domingo, 31 de marzo de 2013
sábado, 30 de marzo de 2013
Soledad y Silencio
Hoy el silencio envuelve la tierra y contempla a Cristo depositado en el sepulcro. Un Cristo que desafiando a la muerte, en la confianza de hacer la voluntad del Padre, ha aceptado con dolor y padecimiento el plan preparado para poder así rescatarnos del oscuro abismo donde nos habían conducido nuestros pecados.
Silencio y soledad, dos características muy determinantes en la vida del monje. Silencio para poder escuchar a quien habla al corazón a quien sondea lo profundo del alma, a quien conoce todo lo que somos y pensamos. Silencio para saber atender las necesidades del otro, para implorar misericordia e interceder con el corazón por nuestros hermanos como el mismo Cristo nos enseña en su silencioso transito hacia el Padre. Silencio que trasciende fronteras y muros porque es, paradógicamente, el medio de comunicación del Espíritu y medio en el cual transforma toda la faz de la tierra.
Soledad para encontrarse con el Amado, para descansar en Él, para conversar sosegadamente con Él, para dejarse embriagar de Él. Una soledad que hace al monje estar y tener presente al mundo sin estar en el mundo, una soledad que se hace compañía de quien lo necesita debido al gran poder de la oración y la presencia espiritual, una soledad que acompaña y vela, que descansa en Cristo sobre la fría piedra de la terrena existencia, pero que arde en amorosos deseos de encontrase con Él como fin y principio de su existencia. Una soledad en la que espera gozar, sin figuras ni otros tantos mensajeros. Una soledad, como diría san Juan de la Cruz, donde pueda encontrase el alma de éste con quien es el amor de su alma, su Señor, quien descansa y actúa para encontrar al hombre en su eterna y sola presencia de la callada musicalidad del alma y en la ...
la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;
viernes, 29 de marzo de 2013
La pasion del Señor
Después de una noche velando en oración, Cristo ha sido prendido y llevado ante el sanedrín. De Caifas a Pilatos, de Pilatos a Herodes y de nuevo vuelta a la autoridad Romana quien, sometiéndose a la voluntad el pueblo, manda crucificar a Jesús. Éste carga con la cruz y sube al calvario donde muriendo nos da la vida.
Dice san Agustin comentando a san Juan: "Marchaba, pues, Jesús para el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de la fe; a los ojos de la impiedad documento de ignominia; a los ojos de la piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de fijarse en la frente de los reyes; para los ojos de la impiedad, la mofa de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio. En la Cruz había de ser despreciado por los ojos de los impíos, y en ella ha de ser la gloria del corazón de los santos, como diría después San Pablo: “No quiero gloriarme, sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Él recordaba su cruz llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida, que no debía ser puesta debajo del celemín".
Estos pasos que Jesús, entre sufrimientos, insultos, golpes, flagelos y espinas, clavos, tormentos, sed y muerte, quiere seguir el monje que, solitario, acompaña a Cristo en la temporal y eterna historia de la salvación. Él se sumerge en el silencio para contemplar al que fue traspasado por nuestras rebeliones. Él reza con Cristo el salmo 30, "A Ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; Tú eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu; Tú, el Dios leal, me librarás" y él experimenta la obediencia que experimentó Cristo que le lleva a morir a si para vivir en Dios.
En la soledad de su celda observa como la conversión de sus propios pecados le lleva a mirar a quien se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Él es, el Inocente, el Hijo muy amado, quien se entrega como víctima de nuestros pecados y hace que el monje dirigiendo su mirada a quien ni siquiera parece hombre, se adentre en un gran sentimiento de compunción por su faltas y que las lagrimas broten ante la inocencia condenada por su rescate. Pero, quien es causa de salvación para cuantos creen en Él, le consuela incluso desde el sufrimiento, porque ya no hay dolor mayor que su dolor y en él ha redimido el monje toda pena.
O cruz gloriosa que portaste tan rico fruto de salvación, o dulces clavos que fijaste en el madero a quien nos da la vida, o extrema y sabrosa pasión de mi Señor Jesús, que consuela a los que yerran y destruye el tormento de la muerte eterna.
jueves, 28 de marzo de 2013
Velad y orad
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| Andrea Mantegna - La Oración del Huerto |
El Señor se quedó sólo. Los discípulos sólo le acompañaron hasta el huerto, no perseveraron con él en la oración, precisamente en el momento supremo de la historia de la humanidad, cuando Dios se disponía a entregar su vida humana, asumida en el Hijo, para que así la creación entera pudiera vivir en plenitud su historia como historia de salvación en Dios.
Esta noche, después de la gozosa intimidad de la Última Cena, el Señor nos espera en el silencio, en la agonía que sufrió hasta dejarse arrastrar a la muerte, en el sufrimiento y el miedo al saber el horrible suplicio que le esperaba, en la definitiva lucha cósmica entre Dios y el poder del mal.
Esta noche el Señor nos pide que velemos y oremos, para no caer en la tentación, pues el alma está dispuesta, pero la carne es débil. Esta noche el Señor nos enseña a empuñar las únicas armas, la oración, para poder combatir junto a él, para poder afrontar los sufrimientos de la Cruz, y para prepararnos a la muerte con el Señor en la espera de la Pascua.
Esta noche aprendemos en la oración a esperar esperanzados nuestra muerte, pues la vida nos espera en la Resurrección del Señor. Esta noche nos sirve para comprender todas las noches, todas las oscuridades, todas las incertidumbres de nuestra vida. ¡Velad y orad esta noche!
miércoles, 27 de marzo de 2013
Con María, como el discípulo Amado
En cierto modo está el monje, y con él también todos los bautizados, llamado a permanecer junto a María al pie de la Cruz del Señor, no sólo para lamentarse por la suerte del Amado, ni sólo para confortarlo en sus sufrimientos (si es que tal tortura pudo admitir consuelo alguno), sino para suplicar al Creador que se compadezca de todo ser humano, por cuyos pecados sufre el único inocente, el único santo, el único perfecto.
El monje ha de permanecer, pues, a pie firme al pie de la Cruz. Su puesto está junto a María, intercediendo por sus hermanos, suplicando al artífice de la misericordia que, a pesar de nuestra indignidad, nos acoja en el regazo de su amor y nos limpie de nuestra suciedad con el agua y la sangre que brotó de su costado abierto.
martes, 26 de marzo de 2013
Morir con Cristo
El monje se queda solo; esa soledad justifica el nombre de solitario que tiene, pero le conduce a la soledad de un desierto, en el que no tiene posibilidades de sobrevivir. El monje sabe que su vida ya no tiene más sentido que morir junto a aquél que por nosotros murió. No se trata de que la muerta sea buena, ni que se desee, que el monje huya de la existencia y se deje morir poco a poco. El monje sabe que desde que Dios murió en la Cruz y resucitó para nuestra salvación, la muerte ya no es muerte sino un simple paso, y la vida ya no es esta vida sino estar con Cristo; todo lo demás, por muy evidente que nos resulte con los ojos de este mundo, por muy lógico y por muy absoluto que nos parezca, al contrastarse con ese acontecimiento cósmico de la nueva creación en la Pascua de Cristo, ha dejado de ser lo únicamente real, para tener un carácter sumamente relativo.
No todos los días es fácil para el monje asumir este bautismo reforzado que es su profesión monástica, pues su parte humana y mundana se rebela, y quisiera disfrutar de la existencia que el Creador le ha concedido, y gustar con los demás de los gozos y fatigas de la vida real. Sin embargo, el Señor, por los motivos que él sólo conoce, llamó al monje para que estuviera con él, en la forma y manera, en el lugar y en el tiempo que el misteriosamente escogió.
Con María y Juan, el monje debe besar todos los días las taladradas manos del Señor, que los hombres clavaron a la Cruz para que dejaran de hacer el bien, pero que Dios resucitó de entre los muertos para que por toda la eternidad derramen la gracia del Espíritu Santo sobre todo lo creado, asociándonos al amor de la Santa Trinidad.
lunes, 25 de marzo de 2013
El gozo espiritual
San Benito le recomienda al monje que viva la Cuaresma en el gozo espiritual de la Pascua. Si combinamos este consejo, con el deseo de que la entera vida del monje debe ser una Cuaresma, podemos llegar a concluir que, entonces, la entera vida del monje debiera vivirse en el gozo espiritual de la Pascua. Es, entonces, una perspectiva llena de gozo, no sólo aplicable a los monjes que viven en el Monasterio, sino a todos los bautizados que también esperan alcanzar con Cristo la Tierra Prometida de la Pascua.
Vivir con gozo espiritual implica sobrellevar con alegría las penalidades, contrariedades, limitaciones y hasta los propios pecados e imperfecciones, sabiendo que la lógica mundana no terminará imponiendo sus inexorables consecuencias, sino que al final triunfará de modo insospechado el gozo de la Pascua.
Vivir con gozo espiritual implica comprender la Cruz del Señor y, desde ella, los propios sufrimientos, en la esperanza contra toda evidencia de que, al final, triunfará el poder del Señor sobre el malvado fararón que quiere someternos a las esclavitud de su fuerza.
Vivir con gozo espiritual exige del bautizado saberse peregrino sobre la tierra, comprender que su morada no está en este mundo, sino que se esconde con Cristo en el corazón de Dios Padre todopoderoso.
Vivir con gozo espiritual ayuda a relativizar todas las estrecheces, enfermedades y contrariedades, pues nada de lo que aquí pueda acontecer admite comparación alguna con la gran dicha que nos aguarda más allá de nuestros propios límites biológicos o psicológicos.
Vivir con gozo espiritual lleva a un silencioso gozo, a una esperanzada paciencia, a una continua alabanza en el corazón, pues cualquier otra alegría no merece tal nombre en su comparación. Es más, quien vive con este gozo espiritual, asume en su corazón cuanto de bueno, cuanto de bello, noble y grande ha creado Dios en nosotros, cuanto nos ha hecho capaces de participar en su obra creadora siendo también nosotros artífices de bondad, de hermosura y de nobleza.
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