sábado, 9 de julio de 2016

Dialogos de San Gregorio. La vida de san Benito

LA FUNDACIÓN DE MONTECASINO


El fuerte llamado Casino está situado en la ladera de una alta montaña, que le acoge en su falda como un gran seno, y luego continúa elevándose hasta tres millas de altura, levantando su cumbre hacia el cielo. Hubo allí un templo antiquísimo, en el que según las costumbres de los antiguos paganos, el pueblo necio e ignorante daba culto a Apolo. A su alrededor había también bosques consagrados al culto de los demonios, donde todavía en aquel tiempo una multitud enloquecida de paganos ofrecía sacrificios sacrílegos. Cuando llegó allí el hombre de Dios, destrozó el ídolo, echó por tierra el ara y taló los bosques. Y en el mismo templo de Apolo construyó un oratorio en honor de san Martín, y donde había estado el altar de Apolo edificó un oratorio a san Juan. Además, con su predicación atraía a la fe a las gentes que habitaban en las cercanías. Pero he aquí que el antiguo enemigo, no pudiendo sufrir estas cosas en silencio, se aparecía a los ojos del abad, no veladamente o en sueños, sino visiblemente, y con grandes clamores se quejaba de la violencia que tenía que padecer por su causa. Los hermanos, aunque oían su voz, no veían su figura. Pero el venerable abad contaba a sus discípulos cómo el antiguo enemigo se aparecía a sus ojos corporales horrible y envuelto en fuego y le amenazaba echando fuego por la boca y por los ojos. En efecto, todos oían lo que decía, porque primero le llamaba por su nombre, y como el hombre de Dios no le respondía nada, enseguida prorrumpía en ultrajes. Pues cuando gritaba: "¡Benito, Benito!", y veía que éste nada respondía, a continuación añadía: "

¡Maldito y no bendito! ¿Qué tienes contra mí? ¿Por qué me persigues?". Pero veamos ahora los nuevos embates del antiguo enemigo contra el siervo de Dios, a quien incitó presentándole batalla, pero, muy a pesar suyo, con ello no hizo más que proporcionarle ocasiones de nuevas victorias.

viernes, 8 de julio de 2016

Dialogos de San Gregorio. La vida de san Benito

PRÓLOGO


Hubo un hombre de vida venerable, por gracia y por nombre Benito, que desde su infancia tuvo cordura de anciano. En efecto, adelantándose por sus costumbres a la edad, no entregó su espíritu a placer sensual alguno, sino que estando aún en esta tierra y pudiendo gozar libremente de las cosas temporales, despreció el mundo con sus flores, cual si estuviera marchito.  Nació en el seno de una familia libre, en la región de Nursia, y fue enviado a Roma a cursar los estudios de las ciencias liberales. Pero al ver que muchos iban por los caminos escabrosos del vicio, retiró su pie, que apenas había pisado el umbral del mundo, temeroso de que por alcanzar algo del saber mundano, cayera también él en tan horrible precipicio.  Despreció, pues, el estudio de las letras y abandonó la casa y los bienes de su padre. Y deseando agradar únicamente a Dios, buscó el hábito de la vida monástica.

Retiróse, pues, sabiamente ignorante y prudentemente indocto.  No conozco todos los hechos de su vida, pero los que voy a narrar aquí los sé por referencias de cuatro de sus discípulos, a saber: Constantino, varón venerabilísimo, que le sucedió en el gobierno del monasterio; Valentiniano, que gobernó durante muchos años el monasterio de Letrán; Simplicio, que fue el tercer superior de su comunidad, después de él; y Honorato, que todavía hoy gobierna el cenobio donde vivió primero. 

jueves, 7 de julio de 2016

San Willibaldo


Willibaldo (Wessex, Inglaterra, ca. 700 - Eichstätt, Baviera, ca. 786) fue un obispo anglosajón de Eichstätt (Baviera). Nació en Wessex (hoy, Inglaterra) y era hijo de San Ricardo el Peregrino, hermano de los santos Wunibaldo y Walburga y primo de Bonifacio de Maguncia. A los cinco años entró en la abadía benedictina de Waltham Forest para ser educado y se convirtiera en monje con el tiempo. En 722, marchó con su padre y su hermano a Roma. Su padre murió en el camino.

Continuó el viaje hasta Tierra Santa, y volivendo a Italia, pasó por Constantinopla, donde estuvo dos años. Ya a Italia, vivió en un monasterio de Montecassino, casa madre de los benedictinos, donde fue sacristán, y contribuyó a su restauración, que había comenzado Petronax poco antes.


En Roma, el papa Gregorio III le envió a tierras alemanas para que ayudara a su primo Bonifacio en la evangelización. Bonifacio le envió a Eichstätt, donde Willibaldo comenzó a predicar, y hacia el 741 fue consagrado obispo en Turingia. Con Winebaldo, en 742 fundó la abadía mixta de Heidenheim, y se decidió que Wunibaldo se quedara como abad. Al morir, se nombró a su hermana Walburga abadesa. Willibaldo murió el 786, muy mayor y fue enterrado en la catedral de Eichstätt. León VII lo canonizó en 935.

miércoles, 6 de julio de 2016

Abba Sisoes

Abba Sisoes. Monasterio de Meteora

El Martirologio romano nos recuerda hoy la figura de monje lejano y desconocido, san Sisoes, que practicó la vida monástica en Egipto a la estela del gran san Antonio el Grande, muriendo el año 429. 

San Sisoes era egipcio de nacimiento. Después de retirarse del mundo desde su juventud, fue al desierto de Escitia, y vivió algún tiempo bajo la dirección del abad Hor. El deseo de encontrar un refugio aún menos frecuentado le indujo a cruzar el Nilo y esconderse en la montaña donde San Antonio murió algún tiempo antes.

Extremadamente estricto consigo mismo, Abba Sisoes era muy misericordioso y compasivo con los demás, recibiendo a todos con amor. La fama de su santidad se hizo tan ilustre como para merecer la plena confianza de todos los solitarios vecinos. Algunos incluso llegaron desde una gran distancia para ser guiados en los caminos interiores de la perfección.

Abba Sisoes siempre enseñó la humildad como la virtud más necesaria. Cuando uno de los monjes le preguntó cómo podía alcanzar un constante recuerdo de Dios, Sisoes comentó: "Eso no es una gran cosa, hijo mío, pero es una gran cosa considerarse a sí mismo como inferior a todos los demás. Esto lleva a la adquisición de la humildad ". Mientras que él nunca perdió de vista la presencia divina, tuvo siempre la conciencia de su propia nada y miseria. Cuando los monjes le preguntaron si un año es suficiente para el arrepentimiento cuando un hermano peca, Abba Sisoes dijo, "Yo confío en la misericordia de Dios, que si un hombre se arrepiente como con todo su corazón, entonces Dios aceptará su arrepentimiento en tres días."

A menudo pasaba dos días sin comer, y estaba tan absorto en Dios, que se olvidó de su comida, por lo que era necesario que su discípulo Abraham le recordara que ya era hora de romper su ayuno. Su oración era tan ferviente que a menudo entraba en éxtasis con el corazón inflamado en amor divino. Según su doctrina, un solitario no debe elegir el trabajo manual que le resulte más agradable. Su trabajo ordinario consistía en hacer cestas.

Su celo contra el vicio era sin amargura; y cuando sus monjes cometían faltas, lejos de enfadarse y reprenderlos, les ayudaba a levantarse de nuevo con una ternura verdaderamente paternal.

Algunos arrianos tuvieron el descaro de inducirle a la herejía ante sus discípulos. El santo, en lugar de una respuesta, mandó leer a uno de los monjes el tratado de san Atanasio contra el arrianismo. Luego los despidió con su buen humor habitual.

El santo dijo una vez, "llevo treinta años rezando todos los días para que mi Señor Jesús me guarde de decir una palabra ociosa, y sin embargo, siempre estoy con recaídas." Fue singularmente observante de los tiempos de retiro y el silencio, y tuvo su celda constantemente cerrada para evitar molestias.

Cuando Sisoes yacía en su lecho de muerte, los discípulos que rodeaban al anciano vieron que su rostro se puso brillante como el sol. Preguntaron al moribundo qué veía. Abba Sisoes respondió contemplaba a san Antonio, a  los Profetas y a los Apóstoles. Creció el brillo de su rostro y hablaba con alguien. Los monjes le preguntaron: "¿Con quién estás hablando, padre?"  Él dijo que los ángeles habían venido a buscar su alma, y les suplicaba que le dieran un poco más de tiempo para arrepentirse. Los monjes dijeron: "Usted no tiene necesidad de arrepentimiento, Padre", a lo que respondió Sisoes con gran humildad: "No creo que ni siquiera haya empezado a arrepentirme."

Después de estas palabras, el rostro del santo brillaba tanto que los hermanos no eran capaces de mirar sobre él. Sisoes les dijo que vio al Señor mismo. Luego hubo un destello como un relámpago, y un olor fragante, y Abba Sisoes partió al Reino Celestial.

sábado, 2 de julio de 2016

Haz penitencia y vuelve al Señor


Haz penitencia y vuelve al temor del Señor, tu Dios; esfuérzate en practicar el ayuno, la oración, la súplica y las lágrimas. Dame ocasión de hacer tu panegírico y haré que lleguen hasta tu Dios tus buenas obras, el suave olor de tus ayunos, de tus limosnas, de tu oración, de tu misericordia para con los pobres, a fin de que mi rostro rebose de gozo con mis hermanos los ángeles, y descienda sobre ti el Espíritu Santo, e inmediatamente serás contado con los justos y los buenos, que el día de la retribución escucharán una palabra de gozo.

Vuelve al Señor, oh alma, por la penitencia, pues te aproxima a Dios y Dios es bueno. ¿Qué es la penitencia? Apartarse del pecado, renunciar al deseo y abandonar la conducta anterior; aceptar una norma de vida a base de frecuentes ayunos, asidua oración, servicio diligente, todo ello acompañado de lágrimas noche y día.

Practica el amor a los pobres: Dios lo prefiere al sacrificio que sube a su presencia; huye de las delicias del cuerpo y atiende, en cambio, con solicitud a tu alma; purifica tus manchas a fin de que gustes qué bueno es el Señor: entonces descenderá sobre ti su luz, y quedarás a salvo de la tentación del enemigo, pues el Señor prometió acoger a quienes acuden a él, haciéndoles el don de su misericordia.

Escucha con atención: no frecuentes las reuniones mundanas, ni te des a la excesiva comida y bebida, no sea que pierdas lo que el Señor prometió a los buenos y justos. Y de esta forma, oh alma, con las limosnas que hicieres ahora se irá edificando tu morada y con el óleo de la misericordia arderá tu lámpara en el reino de los cielos. Da fe a a palabra que el Señor pronunció en el evangelio: Yo soy manso y humilde y mi carga es ligera; venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. ¡Oh pobre alma! Muchos son tus pecados, pero su misericordia es más grande que los pecados de todo el mundo. Acércate a su perdón y a su misericordia y hará brillar sobre ti su Espíritu. Ahoga en lágrimas tus pecados y descenderá sobre ti el bien.

Mira, acabo de exponerte con claridad todas las cosas y te he indicado el camino de la vida, que es la penitencia. Ella te ayudará a acercarte al Señor y te dará a gustar el manjar del paraíso. Arropa a los pobres con tu manto y protégelos del rigor del invierno; llena su estómago y multiplica tus ayunos.

Haz penitencia y vuelve al Señor, y acógete a su infinita misericordia, pues que se la prometió a cuantos le invocan. Oh alma, mira que nuestro Señor ha dicho: Nadie conoce su hora. Date prisa en alcanzar la salvación, presenta tu ofrenda y, en la palestra del hacer cotidiano, adquiere la paciencia, la humildad, el silencio de la lengua, la pureza, el amor a los pobres, y habrás cosechado la justicia. Si esto hicieres, los bienes lloverán sobre ti. Y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Señor, la magnificencia y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

elección de las Sentencias de los Padres y de los relatos de Juan Mosco y otros autores
(Patericon 196: CSCO, Scriptores Aethiopici, t. 54, 118-121)

viernes, 1 de julio de 2016

Las monjas cartujas

Si pocos son los monasterios de monjes cartujos en el mundo, mucho menor es el número de monjas cartujas. Por eso, este domingo queremos compartir unos momentos de su silenciosa y retirada existencia, a través de este video, que acompañado de su canto litúrgico, nos muestra imágenes de los distintos monasterios de las monjas cartujas. Que el Señor las conceda perseverar en su vocación, y suscite vocaciones que permitan mantener en el seno de la Iglesia un carisma tan precioso.