sábado, 2 de julio de 2016

Haz penitencia y vuelve al Señor


Haz penitencia y vuelve al temor del Señor, tu Dios; esfuérzate en practicar el ayuno, la oración, la súplica y las lágrimas. Dame ocasión de hacer tu panegírico y haré que lleguen hasta tu Dios tus buenas obras, el suave olor de tus ayunos, de tus limosnas, de tu oración, de tu misericordia para con los pobres, a fin de que mi rostro rebose de gozo con mis hermanos los ángeles, y descienda sobre ti el Espíritu Santo, e inmediatamente serás contado con los justos y los buenos, que el día de la retribución escucharán una palabra de gozo.

Vuelve al Señor, oh alma, por la penitencia, pues te aproxima a Dios y Dios es bueno. ¿Qué es la penitencia? Apartarse del pecado, renunciar al deseo y abandonar la conducta anterior; aceptar una norma de vida a base de frecuentes ayunos, asidua oración, servicio diligente, todo ello acompañado de lágrimas noche y día.

Practica el amor a los pobres: Dios lo prefiere al sacrificio que sube a su presencia; huye de las delicias del cuerpo y atiende, en cambio, con solicitud a tu alma; purifica tus manchas a fin de que gustes qué bueno es el Señor: entonces descenderá sobre ti su luz, y quedarás a salvo de la tentación del enemigo, pues el Señor prometió acoger a quienes acuden a él, haciéndoles el don de su misericordia.

Escucha con atención: no frecuentes las reuniones mundanas, ni te des a la excesiva comida y bebida, no sea que pierdas lo que el Señor prometió a los buenos y justos. Y de esta forma, oh alma, con las limosnas que hicieres ahora se irá edificando tu morada y con el óleo de la misericordia arderá tu lámpara en el reino de los cielos. Da fe a a palabra que el Señor pronunció en el evangelio: Yo soy manso y humilde y mi carga es ligera; venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. ¡Oh pobre alma! Muchos son tus pecados, pero su misericordia es más grande que los pecados de todo el mundo. Acércate a su perdón y a su misericordia y hará brillar sobre ti su Espíritu. Ahoga en lágrimas tus pecados y descenderá sobre ti el bien.

Mira, acabo de exponerte con claridad todas las cosas y te he indicado el camino de la vida, que es la penitencia. Ella te ayudará a acercarte al Señor y te dará a gustar el manjar del paraíso. Arropa a los pobres con tu manto y protégelos del rigor del invierno; llena su estómago y multiplica tus ayunos.

Haz penitencia y vuelve al Señor, y acógete a su infinita misericordia, pues que se la prometió a cuantos le invocan. Oh alma, mira que nuestro Señor ha dicho: Nadie conoce su hora. Date prisa en alcanzar la salvación, presenta tu ofrenda y, en la palestra del hacer cotidiano, adquiere la paciencia, la humildad, el silencio de la lengua, la pureza, el amor a los pobres, y habrás cosechado la justicia. Si esto hicieres, los bienes lloverán sobre ti. Y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Señor, la magnificencia y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

elección de las Sentencias de los Padres y de los relatos de Juan Mosco y otros autores
(Patericon 196: CSCO, Scriptores Aethiopici, t. 54, 118-121)

viernes, 1 de julio de 2016

Las monjas cartujas

Si pocos son los monasterios de monjes cartujos en el mundo, mucho menor es el número de monjas cartujas. Por eso, este domingo queremos compartir unos momentos de su silenciosa y retirada existencia, a través de este video, que acompañado de su canto litúrgico, nos muestra imágenes de los distintos monasterios de las monjas cartujas. Que el Señor las conceda perseverar en su vocación, y suscite vocaciones que permitan mantener en el seno de la Iglesia un carisma tan precioso.

jueves, 30 de junio de 2016

Monasterio de Santa Cecilia de Roma


Visitamos hoy la Iglesia del Monasterio de Santa Cecilia de Roma, en memoria de los santos mártires de la urbe. La iglesia tiene una fachada construida el año 1725 por Ferdinando Fuga, la cual incluye un patio decorado con antiguos mosaicos, columnas y un cántaro. También incluye el escudo de armas y la dedicatoria del cardenal titular que financió la construcción de la fachada, Francesco Acquaviva d'Aragona.

Entre los vestigios que permanecen del edificio del siglo XIII está un mosaico ubicado en el coro de los monjes que representa el juicio final (1289-1293), basado en los diseños de Pietro Cavallini, y en el presbiterio se ubica el ciborio (1293) de Arnolfo di Cambio. El ciborio gótico está rodeado por cuatro columnas de mármol blanco y negro, decorados con estatuas de ángeles, santos, profetas y evangelistas. El ábside tiene restos de mosaicos del siglo IX que representan a varios santos.

El cielo de la Cappella dei Ponziani está decorado con Dios Padre con los evangelistas (1470) de Antonio del Massaro (Il Pastura). La Cappella delle Reliquie fue pintada por Luigi Vanvitelli, quien también decoró el retablo. La nave central está pintada con la Apoteosis de Santa Cecilia (1721) de Sebastiano Conca. La iglesia también aloja dos retablos más: Santas Valeria y Cecilia y la Decapitación de Santa Cecilia (1603).

Entre los trabajos más notables está el altar de Santa Cecilia (1600) del escultor post-renacentista Stefano Maderno. Según se cuenta, esta escultura fue modelada sobre el cuerpo de la santa, cuando se abrió su tumba en 1595. La estatua evidencia la decapitación, lo que ayuda a la identificación de la santa. Además demuestra la supuesta incorruptibilidad de su cuerpo (atributo de los santos), el cual, milagrosamente, aún conserva sangre después de siglos. La estatua podría ser concebida como proto-barroca, ya que representa un momento o una persona no idealizada, sino que muestra una escena teatralizada, una representación naturalista de una muerte, o de un santo moribundo. Esto es un acierto, ya que precede en varias décadas a las esculturas similares del alto-barroco de Gian Lorenzo Bernini (por ejemplo, su Beata Ludovica Albertoni) y de Melchiorre Cafà (Santa Rosa de Lima).

miércoles, 29 de junio de 2016

Sermón 3 de san Bernardo en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo


Con mucha razón, hermanos, la madre Iglesia aplica a los Apóstoles lo que dice el libro de la Sabiduría: Éstos son los hombres misericordiosos... Hombres misericordiosos, sin duda alguna, tanto por haber alcanzado misericordia, como por estar llenos de misericordia, o porque nos han sido dados misericordiosamente por Dios. Observa, en primer lugar, qué misericordia han conseguido. Pregúntale a Pablo; escucha lo que él confiesa espontáneamente de sí mismo: Antes fui un blasfemo, perseguidor e insolente; a pesar de esto, Dios tuvo misericordia de mí.

 ¿Quién no conoce el daño que hizo a los fieles de Jerusalén? Y no sólo en Jerusalén y Judea, sino en todo Israel, descargaba su furor, para pisotear a los miembros de Cristo. Caminaba loco de furia, y se le adelantó la gracia. Respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, quedó convertido en discípulo del Señor; consciente, además, de cuanto tendría que sufrir por él. Chorreaba veneno mortal por todos sus poros, y se transformó en un instrumento tan maravilloso que de su corazón brotaban frases tan bellas y santas como ésta: Señor, ¿qué quieres que haga? Estamos ante un cambio realizado por la diestro del Altísimo.

 Con razón diría más tarde: mucha verdad es este dicho y digno de que todos lo hagan suyo: que el Mesías Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores; y nadie es más pecador que yo. Que el ejemplo de San Pablo os infunda consuelo y confianza. Si os habéis convertido ya al Señor, no os atormentéis con el recuerdo de vuestros pecados, sino humillaos y decid como él: soy el menor de los Apóstoles, y no merezco el nombre de apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Seamos humildes bajo la mano poderosa de Dios, y confiemos: también nosotros hemos alcanzado misericordia, estamos lavados y santificados. Todos, sin excepción, porque todos pecamos y estamos privados de esta gloria de Dios.

 De San Pedro quisiera deciros otra cosa, que tiene mucho valor por ser muy rara, y que es sublime por ser única. Pablo pecó, pero lo hizo con la ignorancia del que no cree. Pedro, en cambio, cayó con los ojos bien abiertos. Aquí sí que donde abundó el pasado sobreabundó la gracia. Los que pecan antes de conocer a Dios, de experimenar su misericordia, de llevar su yugo suave y ligero, o de recibir la gracia de la devoción y el consuelo del Espíritu Santo, cuentan con un generoso perdón. Y esto fuimos todos nosotros.

martes, 28 de junio de 2016

Catequesis de Benedicto XVI sobre san Ireneo


San Ireneo nació con gran probabilidad, entre los años 135 y 140, en Esmirna (hoy Izmir, en Turquía), donde en su juventud fue alumno del obispo san Policarpo, quien a su vez fue discípulo del apóstol san Juan. No sabemos cuándo se trasladó de Asia Menor a la Galia, pero el viaje debió de coincidir con los primeros pasos de la comunidad cristiana de Lyon:  allí, en el año 177, encontramos a san Ireneo en el colegio de los presbíteros.

Precisamente en ese año fue enviado a Roma para llevar una carta de la comunidad de Lyon al Papa Eleuterio. La misión romana evitó a san Ireneo la persecución de Marco Aurelio, en la que cayeron al menos 48 mártires, entre los que se encontraba el mismo obispo de Lyon, Potino, de noventa años, que murió a causa  de  los malos tratos sufridos en la cárcel. De este  modo,  a  su  regreso,  san Ireneo fue elegido obispo de la ciudad. El nuevo pastor se dedicó totalmente al ministerio episcopal, que se concluyó hacia el año 202-203, quizá con el martirio.

San Ireneo es ante todo un hombre de fe y un pastor. Tiene la prudencia, la riqueza de doctrina y el celo misionero del buen pastor. Como escritor, busca dos finalidades:  defender de los asaltos de los herejes la verdadera doctrina y exponer con claridad las verdades de la fe. A estas dos finalidades responden exactamente las dos obras que nos quedan de él:  los cinco libros "Contra las herejías" y "La exposición de la predicación apostólica", que se puede considerar también como el más antiguo "catecismo de la doctrina cristiana". En definitiva, san Ireneo es el campeón de la lucha contra las herejías.

La Iglesia del siglo II estaba amenazada por la "gnosis", una doctrina que afirmaba que la fe enseñada por la Iglesia no era más que un simbolismo para los sencillos, que no pueden comprender cosas difíciles; por el contrario, los iniciados, los intelectuales —se llamaban "gnósticos"— comprenderían lo que se ocultaba detrás de esos símbolos y así formarían un cristianismo de élite, intelectualista.

Obviamente, este cristianismo intelectualista se fragmentaba cada vez más en diferentes corrientes con pensamientos a menudo extraños y extravagantes, pero atractivos para muchos. Un elemento común de estas diferentes corrientes era el dualismo, es decir, se negaba la fe en el único Dios, Padre de todos, creador y salvador del hombre y del mundo. Para explicar el mal en el mundo, afirmaban que junto al Dios bueno existía un principio negativo. Este principio negativo habría producido las cosas materiales, la materia.

Cimentándose firmemente en la doctrina bíblica de la creación, san Ireneo refuta el dualismo y el pesimismo gnóstico que devalúan las realidades corporales. Reivindica con decisión la santidad originaria de la materia, del cuerpo, de la carne, al igual que la del espíritu. Pero  su  obra  va  mucho  más  allá de la confutación  de  la herejía; en  efecto,  se  puede decir que se presenta  como el primer gran teólogo de la Iglesia, el que creó la teología sistemática; él mismo habla del sistema de la teología, es decir, de la coherencia interna de toda la fe.

En el centro de su doctrina está la cuestión de la "regla de la fe" y de su transmisión. Para san Ireneo la "regla de la fe" coincide en la práctica con el Credo de los Apóstoles, y nos da la clave para interpretar el Evangelio, para interpretar el Credo a la luz del Evangelio. El símbolo apostólico, que es una especie de síntesis del Evangelio, nos ayuda a comprender qué quiere decir, cómo debemos leer el Evangelio mismo.

De hecho, el Evangelio predicado por san Ireneo es el que recibió de san Policarpo, obispo de Esmirna, y el Evangelio de san Policarpo se remonta al apóstol san Juan, de quien san Policarpo fue discípulo. De este modo, la verdadera enseñanza no es la inventada por los intelectuales, superando la fe sencilla de la Iglesia. El verdadero Evangelio es el transmitido por los obispos, que lo recibieron en una cadena ininterrumpida desde los Apóstoles. Estos no enseñaron más que esta fe sencilla, que es también la verdadera profundidad de la revelación de Dios. Como nos dice san Ireneo, así no hay una doctrina secreta detrás del Credo común de la Iglesia. No hay un cristianismo superior para intelectuales. La fe confesada públicamente por la Iglesia es la fe común de todos. Sólo esta fe es apostólica, pues procede de los Apóstoles, es decir, de Jesús y de Dios.

Benedicto XVI
Audiencia General
Miércoles 28 de marzo de 2007

domingo, 26 de junio de 2016

San Bernardo. Sigámoslo con el empeño de una vida santa


En distintas ocasiones y de muchas maneras no sólo habló Dios por los profetas, sino que fue visto por los profetas. Lo conoció David hecho poco inferior a los ángeles; Jeremías lo vio incluso viviendo entre los hombres; Isaías nos asegura que lo vio unas veces sobre un trono excelso, y otras no sólo inferior a los ángeles o entre los hombres, sino como leproso, es decir, no sólo en la carne, sino en una carne pecadora como la nuestra.

También tú, si deseas verlo sublime, cuida de ver primero a Jesús humilde. Vuelve primero los ojos a la serpiente elevada en el desierto, si deseas ver al Rey sentado en su trono. Que esta visión te humille, para que aquélla exalte al humillado. Que ésta reprima y cure tu hinchazón, para que aquélla colme y sacie tu deseo. ¿Lo ves anonadado? Que no sea ociosa esta visión, pues no podrías ociosamente contemplar al exaltado. Cuando lo vieres tal cual es, serás semejante a él; sé ya desde ahora semejante a él, viéndolo tal cual por ti se ha hecho él.

Pues si ni en la humildad desdeñas ser semejante a él, seguramente te esperará también la semejanza con él en la gloria. Nunca permitirá él que sea excluido de la comunión en la gloria el que haya participado en su tribulación. Finalmente, hasta tal punto no desdeña admitir consigo en el reino a quien hubiere compartido su pasión, que el ladrón que le confesó en la cruz estuvo aquel mismo día con él en el paraíso. He aquí por qué dijo también a los Apóstoles: Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas y yo os transmito el reino. Y dado que si sufrimos con él también reinaremos con él, sea entre tanto, hermanos, nuestra meditación Cristo, y éste crucificado. Grabémosle como un sello en nuestro corazón, como un sello en nuestro brazo. Abracémosle con los brazos de un amor recíproco, sigámoslo con el empeño de una vida santa. Este es el camino por el que se nos muestra él mismo, que es la salvación de Dios, pero no ya privado de belleza y esplendor, sino con tanta claridad, que su gloria llena la tierra.

San Bernardo de Claraval
Sermón 1 para el domingo de las kalendas de noviembre (2: Opera omnia, Edit Cister t. 5, 305)