jueves, 27 de noviembre de 2014

Abadía de San Andrés de Arroyyo


Hoy hemos contemplado la iluminación de la Caída de Babilonia, procedente del Beato de San Adnrés de Arroyo. Por eso, vamos a visitar este Monasterio, situado en el norte de la Diócesis de Palencia. Lo habita una comunidad de monjas cistercienses, de cuya página web (http://www.sanandresdearroyo.es/) tomamos la información acerca de su historia.


SITUACIÓN GEOGRÁFICA

En la región septentrional de la provincia de Palencia y perteneciente a la comarca de la Ojeda, término municipal de Santibáñez de Ecla, se halla ubicada la histórica abadía de San Andrés de Arroyo, distante unos ocho Km. de la estación de Alar del Rey, en el fondo de un estrecho y solitario valle, recibiendo el sobrenombre del arroyo contiguo, lugar en que, según la tradición, se encontró una imagen de San Andrés apóstol, a cuyo honor fue dedicado el Cenobio.

Fue precisamente en este retirado y angosto valle donde se fijó la condesa doña Mencía de Lara, considerándolo el sitio adecuado para el establecimiento de un Monasterio de vida contemplativa, en el cual día y noche resonaran las divinas alabanzas bajo la observancia cisterciense. Nos hallamos en los postreros años del siglo XII, época en la que se observa un auge significativo en la fundación y construcción de abadías en el norte de la Península Ibérica , ya que tanto los reyes como las familias nobles tenían a bien patrocinarlas, unas veces para servirles de panteones, otras de albergue a algunos familiares o para redimirles de sus culpas, en tanto que las más de ellas su finalidad era el de rendir culto a Jesucristo como prueba de su fe católica. A San Andrés de Arroyo, le cupo el honor de tener como a su primera abadesa a doña Mencía condesa de Lara, hija de Rey Alfonso VII y nieta de don Rodrigo González de Lara.


PROCEDENCIA DE LAS PRIMERAS MONJAS

En cuanto al documento fundacional del monasterio de San Andrés de Arroyo, debemos afirmar que hasta la fecha se ignora en donde se  encuentra  el acta fundacional, aunque la casi totalidad de los diversos autores que han investigado el tema, se inclinan por el preciso instante en que Alfonso VIII otorgó a la condesa doña Mencía y al monasterio de San Andrés de Arroyo, el 23 de abril de 1181, a cambio de los dos mil áureos que ésta le había prestado, la iglesia de San Millán, ubicada entre Grijalva y Villasandino, además de un prado junto al Río Yodra. Siendo también del mismo año, pero sin fecha otro documento, éste de carácter privado, por el cual María Antolinez, al ingresar en el citado Monasterio, junto a su hija, de la que no menciona el nombre, dona todas sus propiedades a la iglesia de San  Andrés de Arroyo y a su abadesa doña Mencía, así como a las monjas presentes y futuras.



LA COMUNIDAD EN EL MOMENTO ACTUAL

Desde los inicios de la fundación del Monasterio (año 1181), de manera ininterrumpida hasta el momento presente, la vida comunitaria ha existido en el Monasterio siguiendo la regla de San Benito, según el carisma Cisterciense.

Durante los siglos de su existencia nuestro Monasterio ha experimentado épocas de esplendor, prueba de ello: El Claustro, siglos XII-XIII, la Sala Capitular siglo XIII y la iglesia Abacial siglo XIII, y otras dependencias importantes que fueron construidas en siglos posteriores. También vivió épocas de decadencia, especialmente durante la desamortización de Mendizábal (1835).

La comunidad de modo habitual ha sido numerosa, aunque hubo una época que quedó reducida a 13 hermanas; en los años 1950-1960, 62 monjas formaban la comunidad de Santa María y de San Andrés; en el momento actual viven su vocación cristiana bajo la regla de San Benito 22 monjas.

Nuestro Monasterio forma parte, desde buenos comienzos, de la Federación de Monasterios de monjas de la Orden Cisterciense en España; y también se halla incorporado “pleno Iure” a la Orden Cisterciense a través de la Congregación de la Regular Observancia de San Bernardo o de Castilla.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

San Veremundo de Irache

Hemos visitado hoy, en los Lugares Sacros, el Monasterio de Santa María de Irache. Este lugar está ligado a la persona de su santo abad Veremundo. Su nombre, en latín, significa verdaderamente limpio. Nació en Arellano o, según otros, en Villatuerta. A los doce años, hacia 1032, fue admitido en el monasterio de Irache, donde su tío Muni era abad. Muy devoto de la Madre de Dios, los monjes decían que hablaba con la imagen que tenía a la iglesia del monasterio. Al morir el abad Muni, los monjes lo elegieron como abad, hacia 1052.

Durante su gobierno, la abadía tuvo una época de esplendor, convertiéndose en parada obligada para los peregrinos que hacían el Camino de Santiago. El rey Sancho Garcés IV de Pamplona otorgó numerosos privilegios al monasterio, con las donaciones de tres iglesias, doce monasterios y seis villas, dominios que su sucesor Sancho Ramírez amplió. Éste concedió en 1087 el privilegio, extensivo en toda la comunidad monástica de Irache, que la palabra de un monje fuese considerada como prueba en un juicio. En la polémica para la reforma de la liturgia, Veremundo defendió el antiguo rito mozárabe y envió a Roma dos de los libros litúrgicos: el de pregarias (Liber orationum) y el antifonario (Liber antiphonarum). El papa Alejandro II, a quien había llegado la fama de santidad del abad, los aprobó.

Cerca del monasterio, san Veremundo encontró la imagen de Santa Maria del Puy, el 1080. Sancho Ramírez de Aragón fundó, en el lugar donde se había encontrado la talla, la ciudad de Estella. Esto provocó una disminución del favor real hacia Irache, ya que los recursos y privilegios se destinaron ahora a la nueva ciudad. En 1099 ya consta un nuevo abad en el monasterio. Parece que Veremundo habría muerto en Irache el 8 de marzo de 1092, o puede que 1099.

martes, 25 de noviembre de 2014

Semantron y campanas en Santa Catalina del Sinaí



Recordamos hoy a santa Catalina del Sinaí, cuyas reliquias fueron veneradas en el Monasterio que lleva su nombre, en el Monte Sinaí. En esta grabación, vemos a un monje ortodoxo tocando el Semantron (golpeando una tabla de madera) y, luego, las campanas, en la forma usual de llamar en los monasterios ortodoxos a los monjes para la oración

lunes, 24 de noviembre de 2014

Un día normal en la Cartuja de Miraflores

El cartujo se acuesta muy pronto, entre las siete y media y las ocho de la tarde. Cuatro horas más tarde, a las once y media de la noche, se levanta y comienza su jornada.

Después de  asearse y de orar un rato en el oratorio de su ermita, a las 0,15 horas, la campana de la torre convoca a los monjes a la oración de la noche en la iglesia; son los Maitines y los Laudes, oración cantada, compuesta de salmos, lecturas de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, preces y oraciones por las necesidades del mundo y de la Iglesia.

Este largo oficio litúrgico de la noche es muy apreciado por los monjes y se prolonga hasta las dos y cuarto o las tres de la mañana.

De vuelta a su ermita el cartujo hace una breve oración a la Virgen María en su oratorio y se acuesta.


A las seis y media de la mañana se levanta y dedica esas primeras horas a la oración. A las ocho se reúne la comunidad en la iglesia para la Misa, que siempre es cantada. La mañana transcurre en la ermita dedicada al estudio, la lectura meditada de la Sagrada Escritura, el trabajo manual. La comida es a las once y media y la tarde sólo se interrumpe para cantar en la iglesia el oficio litúrgico de Vísperas.


sábado, 22 de noviembre de 2014

San Agustín de Hipona. Cantad a Dios con maestría y con júbilo

Francesco Vanni. La Virgen con el Niño y las Santas Cecilia e Inés

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo. Despojaos de lo antiguo, ya que se os invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo.

Cantadle un cántico nuevo, cantadle con maestría. Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. El no admite un canto que ofenda sus oídos Cantad bien, hermanos. Si se te pide que cantes para agradar a alguien entendido en música, no te atreverás a cantarle sin la debida preparación musical, por temor a desagradarle, ya que él, como perito en la materia, descubrirá unos defectos que pasarían desapercibidos a otro cualquiera. ¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? ¿Cuándo podrás prestarte a cantar con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos?

Mas he aquí que él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios.

Canta con júbilo. Este es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo.

El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos. Cantadle con maestría y con júbilo.

San Agustín de Hipona
Comentario sobre el salmo 32 (Sermón 1, 78: CCL 38, 253254)

viernes, 21 de noviembre de 2014

San Agustín de Hipona: María dio fe al mensaje divino y concibió por su fe


Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella?

Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo; es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.

Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el vientre que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno.

María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.

Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos.

San Agustín de Hipona
Sermón 25 (7-8: PL, 46, 937-938)