miércoles, 25 de junio de 2014

Escritos del santo Hermano Rafael - 18 -


7 de marzo de 1938 - lunes

Con qué facilidad juzga el mundo, y con cuánta facilidad también se equívoca. Para mi familia es la cosa más natural que yo esté en la Trapa.

Mis hermanos, llevados del cariño, desean mi felicidad. Han visto, mientras he estado en el mundo, mis deseos de vivir y morir trapense... Ahora que ya vivo en el monasterio, dicen..., que Dios te ayude, por fin vives en tu centro, ojalá no tengas que volver a salir..., eres feliz en el convento, el mundo no es para ti.

Estas y otras razones se hace mi familia.

Es natural..., ignoran mi vocación.

Si el mundo supiera el martirio continuo que es mi vida... Si mi familia supiera que mi centro no es la Trapa, ni el mundo, ni ninguna criatura, sino que es Dios, y Dios crucificado...

Mi vocación es sufrir, sufrir en silencio por el mundo entero; inmolarme junto a Jesús por los pecados de mis hermanos, los sacerdotes, los misioneros, por las necesidades de la Iglesia, por los pecados del mundo, las necesidades de mi familia, a la que quiero ver, no en la abundancia de la tierra, sino muy cerca de Dios.

¡Ah!, si el mundo supiera lo que es mi vocación en la Trapa... Si supieran ver la cruz detrás de una pacífica sonrisa; si supieran ver las enormes luchas detrás de la paz conventual... Pero no, eso no deben verlo... Sólo Dios. Bien está así.

Esto no son quejas, ni amargura..., todo lo contrario. Mis ansias de cruz no disminuyen. Mi mayor alegría es vivir ignorado. Mi vocación la comprendo y en ella a Dios bendigo cuando de todo corazón la abrazo... Qué dulce es sufrir por Jesús y sólo por Él y sus intereses.

La Trapa mi centro, dice el mundo..., qué paradoja. Mi centro es Jesús, es su Cruz... La Trapa no me importa nada..., y si Dios me manifestara otro sitio donde sufriera más, y El me lo pidiese, allí me iría con los ojos cerrados.

Yo no me entiendo a veces. Soy absolutamente feliz en la Trapa, porque en ella soy absolutamente desgraciado.

No cambiaría mis penas, por todo el oro del mundo, y al mismo tiempo, lloro mis tribulaciones y desconsuelos, como si con ellos no pudiera vivir.

Deseo con ansia la muerte por dejar de sufrir, y a veces no quisiera dejar de sufrir ni aun después de muerto.

Estoy loco, chiflado, no sé lo que me pasa. En algunos momentos sólo en la oración a los pies de la Cruz de Jesús, y al lado de María, tengo sosiego.

Que Él me ayude. Así sea

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