viernes, 14 de abril de 2017

Hemos sido sacrificados con Cristo


Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron.

¡Conducen a la muerte precisamente al Autor de la vida! Pero su pasión, que tenía por meta nuestra salvación, acabaría por tener —por virtud divina y gracias a un designio providencial que supera con mucho nuestra comprensión— un resultado diametralmente opuesto al que imaginaban los judíos. En realidad, la pasión de Cristo era algo así como un lazo tendido al poder de la muerte, ya que la muerte del Señor era el principio y la fuente de la incorruptibilidad y de la novedad de vida.

Mientras, avanza él llevando sobre sus espaldas aquel madero sobre el cual iba a ser crucificado, condenado ya a la pena capital, aunque siendo completamente inocente. ¡Y eso por nuestra causa! Realmente tomó sobre sí las penas con que la justicia que procede de la ley conmina a los pecadores, haciéndose por nosotros un maldito, porque dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un árbol». Y los malditos éramos todos nosotros, nosotros que nos negábamos a obedecer a la ley divina. En realidad, todos habíamos pecado mucho. Y por nuestros pecados fue tenido por maldito quien no conoció el pecado, para liberarnos de la antigua maldición. Bastaba, en efecto, que por todos padeciera uno solo, el cual, siendo Dios, está por encima de todos: con la muerte de su cuerpo, procuró la salvación de todos los hombres.

Cristo, pues, llevó la cruz que ciertamente merecíamos nosotros, no él, si tenemos en cuenta la condena de la ley. De hecho, así como anduvo entre los muertos no por él sino por nosotros, para reconducirnos a la vida eterna, una vez destruido el imperio de la muerte, así también cargó con la cruz que nos correspondía a nosotros, condenando en sí mismo la condena derivada de la ley. Por lo cual, en lo sucesivo todos los inicuos pondrán punto en boca, como cantamos en el salmo 106,42, porque el inocente ha sido muerto por los pecados de todos.

Más aún: de este comportamiento de Cristo podemos sacar motivos bastantes para estimularnos a emprender con mayor decisión la vida de santidad. No llegaremos efectivamente a la perfección y a la total unión con Dios, sino anteponiendo su amor a la vida terrena y proponiéndonos luchar animosamente por la verdad, tal como nos exhortan incluso las circunstancias actuales.

Bellamente lo expresó nuestro Señor Jesucristo: El que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. En efecto, tomar la cruz significa —según creo— ni más ni menos que renunciar al mundo por él y posponer —llegada la ocasión— la vida corporal a los bienes que esperamos, desde el momento en que nuestro Señor Jesucristo no se avergüenza de llevar la cruz, nuestra cruz, y de sufrir por amor nuestro.

Por consiguiente, los que siguen a Cristo están también con él crucificados: muriendo a su antigua conducta, son introducidos en una vida nueva conforme al evangelio. Por eso decía Pablo: Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Y nuevamente, como hablando de sí, dice de todos: Para la ley yo estoy muerto, porque la ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y a los Colosenses les dice: Si moristeis con Cristo a lo elemental del mundo, ¿por qué os sometéis a reglas como si aún vivierais sujetos al mundo?

De hecho la muerte del elemento mundano que hay en nosotros nos introduce en la conversión y en la vida de Cristo.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 12: PG 74, 650-654)

jueves, 13 de abril de 2017

Velad y orad

Andrea Mantegna - La Oración del Huerto

El Señor se quedó sólo. Los discípulos sólo le acompañaron hasta el huerto, no perseveraron con él en la oración, precisamente en el momento supremo de la historia de la humanidad, cuando Dios se disponía a entregar su vida humana, asumida en el Hijo, para que así la creación entera pudiera vivir en plenitud su historia como historia de salvación en Dios.

Esta noche, después de la gozosa intimidad de la Última Cena, el Señor nos espera en el silencio, en la agonía que sufrió hasta dejarse arrastrar a la muerte, en el sufrimiento y el miedo al saber el horrible suplicio que le esperaba, en la definitiva lucha cósmica entre Dios y el poder del mal.

Esta noche el Señor nos pide que velemos y oremos, para no caer en la tentación, pues el alma está dispuesta, pero la carne es débil. Esta noche el Señor nos enseña a empuñar las únicas armas, la oración, para poder combatir junto a él, para poder afrontar los sufrimientos de la Cruz, y para prepararnos a la muerte con el Señor en la espera de la Pascua.

Esta noche aprendemos en la oración a esperar esperanzados nuestra muerte, pues la vida nos espera en la Resurrección del Señor. Esta noche nos sirve para comprender todas las noches, todas las oscuridades, todas las incertidumbres de nuestra vida. ¡Velad y orad esta noche!

miércoles, 12 de abril de 2017

Tengo hambre y sed de ti


Mi vida, el fin de mi destino es amarte
 aunque hasta aquí no haya podido hacerme digno de amarte cuanto debo;
pero por lo menos ése es mi deseo.

Si todo lo que me inspiras, ¡oh, Señor!, es bueno,
sobre todo cuando este bien que quieres es que yo te ame,
haz que cumpla tu voluntad.

Tengo hambre y sed de ti;
yo te deseo,
yo suspiro tras de ti,
yo anhelo ardientemente por ti.

San Anselmo de Canterbury
Oración II ante Cristo

martes, 11 de abril de 2017

La glorificación del Hijo


Con razón se pregunta cómo el Hijo glorificará al Padre, siendo así que la gloria sempiterna del Padre ni puede disminuirse en la forma humana, ni aumentarse en su perfección divina; pero entre los hombres era menor cuando tan sólo en Judea era Dios conocido; y como el Evangelio de Cristo, por el hecho de ser predicado en todas las naciones, había de dar a conocer al Padre, de aquí que el Padre fuera glorificado por el Hijo. Dice, pues: Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Como si dijera: Resucítame, para que por mí te hagas patente a todo el mundo. Declara a continuación más y más, cómo el Hijo glorifica al Padre, diciendo: Así como le diste poder sobre toda carne, a fin de que todo lo que le concediste a El, les dé a ellos vida eterna. Llamó toda carne a todos los hombres, demostrando el todo por la parte. Pero este poder dado por el Padre a Cristo sobre toda carne, debe entenderse en cuanto hombre.

San Agustín de Hipona
Comentarios sobre san Juan 105

lunes, 10 de abril de 2017

San Anselmo. Oración ante la Sancta Cruz


¿Cómo entonces alabarte?
¿De qué manera exaltarte?
¿Con qué corazón rogarte?
¿Con que placer me glorificaré yo en ti?
Por ti ha sido despojado el infierno,
ha sido cerrado a todos aquellos que han sido rescatados por ti.

Por ti los demonios han sido aterrorizados, oprimidos, aplastados.
Por ti el mundo ha quedado renovado y embellecido,
gracias a la verdad que resplandece y a la justicia que reina en El.
Por ti, la naturaleza humana, pecadora, queda justificada;
condenada, ha sido salvada;
esclava del pecado y del infierno, ha sido hecha libre;
muerta, ha sido resucitada.
Por ti esta ciudad bienaventurada del cielo
ha sido restaurada y perfeccionada.
Por ti, Dios, el Hijo de Dios,
ha querido por nosotros hacerse obediente a su Padre hasta la muerte,
por lo cual levantado desde la tierra,
ha recibido un nombre que esta por encima de todo nombre.

San Anselmo
Oración IV ante la Santa Cruz 24 -29

domingo, 9 de abril de 2017

Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor

Zanino di Pietro - Entrada en Jerusalén

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará —dice—, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente, es decir, según me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos corno estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.

San Andrés de Creta
Sermón 9 sobre el domingo de Ramos (PG 97, 990-994)