, sino la de alcanzar a Dios, la de unirse al bien supremo que Cristo nos ha traído a nuestra historia. Y los medios, en consecuencia, no son puramente humanos sino, sobre todo, espirituales.

Relegar la oración, la celebración de los sacramentos (en especial el de la reconciliación) y la práctica heroica de las virtudes cristianas, en pro de terapias, sesiones de autoayuda y comunicación, contribuye  poco a descubrir la centralidad de Cristo, que no llamó a personas perfectas sino, por el contrario, a discípulos cargados de limitaciones, no sólo intelectuales sino emocionales. Es más, de lo que hablamos es de si creemos en el poder de la gracia, o si lo dejamos todo a un simple proceso de perfección humana.

La Tradición monástica nos habla mucho más de una sabiduría escondida, que el Espíritu Santo revela a los que perseveran en el silencio, en la oración y en la caridad. Tal vez puedan parecernos criterios obsoletos en nuestro mundo tan desarrollado, pero son la roca firme que nos anclan en la sabiduría que nuestros padres en la vida monástica lograron sin ayuda de terapias y psicologías; es más, que les condujo a nuestro verdadero fin, que no es la perfección de nuestro yo, sino la participación en la santidad y en el amor de Dios. 

viernes, 15 de marzo de 2013

La oración silenciosa


Aunque la práctica del silencio es tan necesaria al monje cristiano, sin embargo, la práctica de la vida monástica nos enseña que, en realidad, poco tiempo estamos callados, pues gran parte del día la consagramos a la recitación de los salmos y de los demás textos sagrados. En realidad, el silencio del monje cristiano no es un vacío, al estilo de las tradiciones monásticas orientales, sino una inserción en un abigarrado mundo, en el que Dios habla a los hombres, y éstos le responden a lo largo de los siglos.

Con todo, el monje también busca momentos de solitaria contemplación, de silencio no sólo externo sin también interno, en los que poder escuchar la voz del Señor, en los que dejarse interpelar por su amor, en los que responder no con palabras sino con los afectos del corazón.

Entre las ruinas del abandonado Monasterio de San Pedro de los Montes, existe un pequeño relieve de San Benito orando ante un Crucifijo, que siempre me ha llamado la atención. Está el santo monje silencioso, abstraído en la contemplación del misterio de la Cruz, del Señor por él crucificado, y es fácil adivinar el torrente de afecto que entre ambos personajes intentan reflejar el artista en su escultura.

En la vida del monje, este silencio es muy necesario. Son los momentos en los que interioriza todo cuanto ha leído y escuchado a lo largo de la jornada, en los que hace propio en un fecundo diálogo con el Espíritu Santo cuanto ha sido proclamado y celebrado en la liturgia. el silencio externo ayuda a insertar la propia existencia en el torrente de gracia que ha hecho de la historia humana una historia de la Salvación.

jueves, 14 de marzo de 2013

La pureza del corazón


La pureza del corazón será, pues, la piedra de toque y el término de nuestras acciones y de nuestros deseos. Por ella debemos abrazar la soledad, sufrir los ayunos, las vigilias, el trabajo, la desnudez, darnos a la lectura y a la práctica de las demás virtudes. Nuestro designio ha de ser guardar, merced a ellas, puro nuestro corazón de todas las malas pasiones y subir, como por otros tantos grados, hasta la perfección de la caridad.
Juan Casiano
Colación I, 7

miércoles, 13 de marzo de 2013

La confesión de los pecados


El sacramento de la penitencia es uno de los que más cambios ha sufrido a lo largo de su historia. De ser un proceso público de conversión, pasó al ámbito estrictamente privado. Durante los primeros siglos del Cristianismo, había una serie de pecados que, por su especial gravedad, provocaban la exclusión del pecador de la comunidad eclesial; para poder volver al seno de los creyentes, el bautizado tenía que inscribirse en una lista pública, y hacer una penitencia pública consistente en ayunos, vigilias y oraciones. Así, al llegar la Pascua, era reconciliado con la Iglesia. Pero esta penitencia solo podía realizarse una vez en la vida, por lo que muchas personas retrasan su bautismo hasta prácticamente el momento de la muerte, y evitar así lo enojoso de tal proceso penitencial.

Frente a esta penitencia pública, la influencia de la espiritualidad monástica fue creando un nuevo modo de reconciliación por los pecados, que es nuestra actual penitencia privada. Los monjes, siguiendo el consejo del Apóstol, se confesaban los pecados unos a otros; y el anciano espiritual, a través de esta revelación de la conciencia, ayudaba a su discípulo en el progreso espiritual. Esta penitencia se reiteraba cuantas veces fuera necesario, y no se restringía a un número limitado de pecados; de hecho, era un factor esencial en el reconocimiento de la multiforme manifestación del pecado, y en el combate del monje contra las diversas fuerzas del mal.

Esta forma de penitencia privada saltó fuera del ámbito monástica, y se impuso a la generalidad de los fieles, tanto en Oriente como en Occidente. Por fin, en el Concilio de Trente, se reguló de forma definitiva la forma de su celebración, y desde entonces se impuso su celebración en los confesionarios que fueron instalados en las iglesias.

Desde hace décadas esta forma de celebración del sacramento, y la penitencia en sí misma, ha entrado en crisis y, en en gran medida, ha dejado de celebrarse con la frecuencia con que se celebraba. Desde luego, no sólo estamos hablando de una crisis en la forma de la celebración, sino del entero concepto de pecado y de reconciliación. Hoy nos creemos más adultos, y rechazamos el que todo sea pecado; ha entrado en crisis, en sí mismo, el concepto de pecado, y hemos perdido gran parte de la sensibilidad hacia el mal y sus consecuencias. Por eso, en consecuencia, apenas celebramos este sacramento que nos reconcilia con Dios.

De hecho, hasta en la vida monástica actual ha descendido en cantidad y en calidad esta celebración de la penitencia. Cuando, de hecho, sigue siendo una forma esencial de reconocer el poder del pecado y, humildemente, luchar contra ella. No se trata de vivir apresado por un moralismo estrecho, en un escrúpulo constante por las faltas cometidas; pero tampoco es posible ignorar los estragos que en nosotros hace el mal a través de una periódica revisión de la propia conciencia y de la humilde manifestación del propio pecado.

martes, 12 de marzo de 2013

Yuste. Un Monasterio vuelve a la vida

España atesora muchos lugares históricos, en los que antaño Dios fue alabado por los monjes. Uno de ellos es Yuste, el Monasterio de la Orden de San Jerónimo, en el que pasó los últimos días de su vida el emperador Carlos. Suprimido por los liberales durante la exclaustración de 1836, volvió a la vida tras su restauración por el servicio de Patrimonio del Estado, en 1949.

Ha sido confiado a la Orden de San Pablo Ermitaño, una orden de origen polaco que combina la vida contemplativa con actividades pastorales. Que el Señor les conceda éxito en su empresa.


lunes, 11 de marzo de 2013

La compunción del corazón


Una de las claves espirituales en el radical compromiso existencial del monje es la da buscar siempre unirse más y más a Dios Padre Todopoderoso, que en su Hijo Jesucristo nos ha salvado, y que nos da el Espíritu Santo para que podamos tener vida y santidad en Dios. Si el vocablo monje significa uno, sólo, podemos traducir este significado como el deseo de vivir únicamente para Dios, y de consagrarle solamente a él la entera existencia.

Lamentablemente, durante nuestra peregrinación en la vida, no siempre puede conseguirse este objetivo, pues nuestra fragilidad humana y nuestra inclinación al pecado frustran en plan de eterno amor al que Dios nos ha destinado. Hasta tal punto nos ama Dios, que nos ha creado libres, es decir, capaces de optar por el bien, pero también de rechazarle.

Por eso, el monje siente en su corazón un movimiento de dolor y tristeza cuando constata la presencia del pecado, cuando se sabe no completamente entregado a su Señor, cuando ve que en sus hermanos y en la Creación entera la fuerza del pecado actuando. Este dolor por sus propios fracasos en el combate contra el mal, por el pecado de sus hermanos, por la oscuridad que vela la irradiación de la divina belleza del Creador sobre su Creación, es la compunción. Es el llanto por la ausencia del Amado, ausencia no provocada por su demora sino por nuestra desidia.

La compunción es una tristeza salvífica, es un deseo dolorido que desearía poseer perfectamente al Señor en la constatación de la propia lejanía, es el suspiro cansado del peregrino que se da cuenta de la lejanía de su destino, pero también es la confusa esperanza del hijo pródigo que espera encontrar, al menos, un rincón por pequeño que sea, en el corazón del Padre.

domingo, 10 de marzo de 2013

Cristología afectiva en Elredo de Rieval



El mal uso de su inteligencia y de su voluntad trae como consecuencia una distorsión que, quien anteriormente está vuelto a Dios como su Bien Supremo,  ahora ciego se vuelve  hacia propio placer. Por esta falta la imagen de Dios impresa en el alma, se degrada. La memoria, esta sujeta al olvido, la inteligencia al error; la voluntad es turbada por las pasiones . El hombre olvida así a su Dios, aplastado por el peso de su cuerpo que, de instrumento dócil, se ha convertido un fardo, no llega a ver más que las imágenes corporales. El hombre pierde así a Dios, pero a la vez se pierde a sí mismo; se hace un extraño para sí mismo. Se da cuenta que está en el exilio, en la “regio longinqua”, es el hijo pródigo en “regio dissimilitudinis”. Expulsado de la presencia del Padre, es privado se su alimento: el Verbo divino; está preso, como congelado, en un estado de egoísmo, de iniquidad, de falta de amor .

Y sin embargo la semejanza con Dios subsiste todavía en él: oscurecida, es verdad, empañada; pero siempre presente. El libre arbitrio no ha desaparecido después del pecado;  tampoco ha desaparecido la sed de bienaventuranza , aún más, y Elredo no lo olvida, si muy frecuentemente la saciedad y la inconstancia lo invaden para quitarle todo alivio y sosiego al hombre, que se entrega al placer efímero, y, como las cosas no son Dios, nunca le serán suficientes . El hombre podrá reencontrar su dignidad primitiva, pero para ello necesita ayuda. Dios está cerca de él, pero sus ojos enfermos no pueden soportar su luz ni verlo.  Dios está siempre presente en la intimidad del hombre, pero la memoria está frecuentemente oscurecida por el olvido: y aún si el hombre alcanzara a reencontrar en sí mismo el recuerdo de Dios, al no saber ni amarlo ni adorarlo, perece sin remedio.

A partir de estas consideraciones, es evidente que Elredo evaluando la importancia de la memoria considerada como facultad principal del alma, a imagen del Padre, que tiene también cierta prioridad sobre las otras personas de la Trinidad, y al juzgar necesario, para reencontrar a Dios, un retorno del hombre a su propia interioridad, se inspira en San Agustín.  Más que una referencia a San Bernardo,  en este tema Elredo se relaciona  con Guillermo de Saint Thierry, que  edifica su doctrina sobre la enseñanza agustiniana. Está de acuerdo con San Bernardo al afirmar que el conocimiento teórico de Dios, no es suficiente para salvar a al humanidad.  Para no perecer, es necesario amar a Dios. La Encarnación y la Redención  se consideran con toda razón, como los actos de amor de Dios capaces de suscitar en amor en el corazón de los hombres. 

Esta tendencia a remarcar la iniciativa del amor de  Dios   es propia de los cistercienses, es su ofrenda de amor al hombre, la que “reivindica” el intercambio de amor con su criatura. Extraviado en las tinieblas de las cosas sensibles, el hombre está en busca de un camino; y Cristo se muestra sobre la tierra, perceptible a los sentidos a fin de ofrecerse como Camino para retornar al Padre. El hombre esta afectado de una doble debilidad: la del cuerpo y la que viene del pecado. Cristo se ha sometido a la esclavitud del cuerpo para enseñar a los hombres por su ejemplo como vencer la esclavitud del pecado y para triunfar de la muerte corporal en nombre de toda la humanidad. El hombre no puede con sus ojos enfermos ver a Dios: Cristo se cubre de una sombra a asumir un cuerpo y un alma . El hombre está hambriento porque ha perdido su alimento: el Verbo divino, Pan de los Ángeles, se convierte en alimento de los hombres. El Hombre ha enmascarado por el contacto con las cosas  corporales y terrenas su primigenia semejanza con Dios: Cristo toma un cuerpo para restaurar su imagen en las almas. Todos estos temas tan queridos a San Bernardo y a la espiritualidad cisterciense encuentran su expresión fiel en las palabras de Elredo.  Para nuestro autor, el objeto esencial de la Encarnación es la de hacer posible, de parte del hombre, una respuesta de amor al Amor que Dios le ofrece, y así en una activa colaboración con la gracia reencontrar su dignidad perdida. El fin último de la redención es justamente la  deificatio del alma. Esta doctrina es común a toda la patrística.
 El hombre debe tender a reencontrar y a perfeccionar su semejanza con Dios. Elredo que, en su tratado De anima, ha especificado muy bien  las potencias  del alma y su degradación por el pecado puede, mejor que otro, subrayar el retorno de estas facultades a su plenitud mediante la obra  redentora de Cristo.

Del Curso Formadores de REMILA 2009
Trabajo del P. Santiago María 
Monasterio de Azul

sábado, 9 de marzo de 2013

Vida benedictina fuera del Monasterio

Muchas personas se acercan a los Monasterios, para participar de alguna forma de su vida espiritual y enriquecerse, así, del rico legado que detentan. Existen asociaciones de oblatos que agrupan a laicos que se vinculan a un Monasterio por los lazos de la oración y de la caridad. En el día de hoy, la Iglesia recuerda a una santa que lo hizo de una manera peculiar: santa Francisca Romana.


Pero, ¿cómo vivir fuera del Monasterio la espiritualidad benedictina? ¿Es, acaso, posible? San Benito propone un camino espiritual para monjes, pero sus líneas maestras también pueden adaptarse a una vida normal de laico en algunos aspectos, fundamentalmente en el esfuerzo por buscar a Dios en la oración, en algunos momentos especiales consagrados al silencio, y en la caridad.

La vida que hoy vivimos corre a un ritmo trepidante. Tal vez por eso, hoy más que nunca, tiene actualidad esta propuesta, que podríamos formular en dos facetas: por una parte, el reservar algunos días al año para un retiro espiritual en un Monasterio; y para dedicar, cada día, algunos minutos a la oración y a la práctica de las obras de misericordia.

Se trata de una fórmula que permite romper el absolutismo de las ocupaciones mundanas, para recordar en la vida cotidiana que el núcleo central de nuestra existencia consiste en tender hacia Dios. Es algo, por tanto, que no sólo está al alcance de los monjes, sino de toda persona que desee vivir en su vida familiar y laboral momentos de especial contacto con el Señor.

viernes, 8 de marzo de 2013

Siete veces al día te alabaré


San Benito, cuando estableció en la Regla cómo debían orar los monjes, recurrió a un salmo que oraba con frecuencia, en el que el orante se propone alabar al Señor siete veces al día. Se trata, es claro, de una cifra simbólica: el siete alude a la suma o unión de lo divino (el tres) y los humano (el cuatro). Tres son las divinas Personas de la Trinidad, y cuatro los elementos (tierra, aire, agua y fuego) que constituyen la Creación. De esta forma, la vida del monje debiera ser una constante alabanza de la Creación, en cuya representación se pone el orante, al único Dios en su misterio trinitario.

No se trata de un simple concepto teológico: el misterio incomprensible de la Trinidad consiste en cómo tres personas, absolutamente distintas, pueden llegar a ser un único ser divino, de cuya plenitud procede el ser, y a cuya intimidad hemos sido convocados para toda la eternidad. El Padre se goza en el Hijo, el Hijo ama al Padre, y entre ambos el Espíritu Santo sella la perfecta unión divina en el amor. El Hijo confía en el Padre, el Padre glorifica al Hijo, y el Espíritu Santo le da la gloria que procede del Padre. El mismo Espíritu Santo nos es dado, para que en todo momento podamos seguir existiendo en el ser de Dios.

La oración litúrgica, por tanto, más allá de un simple instrumento de catequesis, de confraternización, de comunión humana, es esencialmente una participación que nos es concedida por el Espíritu Santo en el eterno movimiento de amor que existe en el seno de la Trinidad; y, en nombre de toda la Creación, cada orante puede así alabar al que es fuente y origen de todo ser.

Además, el número siete encierra un segundo simbolismo. Cada momento de oración alude a diversos misterios del Dios que ha venido a nuestro mundo a salvarnos. Por la noche, cuando el silencio cubre la tierra y los hombres descansan, el orante sale del sueño del pecado, para estar en vela y esperar al Señor que viene. Al amanecer, el orante agradece al Padre no sólo la creación que comienza de desperezarse recuperando sus colores y su vida, sino también la nueva creación hecha en la Resurrección de Cristo. En Tercia, invoca al Espíritu Santo, cuyo mandamiento de amor medita el orante. En Sexta sube a la Cruz con Cristo. En Nona, muere con Cristo en la Cruz. En Vísperas, al ocaso del día, invoca con confianza junto a Cristo crucificado al que es refugio y fortaleza del justo. Por fin, en Completas entrega la propia existencia al Señor, como anticipo del propio fin.

Así, la entera vida del orante reproduce cada día el misterio de Dios, hecho hombre para que el hombre puede conocer, amar y disfrutar de Dios. Y el monje, de hecho, consagrado a este proceso de cristificación, es decir, de reproducción en sí mismo del propio ser de Cristo, es movido por el Espíritu Santo a progresar en su participación en el misterio de la Trinidad.

De ahí que en san Benito sea tan importante y repetida la breve doxología que compendia toda la existencia cristiana:

Gloria al Padre,
al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

jueves, 7 de marzo de 2013

La liturgia en la vida del monje benedictino


Existen muchas formas de ser monje cristiano. Una de ellas, por supuesto no la única, es la que tiene en la Regla de san Benito y en la tradición benedictina una norma de vida. El concepto fundamental de esta forma de ser monje diríamos, con un término técnico que san Benito tomó del griego, que es el cenobitismo. Somos monjes cenobitas, es decir, que vivimos en común. No somos ermitaños, es decir, los monjes que siguen a Dios en la soledad absoluta. Los cenobitas se agrupan, comparten la vida y se ayudan mutuamente en su vida espiritual. Los puntos de encuentro fundamentales en la vida del monje cenobita son la oración coral, la comida en común y la escucha del magisterio del Abad. Estos elementos de vida comunitaria se complementan con otros de soledad, especialmente la vida de oración en la celda. Después, cada tradición benedictina ha articulado estos elementos según su genio propio.

La oración común en el oratorio no simplemente es un acto comunitario. Expresa la dimensión eclesial de la comunidad de monjes que, unidos a Jesucristo, alaba la gloria de la Trinidad Santa e intercede por las necesidades de todos los hombres.

La tradición benedictina se ha caracterizado por tener en la más alta consideración este elemento cenobítico; de ahí, su impresionante esfuerzo por dotar de belleza estos momentos privilegiados de la jornada del monje. El canto gregoriano, el cuidado por el lugar sagrado donde se desarrolla la celebración litúrgica, la ordenación del ceremonial y la belleza de los ornamentos, solo son signos visibles que intentan hacer tangible el Misterio que evocan.

También en nuestros días, muchas comunidades monásticas han sucumbido a la tentación de prescindir de estos elementos simbólicos, considerándolos como una estética ajena a la sensibilidad actual y que distancia del común sentir del pueblo de Dios, buscando una pretendida simplificación que, sencillamente, ha conducido a una fealdad que, carente de cualquier sentido simbólico, es incapaz de alcanzar los grados de sublimidad atesorados en la tradición benedictina.

La estética cristiana implica una objetividad y exige una disciplina. La objetividad se refiere a que dicha estética se fundamente en un lenguaje objetivo, transmitido de generación en generación, que no depende de la voluntad de cada monje y que, por lo mismo, es susceptible de ser comprendida en todo tiempo y lugar. Por ejemplo, a pesar de ser latinos, somos capaces de comprender la disposición de una catedral ortodoxa rusa, sencillamente, porque mantienen la objetividad de un lenguaje estético que se remonta al origen del cristianismo.

La disciplina alude al esfuerzo necesario para crear belleza recreando, en fidelidad a la tradición, el lenguaje recibido de la tradición. El arte tiende a no ser sencillo; de hecho, se fundamenta en el artificio, es decir, en la elaboración de los elementos simples y naturales, para construir realidades más complejas a través de las cuales se expresa la inefable riqueza del misterio cristiano.

Por eso mismo, la liturgia monástica debiera reformarse en fidelidad a la objetividad y a la disciplina, por más que estos conceptos sean rechazados por la estética contemporánea, o creamos que nos alejan de la comprensión y sensibilidad de la gente normal. Por el contrario, el pueblo fiel suele ser movido más intensamente por la captación de la belleza que remite a un misterio inexpresable, que por la comprensión intelectual de unos contenidos que necesariamente han de ser simplificados y que son incapaces de expresar el misterio sin destruirlo.

La liturgia protestante, fiel a su erróneo principio de que sólo mediante la libre interpretación de la Palabra podemos acceder a Dios, despojó a su liturgia de todo simbolismo y la redujo a un racionalismo, tantas veces estéril. De hecho, sus templos son meros auditorios, y sus celebraciones muchas veces son clases magistrales. Es una liturgia subjetiva y que no se atiene a la disciplina de la tradición; por lo mismo, no puede ser universalmente comprendida ni expresa en todo tiempo y lugar el único misterio de Dios. La liturgia católica, y especialmente la monástica, debiera huir de la influencia de tal liturgia que, por desgracia, en las últimas décadas ha sido tan intensa.

miércoles, 6 de marzo de 2013

... Pero el hábito ayuda a ser monje.


La renovación de la vida monástica atañe fundamentalmente al corazón de cada monje, en cuanto que se decida a serlo con profundidad y con radicalidad. Sin embargo, las circunstancias externas también tienen su importancia.

Conocemos el refrán: El hábito no hace al monje. Este dicho quiere decir que lo fundamental no es el envoltorio externo, sino las cualidades internas del corazón. Sin embargo, la experiencia enseña que no es menos cierto que el hábito ayuda a ser monje, es decir, que las circunstancias externas también tienen su importancia en la vida del monje.

Vivimos tiempos de crisis. Muchos monasterios ven peligrar su futuro por falta de vocaciones y una comprensible intranquilidad y desasosiego lastran la vida de muchas comunidades. Durante mucho tiempo se ha achacado esta situación a la creciente secularización de nuestra sociedad, o a la falta de compromiso y de valor en los jóvenes de hoy.

Pero, ¿es esta la entera verdad? ¿Están mal los monasterios porque no tienen monjes, o no será más bien al revés, porque los monasterios están mal no tienen monjes? Los jóvenes de hoy, como los de todas las épocas, solo comprometen su vida por ideales bellos, sublimes, capaces de seducir a la persona o dotarla de un plan de vida a la altura de dichas inspiraciones. Tal vez el contraste con una realidad mediocre, cuando no simplemente fea o criticable, echa atrás a muchas personas en el camino de su vocación.

La palabra secularismo, por mucho que la hayamos utilizado, tal vez no sea la más adecuada para describir esta situación. Creo que sería más conveniente hablar de ateísmo. Sí, en nuestra sociedad se difunde un agresivo ateísmo, que ya no utiliza armas violentas sino la seducción de una vida cada vez más cómoda, más placentera y más despreocupada. Lo peor de todo es que este ateísmo puede también haberse infiltrado en nuestros claustros. Siempre que desaparece la centralidad de Dios en nuestras comunidades, y lo sustituimos por otras cosas más asumibles por nuestro entorno, desertamos de nuestro compromiso y rebajamos la calidad de nuestra vivencia monástica.

Criterios ajenos a la tradición monástica, nuevas vías que nada tienen que ver con la fe cristiana, puerilidades políticamente muy correctas, o simplificaciones que tienden a extirpar la belleza de un ideal hieren con harta frecuencia nuestras comunidades. Estos conceptos tan abstractos tienen su traducción práctica en absurdos tan lamentables como retiros espirituales con el baile del tango como argumento, el silencio y la meditación cristiana en zen, liturgias plagadas de cancioncillas tan sentimentales como ñoñas, oficios divinos en los que se sustituyen las lecturas de los Padres por lecturillas espirituales a la moda, el eneagrama como culmen de la conocimiento psico-cristiano del alma, etc. Sin entrar en detalles hirientes, no pueden dejar de sorprender cursos como aquel de espiritualidad de San Juan de la Cruz desde una perspectiva zen; u otros de orientación tan psicológica como escasamente cristiana.

Tampoco faltan ejemplos de comunidades tan ricas, tan acomodadas a unos bienes históricos y patrimoniales, que para nada necesitan trabajar, pues una pequeña comunidad de monjes es servida por un ejército de trabajadores. Y, cuando el entusiasmo por sacar adelante honradamente una vida con el esfuerzo de las propias manos es sustituido por una riqueza adquirida y no ganada, se puede dar por normal una vida monástica hecha de sucesivas veladas en torno a un té como complemente del trabajo litúrgico. Evidentemente, ejemplos morales y estéticos tan mediocres son incapaces de atraer a nadie que no busque otra cosa que la seguridad en un futuro humanamente resuelto con ciertos atisbos de piedad.

El hábito no hace al monje, pero le ayuda a serlo. La reforma de la vida monástica es, sobre todo, algo del interior. Pero no puede dejar de tener repercusiones en lo exterior.

martes, 5 de marzo de 2013

La renovación de la vida monástica

Zurbarán - San Hugo en el refectorio de los cartujos

Con frecuencia solemos pensar en estructuras, actividades y formas de gobierno cuando nos referimos a la renovación de la vida monástica, y nos olvidamos que ésta sólo puede venir de la renovación de la vida monástica que debemos realizar en nuestro propio corazón, que con tanta facilidad de acomoda a situaciones fáciles y agradables.

Cada uno de nosotros, monjes, debemos tratar de renovar nuestra propia vida monástica, y debemos mirar mucho más al interior de nosotros mismos, que a las estructuras que nos circundan. Es más, cada uno de nosotros, monjes, con la ayuda del Espíritu Santo, podemos y debemos ser los reformadores de nuestra propia vida monástica.

¿Qué criterios nos deben guiar en esta reforma? Ante todo, aquellos que nos conducen a una mayor intimidad de vida con Jesucristo, y a una mayor decisión de entregar nuestra existencia terrena para poder así compartir la eternidad de amor de la Trinidad, hasta el derramamiento de nuestra sangre si fuera preciso.

Es admirable leer en los impresionantes testimonios que hemos conservado de los mártires benedictinos de Barbastro, cómo cuando fueron a buscarlos para asesinarlos, uno de los monjes más jóvenes pretendió defenderse con las armas, lo que moralmente no hubiera sido reprochable en otro cristiano. Pero el prior le recordó que, desde el momento en que había hecho la profesión monástica, había entregado al Señor no sólo su persona sino también su entera vida.

El verbo "acomodarse" expresa muy bien los peligros que, tal vez después de muchos años de vida monástica, corremos los monjes: buscar la comodidad, evitar lo arduo y refugiarnos en una mediocridad dorada. San Benito, recogiendo una riquísima tradición monástica, hablaba de la tibieza del corazón. En el Apocalipsis, el Señor amenaza con escupir de su boca a los tibios, que ni son fríos ni calientes. Renovarnos como monjes implica volver a recuperar el ardor del ideal por el que lo dejamos todo, y eso solo se consigue recuperando la intensan amistad con Jesucristo, que nos ha llamado a participar con él de la gloria eterna.

Sin duda que muchos de nuestros Monasterios necesitan hoy de reforma, y que son ejemplares los nuevos modelos de vida monástica con los que el Espíritu Santo mantiene vivo el ardor de la tradición de los padres; pero más que envidiar obras admirables en sí mismas, podemos comenzar por reformarnos a nosotros mismos, insistiendo en la oración, en el ayuno, en las vigilias, y en la práctica de la misericordia.

lunes, 4 de marzo de 2013

El amor por el dinero III


Si queremos, pues, obedecer el mandamiento evangélico y a toda aquella Iglesia que desde el principio ha tenido su fundamento en los Apóstoles, no atendamos a nuestras ideas personales ni entendamos malamente lo que ha sido bien dicho. Más bien rechacemos nuestro sentimiento tibio e incrédulo y recibamos los Evangelios rigurosamente. Porque así podremos seguir los pasos de los santos Padres y no faltar a la disciplina del convento. Sólo así podremos renunciar verdaderamente a este mundo. Es bueno llegados a este punto, recordar las palabras de un santo. Se trata de lo que san Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, dijo a un senador que había renunciado al mundo, pero con tibieza, y que retenía aún algo de sus propias riquezas. "Has destruido al senador y no has sido el cristiano."

Es necesario que pongamos todo nuestro celo en eliminar de nuestra alma la raíz de todos los males que es el amor por el dinero, porque sabemos con toda certeza que, si permanece la raíz, las ramas brotarán sin dificultad.

No es fácil practicar esta virtud si no permanecemos en el convento; efectivamente, allí nada nos preocupa con relación a las exigencias más absolutas. Si tenemos bien presente las condenas de Ananías y de Safira, temblaremos al pensar que retendremos algo de lo que un tiempo poseíamos. Del mismo modo, temerosos frente al ejemplo de Guejazí, quien contrajo una lepra perpetua por su amor al dinero, guardémonos de acumular riquezas que ni siquiera en el mundo poseíamos. Y si pensamos en Judas, quien termina ahorcado, temblemos ante la idea de retomar lo que con nuestra renuncia habíamos despreciado.

Y continuamente deberemos tener ante nuestros ojos el incierto momento de la muerte, para que el Señor nuestro no se nos acerque cuando no lo esperamos y encuentre nuestra conciencia manchada por el amor al dinero. Él nos dirá, entonces, lo que en el Evangelio dijo al rico: ¡Necio!, esta noche misma te será pedida tu alma; lo que has preparado, ¿para quién será? (Lc 12:20).

Casiano el Romano, Filocalia al Obispo Castor sobre el vicio de mar el dinero

domingo, 3 de marzo de 2013

El amor por el dinero II


Así, el que ama el dinero, encendido por el fuego de sus propias riquezas, no podrá nunca tener paz en el monasterio, ni vivir aceptando una regla. Y cuando el Demonio, como un lobo, lo secuestra y lo aparta del rebaño, lo deja para que sea devorado. Entonces, lo empuja a hacer en su celda aquellos trabajos que en el convento descuidaba y no hacía en las horas establecidas. Y no le permite observar ni las oraciones habituales, ni la costumbre del ayuno, ni el canon de la vigilia, pues, luego de haberlo unido indisolublemente al amor por el dinero, lo convence para que ponga todo su empeño en el trabajo manual.

Tres son las formas bajo las cuales se presenta esta enfermedad, y todas están igualmente prohibidas por las Sagradas Escrituras y por las doctrinas de los Padres. Una de ellas induce a que estos míseros posean y acumulen lo que ni siquiera tenían cuando vivían en el mundo. La otra hace que aquel que, de una vez por todas, había abandonado las riquezas, se arrepienta, y le sugiere tratar de recuperar lo que había ofrecido a Dios; la tercera, luego ole haber atado al cristiano con la falta de fe y la tibieza, no le permite deshacerse del todo de las cosas del mundo: le insinúa el temor al hambre y la falta de fe en la Providencia, haciéndole transgredir las promesas hechas cuando hubo dejado su vida anterior.

De las tres formas de este mal encontramos ejemplos, como se ha dicho, ya condenados en las Sagradas Escrituras. Guejazí, por ejemplo, queriendo adquirir para sí mismo riquezas que antes no poseía, perdió la gracia profética que el maestro quería dejarle en herencia. Más bien, en lugar de heredar bendiciones, heredo una lepra perpetua, a causa de las maldiciones del profeta.

Y Judas, queriendo obtener el dinero que en un primer momento rechazó para seguir a Cristo, no sólo se alejó del coro de los Apóstoles por haber traicionado al Señor, si no que destruyó su vida física con una muerte violenta. Ananías y Safira, por haber conservado algo de lo que ya poseían, fueron castigados con la muerte, mediante sentencia apostólica . Y el gran Moisés, el del Deuteronomio, místicamente exhorta a aquellos que prometen dejar el mundo y que, debido al temor infundido por la falta de fe, permanecen apegados a las cosas terrenas: Si alguno se encuentra temeroso y tiene miedo en su corazón, que vuelva a su casa, para que no induzca al temor el corazón de sus hermanos (Dt 20:8).

¿Hay algo más seguro y claro que este testimonio? ¿No aprenderemos, pues, de estas cosas, nosotros que hemos dejado el mundo, renunciando perfectamente a todo y saliendo victoriosos de la batalla, antes que atender a un principio ya blando y débil que termina por apartar a los otros de la perfección evangélica e inducirlos al miedo? Hay algunos que interpretan mal lo que las Escrituras dicen bien: Hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20:35), y se esfuerzan por alterar el sentido de lo que se dice, engañándose a sí mismos, y siguiendo su propia pasión por el dinero. Hacen lo mismo con las enseñanzas del Señor: Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees, dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme (Mt 19:21): en realidad, consideran que mejor que ser pobre es disponer de la propia riqueza y acudir a la propia abundancia para dar a los pobres. Deberán éstos saber que no se han apartado aún del mundo ni han entrado en la perfección monástica, mientras se avergüencen de aceptar en nombre de Cristo la pobreza del Apóstol, sirviendo a sí mismos y a los necesitados con el trabajo de sus propias manos, para llevar a cabo con hechos la profesión monástica y ser glorificados con el Apóstol. Luego de haber dispersado su antigua riqueza, que combatan junto con Pablo la buena batalla, en el hambre y en la sed, en el frío y en la desnudez El Apóstol mismo, si hubiera sabido que conservar su antigua riqueza es más necesario para la perfección, no hubiera despreciado su propia dignidad, dado que afirma que, es por nacimiento de distinta condición y de ciudadanía romana. Y aquella gente de Jerusalén, que vendía sus propias casas y sus propios campos y ponía lo recaudado a los pies de los apóstoles, no lo hubiera hecho si considerase que era más feliz al nutrirse con sus propias riquezas antes que con su propia fatiga o con las ofertas de los gentiles. Y el mismo Apóstol nos habla muy claramente a propósito de aquellos cuando, escribiendo a los romanos, dice: Ahora voy a Jerusalén para el servicio de los santos, por que Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén (Rm 15:25-26).
Y él mismo, tantas veces sometido a cadenas y prisiones, a la molestia de los viajes y por esto impedido, como es obvio, de proveerse con sus propias manos, nos enseña cómo, ante estas necesidades, fue socorrido por los hermanos venidos desde Macedonia, y nos dice: Y de hecho los hermanos provenientes de Macedonia proveyeron a mis necesidades (2 Co 11:9). Y a los filipenses escribe: Lo sabéis también vosotros, oh filipenses, que... al salir de Macedonia, ninguna iglesia tuvo que ver conmigo en materia de dar y tener, a no ser por vosotros solamente. Porque también en Tesalónica y una o dos veces más, me habéis mandado de lo que tenía necesidad (Flp 4:15 y ss). Por lo tanto, a juicio de quien ama el dinero, ¡aquellos serán más amados por el Apóstol, pues le han provisto en sus necesidades con sus propios haberes! Esperemos que nadie llegará a tal extremo de locura como para osar afirmar esto.

Casiano el Romano, Filocalia al Obispo Castor sobre el vicio de mar el dinero

sábado, 2 de marzo de 2013

El amor por el dinero I


Casiano el Romano  en la Filocalia habla al Obispo Castor de ocho diferentes vicios. Hoy y mañana hablaremos del amor al dinero, algo que se ha definido como, raíz de todos los males.

La batalla es contra el espíritu del amor por el dinero, espíritu que es extraño a la naturaleza, y que en el monje tiene su origen en la falta de fe. Es así como los impulsos de las otras pasiones, es decir, de la ira y de la concupiscencia, parecen partir del cuerpo mismo, y de alguna manera, su principio está en la naturaleza misma: por este motivo son vencidos después de mucho tiempo. Sin embargo, el mal del amor por el dinero viene desde lo externo, y puede ser eliminado fácilmente si estamos atentos y solícitos. Pero si se lo descuida, se convierte en una pasión más letal que las otras, y difícil de sacar. Es, como dice el Apóstol, la raíz de todos los males.

Observemos cómo las actitudes naturales del cuerpo se pueden notar no solamente en los niños que aun no tienen conocimiento del bien y del mal, sino también en los niños más pequeños, aun lactantes, en los cuales no hay trazas de voluptuosidad y que, sin embargo, muestran en su carne, sus actitudes naturales. Del mismo modo, podemos ver en los niños la reacción de la ira, cuando los vemos excitados contra el que los ha entristecido. Y todo esto no lo digo por acusar a la naturaleza de ser causa de pecado -nunca se sabe - sino que lo digo para demostrar cómo la ira y la concupiscencia, que el Creador había unido al hombre para bien, parecen de alguna manera -a causa de la negligencia - ir contra la naturaleza, a partir de lo que es simplemente parte de la naturaleza del cuerpo. El movimiento del cuerpo fue dado por el Creador al hombre no para la fornicación, sino para la generación de sus hijos y la supervivencia de la especie. Y la reacción de la ira fue sembrada en nosotros para nuestra salvación, para que la accionáramos contra el mal, no para convertirnos en simples bestias contra el que pertenece a nuestra misma estirpe.

No es la naturaleza la pecadora, aunque hagamos un mal uso de nuestras potencias; tampoco deberemos acusar a quien nos ha plasmado; como tampoco al que nos ha dado el hierro para sus usos necesarios y ventajosos, si el que luego lo toma se sirve de él para matar. Hemos dicho todo esto para demostrar cómo el origen de la pasión por el amor al dinero no deriva de un movimiento natural, sino de una voluntad pésima y corrupta.

Este mal, cuando encuentra el alma tibia e incrédula, encontrándose ésta al principio de su alejamiento del mundo, le sugiere pretextos aparentemente razonables para retener alguna cosa más de lo que posee. Le hace imaginar al monje una larga vejez y enfermedades físicas, haciéndole calcular que lo que el convento podrá ofrecerle no será suficiente como para proporcionarle algún consuelo, no solamente a quien esté enfermo, sino a quien esté sano, e incluso que no le será posible obtener ninguno de esos cuidados que es justo administrar a los enfermos, sino que resultará en un abandono total, por lo que si no se ha puesto de lado algún dinerillo, allí se morirá como un miserable.

Finalmente, sugiere que ni siquiera es posible permanecer por largo tiempo en el monasterio, debido a la pesadez de los trabajos y a la severidad del superior. Cuando el mal haya seducido con estos pensamientos la mente, para hacerle retener por lo menos un dinerillo, convencerá al monje de la necesidad de aprender, a escondidas del abad, un trabajo manual con el cual aumentar el dinero por el que se preocupa. Y finalmente, con oscuras esperanzas, desvía al desventurado, haciéndolo pensar en una ganancia proveniente de su trabajo, y en el alivio y en la seguridad que de ello se desprende. Y así, luego de haberse entregado por entero al pensamiento de la ganancia, no medita en nada de lo equivocado: ni en la locura de la ira, cuando sufre por algún perjuicio, ni en la tiniebla de la tristeza en la que cae si pierde la posibilidad de obtener alguna ganancia. Así como para otros el estómago es dios, así el oro es el dios para éste. Por tanto, el bienaventurado Apóstol, conociendo todo esto, ha denominado a esta pasión no solamente la raíz de todos los males, sino también "idolatría." Consideremos pues a cuánta malicia este mal induce al hombre, que logra arrastrarlo incluso hasta la idolatría. De hecho, el que ama el dinero, ha apartado su intelecto del amor a Dios, y lo deposita en los ídolos del hombre esculpidos en oro.

Ante todos estos pensamientos, el cristiano se halla obnubilado, empeora cada vez más, y se aparta de la obediencia: además se irrita, se indigna contra todo aquello que cree no merecer, murmura por el trabajo que debe hacer, contradice, y puesto que ya no observa ningún sentido de respeto, se dirige como un caballo salvaje hacia el precipicio. No se conforma siquiera con el alimento cotidiano que recibe; por el contrario, asegura que no puede soportar más. Afirma que Dios no se encuentra solamente allí, que su salvación no está radicada allí, y que si no abandona el monasterio, se pierde. Y así, teniendo como colaborador de estos pensamientos corruptos al dinero que ha apartado, y gracias a éste, sintiéndose liviano como si tuviera alas, empieza a considerar salir del monasterio, para terminar sintiendo soberbia y aspereza hacia todo lo que ha profesado, como un forastero, un extranjero; y si ve en el monasterio algo que necesita ser corregido, lo descuida, lo desprecia, y critica todo lo que se hace. Luego, busca cualquier pretexto para encolerizarse o entristecerse, a fin de no parecer una persona ligera, que se va del monasterio por cualquier motivo. Y si, con insinuaciones y palabras vanas, puede engañar a alguien y hacerlo salir del monasterio, no se detiene ni siquiera frente a esto, pues quiere asociarlo en su caída.

viernes, 1 de marzo de 2013

La pobreza



En la Regla benedictina existen tres votos monásticos: estabilidad, conversión de costumbres y obediencia; paralelos, podríamos decir, a los de pobreza, castidad y obediencia que se hacen en las otras familias religiosas.

San Benito da una importancia radical al tema de la pobreza. De hecho, empieza el capítulo 33 de la Regla, donde se pregunta si los monjes deben tener algo en común, diciendo «hay un vicio que por encima de todo hay que arrancar de raíz del monasterio».

La condena de la propiedad privada es uno de los temas más comunes en las reglas cenobíticas y en los tratados de espiritualidad monástica. No solo San Benito no fue indulgente en esta materia. También lo fueron San Pacomio, San Basilio, San Agustín, Casiano o San Jerónimo, es decir, los grandes padres de la vida monástica.

El razonamiento es más que lógico. Si los monjes no son dueños de su propia voluntad (cap. 5-7), mucho menos los pueden ser de bienes materiales. San Benito habla de la posible pobreza del monasterio, pero no afirma en ninguna parte que el monje es un pobre. Va mas allá, el monje es un servus, es decir, un esclavo. Es por eso que nada puede quedar fuera del control del abad. Dar, recibir o usar cualquier cosa (cap. 54) por pequeña que sea sin el mandato o permiso del abad es contrario a la renuncia de los bienes que el monje ofreció a Dios en su profesión (cap. 58). El desasimiento total que en la Regla se exige, más que apuntar a la comunidad de bienes, se refiere a la renuncia de la propia voluntad y a la obediencia al abad( cap.5). La pobreza es mas entendida como un ejercicio individual, que como un fin en si mismo de la comunidad monástica. Tiene en cuenta más lo que pierde la vida espiritual del monje que tiene algo en propiedad, que el daño que ésta puede causar en el espíritu fraterno y comunitario.

Sin embargo, hay que alejar de San Benito, la idea de un ideal en el cual todos tengan las mismas cosas. El abad, que en la Regla es quien lleva una vida irreprochable y por su sabiduría puede ejercer como padre, pastor y maestro (cap. 2), es el que debe distribuir con sapiencia los bienes entre los monjes. San Benito se coloca del lado de los débiles y quiere que se atienda, ante todo, a las necesidades de los menos dotados. Esto es, el que necesite menos, de gracias a Dios y no se entristezca y el que necesita más, humíllese, pero nadie tiene que caer en la tentación de compararse a los demás y juzgarlos por su propia necesidad (cap. 34). De esta forma San Benito quería no solo afrontar la virtud de la pobreza, sino también condenar el pecado de la envidia y la murmuración. Ante estos males solo cabe oponer la virtud de la caridad (cap.72).

También aquí San Benito es muy preciso a la hora de regular este aspecto de la vida en común. Da normas generales y claras (cap. 55). Exige pobreza y sobriedad en la indumentaria, se preocupa por la higiene y el decoro, y les pide que no se preocupen por la calidad ni el color de la ropa. Pero por sobre todo, cuando San Benito se refiere a la pobreza, resuena la definición de la justicia. No se debe dar a todos lo mismo sino a cada uno lo suyo, es decir lo que realmente necesita (cap. 39-40). Cuando habla de lo justo y no lucrativo del trabajo de los artesanos (cap. 57) no quiere enriquecerse con su trabajo sino la justa medida, incluso mas bajo salario evitando así, la avaricia. Que el monje viva del trabajo de sus manos (cap. 58) para san Benito un motivo de no entristecerse y quiere asegurar siempre la moderación en su justa medida.