jueves, 9 de marzo de 2017

Vida benedictina fuera del Monasterio

Muchas personas se acercan a los Monasterios, para participar de alguna forma de su vida espiritual y enriquecerse, así, del rico legado que detentan. Existen asociaciones de oblatos que agrupan a laicos que se vinculan a un Monasterio por los lazos de la oración y de la caridad. En el día de hoy, la Iglesia recuerda a una santa que lo hizo de una manera peculiar: santa Francisca Romana.


Pero, ¿cómo vivir fuera del Monasterio la espiritualidad benedictina? ¿Es, acaso, posible? San Benito propone un camino espiritual para monjes, pero sus líneas maestras también pueden adaptarse a una vida normal de laico en algunos aspectos, fundamentalmente en el esfuerzo por buscar a Dios en la oración, en algunos momentos especiales consagrados al silencio, y en la caridad.

La vida que hoy vivimos corre a un ritmo trepidante. Tal vez por eso, hoy más que nunca, tiene actualidad esta propuesta, que podríamos formular en dos facetas: por una parte, el reservar algunos días al año para un retiro espiritual en un Monasterio; y para dedicar, cada día, algunos minutos a la oración y a la práctica de las obras de misericordia.

Se trata de una fórmula que permite romper el absolutismo de las ocupaciones mundanas, para recordar en la vida cotidiana que el núcleo central de nuestra existencia consiste en tender hacia Dios. Es algo, por tanto, que no sólo está al alcance de los monjes, sino de toda persona que desee vivir en su vida familiar y laboral momentos de especial contacto con el Señor.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Orar


Orar es un acto simple de colocación ante la presencia de lo Sagrado.

No te compliques con rituales ni con palabrería o con lecturas excesivas. Orar es muy sencillo, no hace falta que te leas todos los libros que hay sobre el tema. Se trata de orar, no de leer sobre ello. Vale más un minuto de presencia en lo Sagrado que un año de lecturas sobre la oración.

El rato de oración es un paréntesis de tranquilidad en tu vida. Nunca tengas prisa. La prisa, la ansiedad, la complicación y la dispersión son los mayores enemigos del espíritu. Mantenlos a raya cueste lo que cueste. Nunca te dejes llevar por ellos. Mantente todo el tiempo que haga falta hasta que reconozcas la presencia de lo Sagrado. Esto puede llevarte desde unos pocos minutos hasta horas. Ten paciencia y espera.

Evita hacerlo de manera mecánica y rutinaria; hazlo, no por obligación, sino por devoción. Eso te coloca en una actitud y en una atmósfera totalmente diferentes.

El pensamiento racional puede llegar a ser un gran enemigo del espíritu. No pienses, razones ni elucubres sobre lo que haces. Simplemente hazlo; simplemente reza. Entra en esa atmósfera, no pienses sobre ella. El pensamiento no entiende esos estados y antes, durante o después de la oración, pondrá todo tipo de impedimentos y de razonamientos haciéndote ver lo absurdo de la práctica. El pensamiento empleará todo tipo de argumentos de lo más convincentes e ingeniosos. ¡No hagas caso al pensamiento! Diga lo que diga la mente, tú continúa con tu práctica de oración.

Ten en cuenta que esto te sucederá, incluso, después de muchos años de práctica y de frecuentación de esos “lugares del Espíritu”. Muchos son los testimonios de personas de oración y de vida interior que así lo confirman. Nunca hagas caso a esos pensamientos. La mente pensante, hiper desarrollada en las personas actuales, no puede abarcar ciertas moradas y se resiste con todas sus fuerzas poniendo una barrera que debemos vencer con perseverancia e inspiración.

Un Ermitaño Anónimo

martes, 7 de marzo de 2017

Cartuja de San José

Visitamos hoy una nueva Cartuja, fundada en Córdoba, Argentina. Las bellas imágenes están acompañadas de un cántico lleno de esperanza: el Rorate de Adviento.

sábado, 4 de marzo de 2017

Invirtió su tesoro según el mandato del Altísimo


La sorprendente, sincera y no engañosa caridad de Casimiro, por la que amaba ardientemente al Dios todopoderoso en el Espíritu, impregnaba de tal forma su corazón, que brotaba espontáneamente hacia su prójimo. No había cosa más agradable y más deseable para él que repartir sus bienes y entregarse a sí mismo a los pobres de Cristo, a los peregrinos, enfermos, cautivos y atribulados.

Para las viudas y huérfanos y necesitados era no solamente un defensor y un protector, sino que se portaba con ellos como si fuera su padre, su hijo o su hermano.

Tendríamos que escribir una larga historia si hubiésemos de contar uno por uno sus actos de amor a Dios y sus obras de caridad con el prójimo.

Es poco menos que imposible describir su gran amor por la justicia, su templanza, su prudencia, su fortaleza y constancia, precisamente en esa edad en la que los hombres suelen sentir mayor inclinación al mal.

A cada paso exhortaba a su padre, el rey, a respetar la justicia en el gobierno de la nación y en el de los pueblos que le estaban sometidos. Y, si alguna vez el rey por debilidad o negligencia incurría en algún error, no dudaba en reprochárselo con modestia.

Tomaba como suyas las causas de los pobres y miserables, por lo que la gente le llamaba «defensor de los pobres». A pesar de su dignidad de príncipe y de su nobleza de sangre, no tenía dificultad en tratar con cualquier persona por humilde y despreciable que pareciera.

Siempre fue su deseo ser contado más bien entre los pobres de espíritu, de quienes es el reino de los cielos, que entre los personajes famosos y poderosos de este mundo. No tuvo ambición del dominio terreno ni quiso nunca recibir la corona que el padre le ofrecía, por temor de que su alma se viera herida por el aguijón de las riquezas, que nuestro Señor Jesucristo llamó espinas, o sufriera el contagio de las cosas terrenas.

Personas de gran autoridad, algunas de las cuales viven aún y que conocían hasta el fondo su comportamiento, aseguran que permaneció virgen hasta el fin de sus días.

De la vida de san Casimiro, escrita por un autor casi contemporáneo

viernes, 3 de marzo de 2017

Santos mártirds Emeterio y Celedonio


Entre los prodigios de valor que manifestaran los Mártires de Jesucristo en tiempo que los gentiles perseguían a la Iglesia con la mayor crueldad fue y ha sido memorable en todos los siglos el de san Emeterio y Celedonio, hijos, según refieren varios escritores, de san Marcelo, centurión de la legión qne tenían tos romanos en la ciudad de León, una de las principales de España, donde los Santos siguieron la profesión militar desde su juventud. Educados en la religión cristiana por un padre que mereció la corona del martirio, persuadidos firmemente que fuera de ella no hay salvación para los hombres, luego que supieron la cruel persecución que suscitaron los emperadores de Roma contra los discípulos de Cristo, encendidos en vivísimos deseos de testificar con su sangre las verdades infalibles de nuestra santa fe, resolvieron de común acuerdo hacerlo así, manifestando en su defensa el brío militar, de que se hallaban asistidos, ante los perseguidores. Para alentarse á una acción tan gloriosa, que serviría de ejemplo capaz de animar á no pocos fieles tímidos á vista de los estragos que en ellos hacían los gentiles, habló Emeterio a su hermano en estos términos: Ya sabes, Celedonio, hace muchos años que servimos a las potestades de la tierra en la guerra del mundo, sin otro objeto que el del honor y premios caducos, arriesgando nuestra vida en las funciones militares. Supuesto que al presente se nos ofrece otra guerra más noble, más digna y más meritoria contra los enemigos de Jesucristo, cuyos premios son eternos, vamos a lograrlos en un combate laudable.

No necesitas, respondió Celedonio, gastar palabras para que te siga en una resolución tan acertada: estoy muy bien persuadido de la gran diferencia que hay entre los premios indefectibles del cielo y los perecederos temporales del mundo, que son los que pueden solamente lograr los hombres en esta vida. Hace mucho tiempo que suspiro por aquellos a costa de una expedición que los merezca, pronto a derramar la sangre por amor de Jesucristo. Alentados los dos hermanos con estas y otras semejantes expresiones, nacidas de unos corazones abrasados de la llama del amor divino, sin esper a ser llamados manifestaron públicamente su fe á los gentiles. Pero, o bien fuese su primera confesión en León de donde fueron conducidos presos á Calaborra, según quieren unos; ó ya en esta ciudad, como escriben otros, todos convienen que en Calahorra tuvieron su glorioso combate contra los enemigos de la religión cristiana, donde el gobernador romano ejecutaba con los fieles que rehusaban sacrficios a los ídolos, sus acostumbradas crueldades; presentados al tribunal de aquel impío, le reprendieron cara á cara los dos hermanos con grande valor y espíritu la injusticia de sus procedimientos contra la inocencia de los Cristianos, declamaron sobre las necedades y delirios de las supersticiones adoptadas por el gentilismo, y manifestaron con admirables discursos las verdades inefables de la religión de Jesucristo.

No es fácil explicar la cólera que concibió el magistrado al oír semejante lenguaje, que graduó por uno de los mas criminales atentados contra los príncipes del mundo á su presencia; y queriendo vengarse, mandó poner en una dura prisión á los santos Confesores, donde les tuvo padeciendo mucho tiempo con el perverso fin de prolongar su martirio, tan dilatado, que según escriben varios, les creció excesivamente la barba y el cabello, haciéndoles después sufrir tormentos inauditos.

Prudencio, uno de los más antiguos y más célebres entre los poetas latinos, que compuso á fines del siglo IV un poema importante, bajo el título de las Coronas, en honor de algunos ilustres Mártires de España, consagra parte de él á los elogios de los dos hermanos Emeterio y Celedonio, quejándose en los términos mas vivos de la malignidad con que los perseguidores hicieron perecer las actas ó proceso judicial, formado contra los Santos, con la impía intención de abolir la memoria de un suceso tan memorable, robándose asi el conocimiento específico de las generosas respuestas que dieron al juez, y géneros de penas que sufrieron. Lo que la fama pudo arrancar á esta intención bárbara por el canal de una tradición fiel se reduce á lo dicho, y á que los tormentos que padecieron fueron de los mas crueles y exquisitos: así lo afirma el Padre san Isidoro, quien escribe, que por ser tan enormes y bárbaros, tuvieron vergüenza los gentiles de que llegasen á hacerse públicos, valiéndose de todos los medios que pudieran contribuir á ocultarles, para que no se supiese en el mundo hasta dónde llegó el valor de los dos esforzados militares de Jesucristo, que sufrieron todos cuantoá artificios pudo discurrir la obstinada ceguedad de los paganos, con el perverso fin de rendir su constancia, porque de ello resultaría sin la menor duda la mayor confusión del gentilismo, y seria un convencimiento del ningún poder de los falsos dioses, á quienes tributaban cultos.

Últimamente, viendo los perseguidores frustradas todas sus tentativas para vencer á los santos hermanos, unos en la fe, unos en los sentimientos, unos en la fortaleza, y unos en el valor y espíritu, mandó el gobernador degollarles, no encontrando otro arbitrio: ejecutóse la sentencia en el dia 3 de marzo del año 298 según unos, ó 306 según otros, cerca del rio llamado antiguamente Araneto, hoy Arnedo. En el momento que les derribó las cabezas el verdugo, sucedió el prodigio, de que fueron testigos oculares los mismos gentiles, de elevarse por el viento hasta las nubes el anillo del uno y banda del otro, lo cual se tuvo por una cierta seguridad de la gloria con que Dios recompensaba la fidelidad y pureza de los Santos, de cuyas cualidades son símbolo la banda blanca y anillo de oro. San Gregorio de Tours no ha olvidado esta circunstancia en el elogio que hizo de estos dos ilustres Mártires, reputándola por un gran milagro.

Los venerables cuerpos de los Santos parece fueron por entonces sepultados en la ribera del rio dicho, donde se mantuvieron ocultos todo el tiempo que duró el furor de la persecución, y descubiertos luego que cesó la tempestad: después de sus traslaciones al monasterio de Leger en la diócesis de Pamplona, según escribe Yepes.

jueves, 2 de marzo de 2017

Conversión: amor, temor, tristeza y gozo.

Perdona, te pido, Jesús,
a tus monjes, en tu clemencia.

Examina atentamente qué amas, qué temes y con qué gozas o te entristeces. Piensa si bajo el hábito monástico tienes un espíritu mundano, o tu sayal de converso encubre un corazón pervertido. El corazón se manifiesta en estos cuatro afectos, y creo que de ellos se trata cuando se nos manda convertirnos al Señor con todo el corazón.

Conviértase, pues, tu amor y nada ames fuera de Dios o por Dios.

Conviértase también a él tu temor, porque está pervertido si temes algo que no sea él o por él.

Y conviértase a él también tu gozo y tu tristeza. Así será si sufres y gozas según Dios. No hay mayor perversidad que alegrarse al obrar el mal y disfrutar con la perversidad.

La tristeza que es puramente mundana produce la muerte. Pero, si te entristeces por el pecado, tuyo o del prójimo, haces bien. Esta tristeza te salva.

Si gozas con los dones de la gracia, este gozo es santo y un auténtico gozo del Espíritu Santo. Debes alegrarte en el amor de Cristo con los éxitos de tus hermanos, compadecerte de sus desgracias, como dice la Escritura: Con los que están alegres, alegraos; con los que lloran, llorad.

San Bernardo de Claraval
Sermón 2 en la Cuaresma, 3

miércoles, 1 de marzo de 2017

San Benito. La Santa Cuaresma

Capítulo 49

Ofrezca a Dios algo extraordinario.

Aunque la vida del monje debería seguir en todo tiempo una observancia cuaresmal, no obstante, como son pocos los que tienen semejante virtud, recomendamos que durante la cuaresma todos guarden la mayor pureza de vida, y eviten en estos santos días las flaquezas de otros tiempos. Esto se logra dignamente si nos abstenemos de todo vicio y nos dedicamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. Por tanto, en estos días debemos añadir algo a la tarea habitual de nuestra servidumbre, oraciones especiales, abstinencia en la comida y bebida, para que, cada uno por propia voluntad, ofrezca a Dios algo extraordinario en la alegría del Espíritu Santo. Es decir, prive a su cuerpo de algo de comida, bebida, sueño, conversación y bromas y espere la santa Pascua con la alegría de un deseo espiritual. Pero lo que cada uno ofrece propóngaselo a su abad, y hágalo con su oración y aprobación, porque lo que se hace sin el permiso del padre espiritual se tendrá por presunción, vanagloria, no digno de recompensa. Por tanto háganse todas las cosas con autorización del abad.