viernes, 1 de febrero de 2013

La Eucaristía en la vida del monje


Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia. El arte espiritual comienza cuando se acepta humildemente que todo don perfecto, toda gracia procede de lo alto. Especialmente, en el corazón de cada jornada, cuando el monje se encuentra en Cristo con Dios en la Eucaristía. Y recibe al Altísimo en la pobre y pecadora morada de su ser. Pan y vino que, por la fuerza del Espíritu Santo, se convierte en el Cuerpo y la Sangre del Señor, el perfecto sacrificio de la reconciliación, la memoria de su redención y la presencia salvadora de su misma persona. No hay mayor consuelo ni más sublime don. Desde entonces, es imposible la soledad pues, ¿cómo pretender estar solos, cuando Dios mismo ha querido venir a nosotros? La soledad del monje no consiste en buscarse a sí mismo, sino en renunciar a otros contactos para concentrarse en el encuentro salvador en Cristo con Dios Todopoderoso. Y su vida, en consecuencia, busca elevarse a la presencia del Señor, en la oración, como el incienso.

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