jueves, 7 de febrero de 2013

La caridad como motor en la conversión


Elredo de Rieval, maestro en la vida espiritual que todavía hoy, después de ocho siglos, nos sigue ayudando en nuestro progreso espiritual, nos enseña que así como un amor mal entendido nos separa de Dios y del prójimo, recluyéndonos en nuestro propio yo; la caridad, por contra, restaura en nosotros la imagen de Dios en la que fuimos creados y nos inserta en comunión con nuestro prójimo en la comunidad de vida trinitaria de Dios. En efecto, dice así en el capítulo octavo del Libro Primero de su Espejo de la Caridad:

Nuestro amor, envenenado de codicia y miserablemente amarrado en la red del placer, se hundía en el abismo, esto es, iba de vicio en vicio por su propio peso. Pero, al infundírsele la caridad y disolver ésta con su calor su innata indolencia, se eleva a las alturas, se despoja de la vetustez,  se reviste de la verdad, y adquiere las alas plateadas de la paloma para volar hacia el bien sublime y puro, de quien todos proceden.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Lo esencial en el monje



El ser humano siempre busca realizar proyectos como forma de realizarse a sí mismo, de tal manera que el desenvolvimiento de la propia personalidad se verifica en la consecución de los fines propuestos. El fracaso en dichas realizaciones sería considerado como un fracaso en el desenvolvimiento de la propia personalidad.

Sin embargo, cuando vemos las grandes renuncias que se proponen los monjes como forma de seguir a Jesucristo, nos damos cuenta que lo esencial en la vida del monje no es lo que hace ni lo que consigue, sino la puesta a disposición del propio ser para que el Espíritu Santo sea quien realice su obra en la humildad de no conseguir los propios fines.

Por así decirlo, sería aquello a lo que san Benito alude frecuentemente como renuncia a la propia voluntad. De hecho, cuando consideramos la vida del santo, nos damos cuenta de que ésta, en realidad, estuvo llena de fracasos humanos: se propuso vivir en soledad, y terminó gobernando una comunidad; tuvo que abandonar dicha comunidad, porque sus monjes llegaron a detestar tanto su forma de entender la vida religiosa, que intentaron asesinarlo; se estableció en un lugar con nuevos discípulos, que tuvo que abandonar al cabo de un tiempo a causa de los conflictos con un presbítero envidioso; por fin, su obra cumbre, la fundación de Montecasino, supo por revelación divina que también acabaría siendo destruida. En fin, una sucesión de fracasos en la consecución de un proyecto vital. Pero dichos proyectos no eran lo esencial de su ser de monje, de su entrega al Misterio de Dios revelado en Jesucristo.

martes, 5 de febrero de 2013

La profesión de virginidad


Pregunta: ¿Desde qué edad debemos ofrecernos a Dios, o a partir de cuándo se puede considerar que la profesión de virginidad es firme y estable?

Respuesta: El Señor dice: “Dejen que los niños vengan a mí” (Mc 10, 14; Lc 18, 16), y el Apóstol Pablo alaba al que desde la infancia había aprendido las sagradas letras, y también ordena que los hijos sean educados en la doctrina y en la corrección del Señor (Mt 19, 14; 2 Tm 3, 15; Ef 6, 4); por tanto, consideremos que todo tiempo es oportuno, aun desde la primera edad, para aprender el temor y la enseñanza del Señor (Sal 33 [34],12; Sal 110 [111],11; Jb 28,28; Si 1,14); pero la profesión de la virginidad será firme desde el comienzo de la edad adulta, la que suele considerarse apta y adecuada para las nupcias. Pero es necesario que los niños sean recibidos con la voluntad y el consentimiento de los padres, más aún, que sean ofrecidos por los mismos padres con el testimonio de muchos, para que se excluya toda ocasión de maledicencia de parte de los hombres malvados. Hay que emplear suma diligencia para con ellos, de modo que puedan ser instruidos razonablemente en todos los ejercicios de la virtud, tanto en palabra, cuanto en pensamiento y obra; lo que les hubiere sido inculcado en su tierna infancia lo conservarán con más firmeza y tenacidad en el futuro. Por tanto, hay que encomendar el cuidado de los niños a los que, ante todo, han mostrado de modo convincente tener la virtud de la paciencia, que puedan también aplicar a cada uno la medida de la corrección proporcionada al grado de la culpa y a la edad, y que, por sobre todo, los preserven de las palabras ociosas (Mt 12, 36; Ef 4, 29-30), de la ira y de los incentivos de la gula y de todos los movimientos indecorosos y desordenados. Pero si con el aumento de la edad no se percibe en ellos ningún progreso, sino que su mente permanece voluble y su ánimo vano e hinchado, y aun después de enseñanzas adecuadas permanece estéril, hay que despedir a estos tales y principalmente cuando el ardor juvenil provoca en esa edad inexperta.

En cuanto a aquellos que vienen al servicio de Dios en edad ya madura, hay que investigar, como dijimos, el tenor de su vida pasada, y hasta es suficiente si piden insistentemente (dedicarse al servicio de Dios), y si tienen un verdadero y ardiente deseo por la obra de Dios. Esta constatación deben hacerla aquellos que pueden examinar y comprobar estas cosas con mucha prudencia. Después de haber sido aceptados, si desgraciadamente son infieles a su propósito, entonces hay que considerarlos como a quienes han pecado contra Dios, y ante él (han violado) el pacto de su profesión. “Si un hombre peca contra un hombre, se dice, habrá quienes oren al Señor por él; pero si peca contra Dios,¿quién orará por él?” (1 Sam 2,25)

Basilio de Cesarea , Regla. Versión latina de Rufino de Aquileya, Cuestión 7.



lunes, 4 de febrero de 2013

Rabano Mauro

Rabano Mauro presenta su obra a S. Gregorio.
Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general del miércoles 3 de junio de 2009 a Rabano Mauro, abad del monasterio de Fulda, arzobispo de Maguncia y “praeceptor Germaniae”, maetro de Alemania. Utilizó  contenidos conceptuales y estímulos artísticos, utilizando tanto la forma poética como la forma pictórica dentro del mismo códice manuscrito método de combinar todas las artes, la inteligencia, el corazón y los sentidos, que procedía de Oriente y con él sería desarrollado ampliamente en Occidente.
Dice el papa de él que,  tenía una conciencia extraordinaria de la necesidad de involucrar en la experiencia de fe no sólo la mente y el corazón, sino también los sentidos a través de los otros aspectos del gusto estético y de la sensibilidad humana que llevan al hombre a disfrutar de la verdad con todo su ser, "espíritu, alma y cuerpo".

Rabano Mauro, (Maguncia, c. 780-Winkel, Renania, 856) es llamado primus praeceptor Germaniae, primer maestro de Alemania, debido al impulso cultural que realizo desde la abadia de Fulda. Fue prelado y erudito alemán. Discípulo de Alcuino (802), fue maestrescuela (815) y más tarde abad (822) del monasterio de Fulda, al que convirtió en un gran centro cultural y misionero de fama universal. Dimitió en 842, y en 847 fue nombrado arzobispo de Manguncia. Teólogo, poeta y científico, fue también consejero de Ludovico Pío, de Lotario y de Luis el Germánico. Interesado por la formación del clero y por el buen despliegue del culto, sus obras ejercieron gran influencia en Europa central durante la Edad Media. Entre ellas destacan el tratado De institutione clericorum (819) y  la enciclopedia De universo (842-847),así como una nutrida correspondencia.

sábado, 2 de febrero de 2013

Bendición Monástica de la Liturgia Hispana

Antifonario Visigótico de León

Señor, Padre santo, Dios eterno. Tú nos has elegido en Jesucristo, antes de la creación del mundo, para que seamos santos e irreprochables, en tu presencia, en el amor. Nos has predestinado en tu Hijo amado a ser hijos adoptivos tuyos, según el designio de tu amor, para alabanza de la gloria de tu gracia.

En el curso de los tiempos, has escogido hombres a quienes has atraído y llevado al desierto y les has hablado al corazón. Lo mismo que a tu pueblo santo, los has probado y les has hecho pasar hambre, los has alimentado con un maná oculto, para enseñarles que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de tu boca.

Así llamaste a Abraham, nuestro padre en la fe, y le mandaste que dejara su familia y la casa de su padre para que fuera a la tierra que Tú le habías de mostrar.

Luego te manifestaste a Moisés, tu siervo, hombre humilde, el más humilde que ha habido en la tierra. Vio la zarza ardiendo, sin consumirse, oyó tu nombre santo e inefable, sacó a tu pueblo de Egipto, casa de servidumbre, atravesó el mar, entró en el desierto y recibió las tablas de la ley en el Sinaí. Tú hablabas con él cara a cara, como un amigo con su amigo, y su rostro irradiaba luz porque tú le habías hablado.

Tú llamaste a Samuel, de niño, cuando dormía junto al arca de Dios, y él respondió: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Fue profeta de Israel y ungió a David, tu escogido. También Elías, hombre de Dios, estuvo en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches, fortalecido con el alimento que le dio el ángel; en el monte Horeb oyó tu voz, en forma de una brisa suave. De generación en generación, te han cantado todos los salmistas; han implorado sin cesar tu auxilio, tú que habitas donde Israel te alaba. Su único anhelo era estar en tu casa todos los días de su vida, para gozar de ti; así te ofrecían un sacrificio de alabanza y, día tras día, buscaban tu rostro. También los profetas respondieron a tu llamada -tu palabra era dentro de ellos un fuego devorador- y los sabios conocieron el misterio de tu salvación; y los pobres pusieron en ti su esperanza. Por eso, el anciano Simeón y la profetisa Ana esperaban el consuelo de Israel: vieron al Niño, creyeron y te dieron gracias.

Finalmente, enviaste a Juan, el precursor, cuya voz gritaba en el desierto; venía a preparar el camino del Señor, a proclamar un bautismo de conversión, a mostrar al Cordero de Dios, a dar testimonio de la luz, hasta derramar su sangre.

Para completar a tus santos elegidos, escogiste a María, la hija de Sión, la conservaste libre de toda culpa y la inspiraste el propósito de perpetua virginidad. Por el anuncio del ángel, el Espíritu Santo vino sobre ella; tu poder, oh Dios Altísimo, le cubrió con su sombra, y, la esclava de Señor, se convirtió en Madre de Dios, santa e  inmaculada.

Al llegar la plenitud de los tiempos, Padre santo, revelaste tu Hijo único al mundo; en su vida oculta nos dio ejemplos de humildad; abrazó el camino de la obediencia hasta la muerte de cruz, y nos abrió las puertas de tu reino. Para reconciliar al mundo consigo, se entregó a la muerte, y,  resucitando de entre los muertos, envió sobre nosotros al Espíritu de gracia y de verdad, y nos anunció su venida gloriosa.

Por medio del Espíritu Santo  prometido, suscitó en la Iglesia a nuestros padres en la vida monástica: a san Antonio, el primero de los padres del desierto, a san Pacomio y a san Basilio, a san Martín; a san Fructuoso y a san Isidoro, los legisladores hispanos; a san Valerio y a los monjes del Bierzo, a san Millán de la Cogolla; a nuestro Padre san Benito que nos dio su Regla para monjes; a santo Domingo de Silos; a los santos abades Veremundo de Irache, Íñigo de Oña, Sisebuto de Cardeña, García de Arlanza y Lesmes de Burgos, a san Frutos; y a tantos santos monjes que vivieron en la soledad y en el silencio buscándote de veras, a ti, único Dios verdadero. 

Ahora te pedimos, Señor, que envíes tu Espíritu Santo sobre estos hermanos nuestros, que han respondido solícitos a la llamada de Cristo y se han comprometido a seguirle por el camino del Evangelio. Dales en plenitud los dones de tu Espíritu para que su vida no sea ya para ellos mismos, sino para tu Hijo único, muerto y resucitado por nosotros.

viernes, 1 de febrero de 2013

La Eucaristía en la vida del monje


Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia. El arte espiritual comienza cuando se acepta humildemente que todo don perfecto, toda gracia procede de lo alto. Especialmente, en el corazón de cada jornada, cuando el monje se encuentra en Cristo con Dios en la Eucaristía. Y recibe al Altísimo en la pobre y pecadora morada de su ser. Pan y vino que, por la fuerza del Espíritu Santo, se convierte en el Cuerpo y la Sangre del Señor, el perfecto sacrificio de la reconciliación, la memoria de su redención y la presencia salvadora de su misma persona. No hay mayor consuelo ni más sublime don. Desde entonces, es imposible la soledad pues, ¿cómo pretender estar solos, cuando Dios mismo ha querido venir a nosotros? La soledad del monje no consiste en buscarse a sí mismo, sino en renunciar a otros contactos para concentrarse en el encuentro salvador en Cristo con Dios Todopoderoso. Y su vida, en consecuencia, busca elevarse a la presencia del Señor, en la oración, como el incienso.